FICHA TÉCNICA



Título obra Los fantástikos

Autoría Tom Jones

Notas de autoría Patricio Castillo / traducción

Dirección Jaime Cortés

Espacios teatrales Teatro de la Danza

Referencia Héctor Mendoza, “Uno más uno igual a uno. Los fantastikos comedia de cámara”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 24 agosto 1969, p. 7




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Los Fantástikos, comedia de cámara
Uno más uno, igual a uno

Héctor Mendoza

Con una historia que no podía ser más sencilla, historia de tira cómica casi, Tom Jones se las arregla de tal manera hábilmente que construye una pequeña comedia musical que mantiene interesado al espectador hasta el final y por dos horas consecutivas: Los Fantástikos.

Legítimamente se trata de dos obras en un acto, la segunda siendo secuela de la primera. El supuesto primer acto termina de manera tan rotunda, que si el narrador que está en escena no nos dijera que a continuación sigue un intermedio, el público se iría a su casa pensando que el espectáculo había terminado (pues no se le anuncia, claro está, que va a ver dos obras cortas).

La primera de las dos obras es una pequeña variación a la historia de Píramo y Tisbe. Dos vecinos amigos desean que sus respectivos hijos se casen. Partiendo de la idea de que los adolescentes jamás hacen aquello que sus padres quieren que hagan, deciden fingirse enemigos y mandan construir un espeso muro que divide sus dos casas. Todo sale a pedir de boca: los muchachos se enamoran a través del muro. Los padres –románticos empedernidos–, deciden que debe haber un remate para acabar de unir del todo a los adolescentes. Conciertan, por medio de una agencia especializada, un hecho heroico de parte del muchacho ante los ojos de la muchacha: Unos bandidos fingidos sorprenden a los jóvenes en un lugar apartado e intentan robarse a la muchacha; el joven, entonces, defiende valientemente a su amada y vence a los asaltantes. Todos contentos y final de la primera parte.

En la segunda vemos a los jóvenes que, pasado el entusiasmo del momento brillante, se aburren y no se atreven a confesar que están hartos el uno del otro. Los padres, después de haber hecho derribar el muro que separaba sus jardines, encuentran que tampoco se llevan ahora tan bien como se llevaban antes. La intempestiva aparición del personaje de la agencia de raptos –el Gallo– con la cuenta de los gastos del simulacro, echa por tierra el resto de ilusión que quedaba en los jóvenes. El muchacho se va entonces de su casa para ir a “correr mundo”. La muchacha, por su parte, tiene un frustrado romance con el Gallo; pero saca una enseñanza: la vida es cruel y hay que irse con pies de plomo. Al final los dos jóvenes se reencuentran y nace en ellos un amor maduro y duradero –al menos eso es lo que se espera pues la comedia termina aquí y no se nos dice nada más al respecto.

El primer acto a la Píramo y Tisbe –llamado “a la luz de la Luna”–, si bien sencillísimo en su trama, está lleno de encanto y juego infantil. El segundo en cambio –“a la luz del Sol”–, es bastante más ambicioso y resulta pesado y fallido. En esta segunda parte el autor habría requerido más aparato y más personal que en la primera; pero al ser necesario ceñirse a las reglas de producción establecidas para la primera parte, pierde pie y algunas de sus escenas no resultan ni tan claras ni tan efectivas como las de la primera parte. En la segunda parte cambia el tono de la obra, cambia el ambiente y cambia inclusive el estilo. En un solo número musical el autor del libreto pretende resolver una serie de situaciones en que se ven envueltos los dos jóvenes –cada uno por su lado, pero simultáneamente–, hasta el rompimiento de su romanticismo inicial y el enfrentamiento y aceptación de la vida. El número musical resulta complicado e insatisfactorio desde el punto de vista de línea argumental. Trata de reducir a un momento un material que da para dos obras de teatro de duración normal, lo cual es tremendamente difícil.

Si el libreto cambia radicalmente de un acto al otro, la música en cambio mantiene un solo estilo y ayuda con ello a darle al espectáculo una unidad de que, de otra forma, hubiera carecido. En la segunda parte la música se conserva tan sencilla como ha sido en la primera parte; es una música llena de candor y de gracia.

Esta pequeña comedia musical pertenece al grupo de comedias musicales de cámara que tuvieron gran apogeo en Inglaterra y los Estados Unidos por los años cincuenta. Las más representativas de esta época son, junto a Los Fantástikos, The boyfriend (Los novios) y Salad days (Días de ensalada). Aunque visiblemente más ambiciosa, tal vez habría que agregar a éstas la más reciente Stop the world I want to get off.

Los Fantástikos se había estrenado ya en México en 1961, producida por René Anselmo y Luis de Llano.

En esta nueva producción que dirige Jaime Cortés en el Teatro de la Danza, se está utilizando una nueva y mejor traducción hecha por Patricio Castillo, uno de los actores.

Esta producción tiene más encanto y mayor frescura que la de 1961. A pesar de que aquella tenía algunas cualidades, la que vemos hoy en el Teatro de Danza tiene una correspondencia más directa con el tipo de teatro al que pertenece la obra. Esta que hoy vemos es mucho más una comedia musical de cámara: actores jóvenes que trabajan con entusiasmo y se divierten sobre el foro, llenándolo de luz y de una alegría delicada y meridional.

De no haber sido por la actriz que hace el personaje de “la joven”, esta nueva puesta en escena de Los Fantástikos habría sido un éxito completo. Pero a diferencia de todos sus compañeros que logran la esencia misma de la comedia, ella tiene una densidad natural que trata de forzar en ligereza hasta lograr la rispidez y la incomodidad más absolutas.

Jaime Cortés, el director, entiende muy bien este tipo de teatro y lo enriquece con una imaginación lineal y muy efectiva. Sin hacer grandes alardes de dirección se entrega a su trabajo de una manera cálida y afectuosa que llena de paz el corazón de sus espectadores.