FICHA TÉCNICA



Título obra Lo que vio el mayordomo (What the Butler Saw), Saqueo (Loot), Recibimiento al señor Sloan (Entretaining Mister Sloane), El rufián en la escalera, El campamento Erpingham, Crímenes pasionales

Autoría Joe Orton

Referencia Héctor Mendoza, “Un reconfortante cinismo, Joe Orton”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 31 agosto 1969, p. 6




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Joe Orton
Un reconfortante cinismo

Héctor Mendoza

En marzo de este año se estrenó en Londres la última obra de Joe Orton, llamada Lo que vio el mayordomo (What the butler saw), con tanto éxito como el que había obtenido su obra anterior Saqueo (Loot).

La obra teatral de Orton en su totalidad –Orton murió asesinado en 1967 a la edad de 34 años– es tan corta como brillante. Después de haber abandonado la escuela a la edad de 16 años, Orton se decide, dos años más tarde, a entrar a la Academia Real de Arte Dramático. Actúa por algún tiempo en compañías de repertorio y desempeña otros trabajos fuera del teatro hasta la edad de 29 años en que se estrena su Entertaining mister Sloane que lo lanza de golpe como uno de los dramaturgos más brillantes de la joven generación inglesa. Esta generación comienza por entonces a invadir los pequeños escenarios londinenses. Escribe, además de las tres obras largas ya citadas, dos obras cortas, El rufián en la escalera y El campamento Erpingham, que bajo el título general de Crímenes pasionales se estrena el año mismo de su muerte.

Entre Recibimiento al señor Sloane y El rufián de la escalera hay una relación muy estrecha entre sí y con el tipo de teatro que se viene escribiendo en Inglaterra desde John Osborne y Giles Cooper. Farsas sombrías ambas, sobre la llegada de un extraño personaje entre angélico y demoniaco a la casa de una familia de vida rutinaria. El personaje es temido y amado al mismo tiempo y poco a poco se apodera de la situación hasta que se produce la catástrofe. Este personaje ha venido a revelar los instintos más bajos y primarios de los habitantes de la casa: los hace vivir en un momento toda la vida que habían dejado de lado y esto los acongoja y los anula.

Si bien ambas son obras excelentes, se suman al resto de la producción inglesa sin llevar un sello suficientemente característico para separarlas del movimiento al que pertenecen y encontrar particularidades extraordinarias. En cambio las dos últimas obras sí merecen comentario aparte, pues tienen un toque particular que define al autor de una manera mucho más clara dentro de la joven literatura dramática inglesa.

Saqueo es una violenta farsa acerca de los corruptos procedimientos policiacos y la absurda justicia criminalista. Una enfermera contratada por una familia de burgueses para cuidar a la anciana señora, mata a su paciente con el fin de seducir al viudo, después de haber cometido varios asesinatos sin que haya sido posible probarle nada. El hijo de la familia roba un banco en unión de otro joven. El día en que se disponen a enterrar el cadáver, previamente embalsamado, se presenta un inspector de Scotland Yard siguiendo la pista del robo del banco. Después de mil enredos macabros, los delincuentes confiesan y cohechan al inspector, repartiendo con él el dinero del botín.

Lo que vio el mayordomo lleva como epígrafe una cita de la obra [de] Tourneur, The revenger’s tragedy: “De seguro todos estamos locos, y aquellos de quienes pensamos que lo están, no lo están”. La desquiciante farsa se desarrolla en un hospital siquiátrico privado. Con el pretexto de hacer un examen médico a una muchacha que se presenta a pedir el puesto vacante de secretaria, el doctor Prentice la hace desnudar. Pero la esposa del doctor llega inesperadamente y la chica tiene que permanecer desnuda detrás de una mampara. La esposa del doctor es una ninfómana que acaba de acostarse con el bell-boy del hotel en que pasó la noche para asistir a una convención de lesbianas en otra ciudad. Pero el muchacho ha hecho tomar fotos y ahora la chantajea. La mujer pide a su marido el puesto vacante para el bell-boy. Como en Saqueo, un inspector gubernamental se presenta; pero ahora es para observar el funcionamiento de la institución. Y empiezan las confusiones y los enredos: El inspector toma a la muchacha que viene a pedir el trabajo por una de las pacientes del hospital. El doctor Prentice, para no delatarse en sus intentos lúbricos, deja que el inspector lo crea. Al no poder dar cuenta de la muchacha que envió la agencia de trabajo –puesto que está pasando por una de las pacientes–, el doctor viste al bell-boy de mujer; pero entonces, claro, no puede hacer aparecer al bell-boy. El inspector va determinando las enfermedades mentales de todos, incluyendo al doctor. El lío se resuelve cuando el doctor y su mujer se dan cuenta de que el bell-boy y la muchacha son los gemelos que ambos tuvieron antes de casarse.

Ambas farsas, estructuralmente, caben dentro de la más pura tradición de la comedia de enredos; pero en cuanto a contenido rebasan del todo este género que es un tanto menor, para alcanzar las magnitudes insospechadas y terribles del cinismo más reconfortante.

Joe Orton ve a su alrededor una sociedad totalmente corrupta y se ríe de ella con el mayor de los cinismos. La sociedad está corrompida; pero no corrompida en el sentido burgués de la palabra, sino exactamente al contrario. Las buenas costumbres no se han relajado; lo que pasa es que lo que estamos acostumbrados a considerar como buenas costumbres nunca lo han sido. Que ahora esas costumbres se relajen viene a ser, pues, más bien positivo en un marco general de acontecimientos. Pero la corrupción de que Orton nos habla es básicamente la corrupción de las instituciones: en Saqueo la corrupción policiaca, en Lo que vio el mayordomo la corrupción sicoanalítica que en nuestra sociedad ha llegado a ser una institución poderosísima.

El cinismo de Orton se produce como resultado de una impotencia ante las injusticias que todo mundo ve y nadie quiere aceptar, para no tener que verse en la molesta obligación de protestar enérgicamente. Está bien; si nadie quiere hacer que las instituciones desaparezcan, cuando menos habrá que ser tan inmoral como ellas para sobrevivir.

Y todo esto nos lo dice Orton con el sentido del humor más extraordinario, que nos recuerda los mejores momentos en la historia del teatro universal.