FICHA TÉCNICA



Título obra A puerta cerrada

Autoría Jean Paul Sartre

Dirección Ludwig Margules

Espacios teatrales Teatro Coyoacán

Referencia Héctor Mendoza, “Un infierno tedioso y demodé. Sarte en Coyoacán”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 3 agosto 1969, pp. 7 y 8




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO 2

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Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Sartre en Coyoacán
Un infierno tedioso y demodé

Héctor Mendoza

Dentro de la reducida producción teatral de Jean Paul Sartre, se encuentra una obra en un acto más o menos largo que data de la primera época del autor: A puerta cerrada. Ahora se presenta nuevamente en el Teatro Coyoacán en un arreglo de escenas y una dirección de Ludwik Margules.

La pieza, de corte bastante tradicional, requiere en una acotación previa: “Un salón estilo Segundo Imperio. Sobre la chimenea una figura de bronce”… De tal manera que no nos vamos a dar cuenta de que este lugar es el Infierno, sino hasta que, pasados unos diez o quince minutos de la obra, uno de los tres personajes se atreve a mencionarlo. Al principio sólo nos enteramos de que primero un hombre y después dos mujeres son introducidos en la sala por un criado y que, por alguna razón, no les es permitido abandonar el lugar.

La amable compañía está constituida por un desertor, una infanticida y una lesbiana. Los tres saben de antemano que se van a hacer la vida insoportable y, ¡claro!, se la hacen. La lesbiana quisiera hacer el amor con la infanticida; la infanticida, no obstante su ninfomanía, la desprecia y quisiera hacer el amor con el desertor; el desertor obviamente no quiere hacer el amor con ninguna de las dos e intenta echar a la infanticida en brazos de la lesbiana. Nada de esto resulta ni resultará ad infinitum.

A primera vista uno quiere deslindar responsabilidades tratando de averiguar el porqué de la presencia de estos tres en el Infierno. Pero uno se encuentra con que el criterio condenatorio es más bien arbitrario. Se encuentra que la lesbiana debió haber sido juzgada por una severísima liga de la decencia y las buenas costumbres; el desertor en cambio por una corte marcial; la infanticida por un juzgado de orden penal del tipo más común.

Ante esta falta de la más estricta unidad en el orden condenatorio a juzgar por los hechos mismos, uno piensa que o bien ninguno de los tres dice la verdad al confesar sus pecados a los otros, o bien la causa de la condena responde a otro tipo de juicio que no es el directo y tradicional.

Puesto que ninguno de los tres tiene una razón evidente para ocultar a los otros el motivo de su presencia irremediable en el Infierno, cabe hacer la suposición de que ignoren absolutamente la verdadera causa condenatoria.

Esta verdadera causa tendrá que ser o bien la estupidez –los tres son bastante estúpidos–, o bien el exceso de aprensión –los tres pecan también en demasía por este lado y seguramente a consecuencia de lo primero. Si escogemos revisar la estupidez por sí sola habrá que tratar primero de definirla en cada caso, para después intentar un juicio condenatorio general.

Inés, la lesbiana. Se sabe que la homosexualidad en la mujer –más inclusive que en el hombre– lleva aparejadas para quien la padece un serie de dificultades sociales. Dificultades debidas al concepto moral establecido. Para aceptar su homosexualidad –Inés la acepta plenamente–, la mujer tendrá que ponerse firme en sus dos pies para poder enfrentar a la sociedad. Sin embargo, Inés parece perder esa fortaleza de pronto. Cuando su primo, a quien le ha robado la mujer, es muerto por un tranvía, va y le dice a su amante que ellas dos lo mataron. La amante consecuentemente abre la llave del gas sin que Inés se dé cuenta y ambas mueren. Es obvio que el único pecado de Inés, moralmente hablando, radica en la seducción de una mujer casada. Resulta, en cambio, más importante el pecado de estupidez en este caso: Inés no debió haber dicho jamás a su amante que el comportamiento de las dos, había matado al marido. Inés, al decir esto, es honesta –lo piensa efectivamente así–, pero también estúpida pues resulta evidente que si ella ha seducido, debería mantenerse en su papel de seductora y seguir ocultando a su amada los horrores de la vida homosexual. Esto viene a ser lo verdaderamente imperdonable en el caso de este personaje.

Estelle, la infanticida. Es claro que este personaje es el único verdaderamente culpable en un sentido estricto. Estelle ha matado a la pequeña hija producto de su adulterio. Pero, ¿por qué la ha matado? Por estupidez crasa. Estelle no tiene dos dedos de cerebro. Estelle es una mujer centrada en su físico que obra por impulsos del tipo más primario. Que su amante posteriormente se haya volado la tapa de los sesos le es totalmente ajeno, no la toca, no acepta en forma alguna tal responsabilidad, ni siquiera ahora en el Infierno. El hecho de que tema a su amante [p. 8], no quiere decir que tema a la responsabilidad de haber sido la causa de su muerte. Cuando Garcin le pregunta si el hombre se levantó la tapa de los sesos, ella contesta: “Sí, pero eso no valía la pena. Mi marido nunca sospechó nada”.

Garcin, el desertor. La estupidez de Garcin es de un tipo más sutil, en cambio. No considera de ninguna manera que su culpa haya sido el haber rehusado ir a la guerra. Se culpa, sí, por haber atormentado a su mujer. La estupidez de Garcin depende de una curiosa falta de coherencia entre sus ideas pacifistas y su comportamiento nada pacifista frente a su mujer. La estupidez consiste sólo en no haber hecho corresponder su pensamiento ideológico con su comportamiento conyugal –hay que tener en cuenta que atormenta a su mujer en forma deliberada.

Sin duda nos encontramos ante tres tipos muy diversos de estupidez. Tanto Garcin como Inés, que son menos estúpidos que Estelle, sufrirán en el Infierno al ver confrontados sus casos; pero Estelle en cambio es tan rotundamente estúpida que jamás se dará cuenta de la relación.

Habrá que examinar entonces la tendencia a la aprensión de los tres personajes. En este caso los tres coinciden. Los tres tienen una terrible tendencia –debida a su estupidez– a agrandar las cosas, a darles importancia a las nimiedades más risibles. Esto sí, finalmente, constituye un motivo de condena igual correspondiente a crímenes iguales. Si bien se mira, el Infierno no sería efectivo si los personajes dejaran de preocuparse inútilmente por todo. Su culpa es también su condena. Su tendencia a la aprensión los torturaba ya en vida y los seguirá torturando después de la muerte.

A pesar de todas estas conclusiones, la obra resulta terriblemente tediosa hoy en día. No puedo imaginar a quien pueda importarle ni siquiera mínimamente lo que puedan hacer o decirse tres estúpidos aprensivos encerrados en un cuarto. A mí, desde luego, no.

Margules ha tratado de salvar la obra con una escenografía muy alucinante y un movimiento escénico de tipo expresionista en general bastante bello; pero el esfuerzo resulta casi ocioso al trabajar sobre un texto tan carente de interés.