FICHA TÉCNICA



Título obra La muerte de un viajante

Notas de Título El crítico también menciona: El precio, de Arthur Miller

Autoría Arthur Miller

Referencia Héctor Mendoza, “Arthur Miller o las edades difíciles. Segundo acto: la edad imposible”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 25 mayo 1969, p. 7




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Miller y las edades difíciles
segundo acto: la edad imposible

Héctor Mendoza

En mi artículo de la semana pasada me referí a lo difícil que es tener la edad de Víctor Franz, el personaje de la última pieza de Arthur Miller, El precio. Presupongo que para cualquier hombre tener veinte años es tenerlo todo porque todavía no se tiene nada. Es decir, tenerlo todo simplemente porque se tiene la posibilidad –potencial– de tenerlo, de tener cualquier cosa. Se tiene la libertad de escoger lo que uno habrá de tener en el futuro. A la edad de Víctor Franz, los cuarenta o sus proximidades, ya sólo se tiene una cosa por mala o pobre que esta sea; la selección ha sido hecha de manera final; se ha escogido entre todo para quedarse con algo. La personalidad, el carácter se han formado en base a esta selección definitiva. Esta personalidad y carácter formados ponen muy frecuentemente al hombre en una posición difícil con respecto a la juventud –a su propia juventud especialmente. Se ha llegado a ser lo que se temió con horror que se sería, y hoy, a los cuarenta, cuando se siente más que nunca la plenitud de la vida (caso patológico de Eddie Carbone al que me referiré más adelante), ya no se tiene la libertad para escoger de nueva cuenta. Nos quedamos pues con lo que ya tenemos y conformamos nuestra mente a ello, a la idea de la inmovilidad para el resto de nuestra vida.

Edad difícil la de los cuarenta. Dificultad generalmente superable, sin embargo. El hombre sigue viviendo hasta los sesenta. Veinte años más y el ciclo vuelve a repetirse, la dificultad se presenta de nuevo. Sólo que ahora la dificultad es invencible. Después de los sesenta le espera al hombre, sin remisión, la edad imposible.

Me referiré ahora a esta edad imposible en el personaje de la obra de Arthur Miller, La muerte de un viajante, estrenada en Nueva York en 1949; se trata de Willy Loman.

Se recordará que la obra se refiere al último día de la vida del agente viajero William Loman. La acción empieza por la noche y termina la noche del día siguiente. Willy Loman ha pasado los sesenta años; pero tendremos la oportunidad de verlo a los cuarenta y aun antes de los cuarenta, gracias al sistema de flash-backs –justificados como recuerdos obsesivos en la mente de Willy– que utiliza Miller para contarnos la historia.

Willy Loman el joven, como todo joven, quiere triunfar en la vida. Sólo el triunfo –llegar a tener mucho dinero en este caso particular, que es bastante general– le dará a su vida una razón de ser, una justificación, un sentido al misterio de estar aquí vivo y activo entre seres similares a nosotros. Podríamos decir que ésta es la primera gran decisión del joven Willy y que su libertad comienza a coartarse desde aquí; pero la decisión de triunfar en la vida no nos garantiza ninguna seguridad al respecto, por lo cual Willy tendrá que tomar paralelamente a ésta una decisión más: ser vendedor. Ahora bien, el ser vendedor está sólo supeditado a la decisión de triunfar en la vida.

El ejemplo de su hermano Ben que ha salido de las selvas africanas con los bolsillos repletos de diamantes, opera en Willy como un arma de dos filos; al mismo tiempo es un incentivo para el triunfo y un patrón inalcanzable.

A los cuarenta años –poco más o menos– se le presenta a Willy la tentación, la gran tentación de retractarse y empezar por otro camino. No retractarse en cuanto al triunfo, su compromiso con esto sigue vigente, sino en cuanto al camino para lograrlo. Su hermano Ben le propone el puesto de administrador en un negocio de madera que está por emprender en Alaska. La tentación es poderosa; Willy sabe –intuye más bien: sabe inconscientemente– que el éxito no está en su carrera de agente vendedor, que ambas cosas, cuando menos en él, están divorciadas. Pero las circunstancias pueden más: se ha casado, tiene dos hijos que van a la escuela y sabe muy bien el riesgo a que los expondría aceptando la proposición de su hermano Ben.

El comentario de Linda, la mujer de Willy, ante la proposición de ir a Alaska, es: "¿Por qué se ha de tener que conquistar el mundo?" Al decir esto, Linda sabe muy bien que su marido no es un hombre de éxito. Pero Willy todavía se resiste a saberlo.

Después de rechazar la oportunidad que le ofrece Ben, Willy Loman, el hombre de cuarenta años, se ve en la necesidad de mentirse a sí mismo. Para poder seguir viviendo tiene que creer que la ocupación de vendedor viajero todavía lo llevará al éxito. Y en caso de que él, por algún motivo, no llegase a la posesión total del éxito –maquinación inconsciente–, sus hijos lo obtendrán con creces.

Aquí empieza la tragedia. El hombre de cuarenta años que no obtendrá éxito alguno, tratando de convencer a sus hijos de la seguridad del éxito. Los hijos lo miran con desconfianza y se negarán inclusive a adquirir el menor compromiso. Biff, el mayor, a los treinta y cuatro años no sabe que es lo que quiere hacer con su vida. Lo único que sabe es que los compromisos tomados a la ligera, sin conocer el funcionamiento del mundo, lo llevarán al estado en que se encuentra su padre. Biff se detuvo en los veinte años y ahí se quedará para siempre como una viva protesta al absurdo funcionamiento del mundo en que le ha tocado vivir.

Willy Loman llega a los sesenta años. No obtuvo el éxito perseguido con tanto denuedo. Se suicida.

No es, como pudiera parecer a primera vista, la falta de cumplimiento en su compromiso con el éxito lo que lo lleva al suicidio. Willy ha aceptado desde años atrás su fracaso económico y hoy, a los sesenta, casi podría aceptar con relativa tranquilidad la miseria que se avecina al quedarse sin empleo, si otra cosa no viniera a interponerse.

Lo [que] verdaderamente origina y madura la muerte de Willy Loman es su compromiso con el compromiso. Ya no es el compromiso de su vida con el éxito y con su carrera de vendedor –esta tragedia operó a los cuarenta años–, sino el compromiso con tal compromiso en sí, independientemente de su caso personal. El éxito ya se esfumó y su carrera de vendedor está concluida, por tanto el primer compromiso debió agotarse ante esta circunstancia. En cambio no: hay un nuevo compromiso que lo obliga a sostener el primero, al menos idealmente. Es decir que a pesar de que él no logró el éxito, la fórmula para lograrlo sigue siendo válida. Empieza el compromiso con la fórmula del éxito, el compromiso con el compromiso, el juego de las irrealidades.

Willy Loman, por este nuevo compromiso, ya no podrá relacionarse con las cosas de una manera efectiva. La mentira se ha vuelto patente para todos excepto para él: la relación está rota. Su lenguaje va resultando cada vez más inoperante, más y más consecuentemente. El compromiso con el compromiso lo aísla de una manera definitiva de las personas y de las cosas. Y de pronto Willy Loman se da cuenta de que está solo, de que el mundo se le ha ido yendo de las manos. Sabemos de pronto que ya no podrá recuperar –dolor insufrible– la comunicación más sencilla con los seres queridos. Y así, condenado a la soledad eterna, reducido a la verdadera senectud, quitarse la vida no viene a ser otra cosa que un acto de la más estricta honestidad –el único de su vida– que lo devuelve a la realidad de las cosas. Al estar muerto efectivamente, no hace sino corresponder a la realidad de los otros. Muerto, puede estar nuevamente en el mundo de los demás –habrá vencido la enorme distancia de la senectud.

En la tragedia de Willy Loman vemos la tragedia de la edad imposible, la tragedia de una senectud –o la senectud– que no tiene cabida legítima en el terrible mundo que habitamos.