FICHA TÉCNICA



Título obra El matrimonio, Yvonne, princesa de Borgoña

Autoría Witold Gombrowicz

Referencia Héctor Mendoza, “La libre elección del horror. El teatro de Gombrowicz”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 14 septiembre 1969, p. 7




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

El teatro de Gombrowicz
La libre elección del horror

Héctor Mendoza

Witold Gombrowicz ha muerto hace poco y nos ha dejado –entre algunas novelas, un libro de cuentos y un diario– dos magníficas obras de teatro: Yvonne, princesa de Borgoña y El matrimonio. Yvonne fue escrita en 1935 en Varsovia y El matrimonio once años más tarde en Buenos Aires.

Resulta difícil creerle a Gombrowicz cuando nos dice “soy un autor de teatro que no ha ido al teatro en veinticinco años y que no lee obras de teatro a excepción de las de Shakespeare”, pues su conocimientos del escenario y de la palabra como acción viva es verdaderamente envidiable.

En El matrimonio el personaje central, Enrique, nos es presentado solo, en un paraje onírico sin dimensiones específicas. Aparece a poco su amigo Juan y juntos penetran en una especie de castillo-albergue donde Enrique reencuentra a sus padres y a su antigua prometida. La relación que se entabla entre ellos –a diferencia de la de ambos amigos– es lejana, indecisa; no hay seguridad alguna por parte de ninguno acerca de los verdaderos lazos familiares existentes. Enrique se pregunta si sueña, si estos dos viejos son en realidad sus padres o un par de pobres locos que se les parecen de alguna extraña manera indefinida. La entrada de un grupo de borrachos a este albergue-castillo y su actitud poco respetuosa para con el padre, provoca en Enrique una curiosa reacción: decide hacer rey intocable al viejo, cosa que los demás admiten en el acto. Esto hace a Enrique príncipe heredero y a su prometida, antes criada del albergue, una princesa en espera de la consumación del matrimonio tiempo atrás olvidado. Un grupo de cortesanos traidores maneja la situación de tal manera que Enrique se ve casi forzado a hacer aprehender a su padre y a tomar él mismo la corona. Cuando está por realizar sus bodas con la prometida, sospechas de una poca fundada infidelidad con su amigo Juan, lo hacen pedirle a éste que se suicide a fin de que su boda con la princesa pueda tener lugar. Juan obedece. Enrique, entonces, ya no encuentra objeto alguno a su matrimonio y convierte la ceremonia en un gran funeral en honor del cadáver de su amigo.

Enrique, salido de la nada, con un pasado remoto e incierto, parece irse formando su propio mundo ante nuestros ojos. Cuando, al principio de la obra, se da cuenta de que está solo en aquel espacio sin límites, piensa que puede no estarlo y entonces aparece Juan como una evocación, como la materialización de la primera necesidad de Enrique: el amigo. Después surgen los padres, la prometida. El mundo de Enrique se va construyendo con rapidez aunque con vacilaciones visibles, con cierta torpeza antinatural. Es como si Enrique aceptara demasiado irreflexivamente la idea de poseer una familia. Con la entrada de los borrachos aparece la sociedad, el mundo externo; una sociedad, aunque hostil, dominable. La sociedad provoca en Enrique el deseo del poder. Esto se presenta al principio como una defensa de la familia, simplemente; Enrique no se erige en rey él mismo, hace rey a su padre; pero más tarde, cuando su padre se muestra inefectivo en el poder –han surgido descontentos, traidores–, la situación lo envuelve. Enrique ya no puede controlar a su mundo. El mundo que él mismo ha creado comienza a regirlo, a imponerle las leyes que él de alguna manera inició. Cuando los traidores le proponen solapadamente tomar el poder, Enrique vacila. Se aísla y de un monólogo interior surgen las palabras:

“Nuestra locura está fuera de nosotros, en el exterior…. Allá, allá… en el exterior. Donde termina mi yo, allá comienza mi desvergüenza. Aunque yo habite en mí apaciblemente, vago al mismo tiempo por fuera, y en los espacios oscuros y salvajes me entrego a lo infinito…”

La locura, la incoherencia, lo rodea y lo aprisiona. Asume el poder, se convierte en rey. Se asimila al mundo caótico que ha creado y se convierte él mismo en loco. Su necesidad primera, su amigo, muere a petición suya. Entonces, solo, confuso, enloquecido, carga el mundo a sus espaldas.

Autor irresponsable de su destino, Enrique resulta al mismo tiempo víctima y victimario. Como un inventor entusiasta e inexperto, termina tragado por su propia máquina. El amigo, su necesidad primera, su naturaleza espontánea y sabia, su principio y su fundamento, muere a causa de sus errores. Enrique se mata a sí mismo en Juan; mata su interior coherente y apacible, su razón de ser. Y queda, finalmente, sólo un exterior absurdo, loco, desprovisto del menor sentido; el pesado fracaso de un intento y su permanencia: el horror.

Al final de la pieza surge en nosotros la pregunta: ¿por qué? Es decir, ¿por qué se ha llegado al horror? Si Enrique era dueño de escoger, de formar un mundo a su elección, ¿por qué no le salió bien?, ¿cuál fue el primer error? No podríamos decir que la amistad –primera elección– sea un error, ya que es la única virtud con cuya desaparición surge la tristeza, se produce la falta de sentido en el mundo. Por tanto cae de su peso que el primer error es el siguiente paso: la creación de la familia, creación de rangos –padre superior al hijo–, que más tarde y como consecuencia conducirá al surgimiento del poder totalitario. Aparentemente inofensiva –loca, pero inofensiva–, la elección de los padres se va convirtiendo poco a poco para Enrique en la máquina monstruosa que habrá de devorar lo único naturalmente bueno que había en él. Falta de experiencia consciente y analítica de las cosas –Enrique tiene un pasado borroso, inefectivo, nulo: recuerdos inexactos–, lo hace no prever sus pasos y caer en la trampa moral de la familia, primero y nefasto error que se convierte en fundamento de los sucesivos; germen del laberinto que Enrique va construyendo a su alrededor y que no lo dejará ya más volver al principio, a la única salida.

La obra, en apariencia pesimista, es en realidad señaladora de una conciencia necesaria y espléndida.

La primera obra teatral de Witold Gombrowicz, Yvonne, princesa de Borgoña, a pesar de no ser tan importante ni temática ni formalmente como El matrimonio, es tal vez más bella desde un punto de vista estrictamente teatral. Yvonne es la monstruosidad inventada por los demás como un mero juego, que se convierte después en un peso insufrible. Y aunque al final los que la inventaron terminen matándola, esto los convierte en asesinos y ya las cosas no pueden volver a ser lo que eran antes, aunque en apariencia todo regrese a la normalidad.