FICHA TÉCNICA



Título obra El precio

Notas de Título El crítico también menciona: La muerte de un viajante y Panorama desde el puente, de Arthur Miller

Autoría Arthur Miller

Dirección Rafael López Miarnau

Espacios teatrales Teatro Orientación

Referencia Héctor Mendoza, “Arthur Miller o las edades difíciles”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 18 mayo 1969, pp. 1 y 4




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Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Arthur Miller o las edades difíciles

Héctor Mendoza

Cuando se es muy, muy joven, se piensa en los cuarenta años como si se tratara de la vejez total. Un hombre de veinte años se dice: "Estoy en la plenitud; cuando tenga cuarenta años seré un viejo inaguantable aun cuando, naturalmente, trataré de evitarlo...". ¿Qué es lo que significa para un joven de veinte años ser un viejo inaguantable? Quiere decir simplemente ser un hombre con ideas fijas; eso que un hombre de cuarenta años llamaría madurez, tratando de autoconvencerse de que se trata de una cualidad. Pero el hombre de cuarenta años se engaña porque a fin de cuentas él también tuvo veinte años y sabe muy bien por qué un hombre de cuarenta años es un viejo inaguantable.

Las razones: A los cuarenta años se ha adquirido un carácter; la personalidad se ha consolidado finalmente y es inmutable. El hombre de veinte años ve esto como la muerte, pues para él significa el anquilosamiento espiritual, la pérdida de la libertad intelectual, el estatismo.

El hombre de cuarenta años sabe perfectamente que esto es verdad, que a sus cuarenta años sigue siendo válido lo que pensó a los hermosos veinte y no se puede hacer que suceda de otra manera. Sabe que a los veinte pudo escoger entre muchísimos caminos; podía entonces decidir totalmente su futuro: podía decidirse por la arquitectura o por la aeronáutica, por las Humanidades o por las Ciencias, o por los negocios, o por el desempeño de un trabajo humilde; podía elegir casarse y formar una familia, o no casarse, entre ser filántropo o un misántropo, un hombre de izquierdas o uno de derechas, un hombre bueno o un hombre malo, etc... A los veinte años su campo de posibilidades electivas es ancho como el mundo, A los cuarenta, en cambio, ya no.

A los cuarenta un hombre o es arquitecto o no lo es, es un hombre que se ha casado o es un solterón, es un hombre bueno o un hombre malo; pero difícilmente tendrá la oportunidad de escoger nuevamente. Si es arquitecto, ¿podría dejar de serlo para convertirse en abogado? Podría, potencialmente; pero no lo hace. Cuando se tienen cuarenta años se es ya una persona seria, una persona formada, no se puede estar cambiando de profesión. Si yo he sido católico hasta los cuarenta ¿cómo voy a empezar ahora a ser budista? Eso querría decir que me he pasado más de la mitad de mi vida equivocado de medio a medio. ¿Quién puede respetarme en esas condiciones? Eso, simplemente, no puede hacerse... ¡Dios mío!, pensándolo bien y a fin de cuentas me he convertido en una persona estática –en ese viejo inaguantable que a los veinte años temí llegar a ser...

Empieza la tragedia de las edades difíciles... ¿Los cuarenta, los cincuenta, los sesenta años? Da lo mismo: el tiempo no pudo detenerse. Yo ya tengo un carácter, una serie de responsabilidades contraídas, una infinidad de decisiones tomadas... ¿Y si alguien viene de pronto a decirme que una de esas decisiones –la más importante, la más vital de todas– estuvo mal tomada? ¿Qué? Si alguien viene a decirme que en vez de arquitecto debí haber sido marinero –cosa que deseé fervientemente– porque el reporte médico estaba equivocado y yo nunca tuve afección cardiaca alguna: ¿qué voy a hacer? ¿Es el momento de volver a presentar mi solicitud en la Marina?...

[p. 4]

Y los hermanos Franz, hombres maduros, se encuentran enfrentados el uno al otro en este momento. En El precio, Arthur Miller nos cuenta un nuevo caso de hombres que han llegado a una edad difícil. A una edad en que ya no es posible cortar, enmendar o echar marcha atrás; en que nuestra personalidad se ha convertido en nuestra vida misma y negarla sería tanto como aceptar la muerte. Lo que para los jóvenes de veinte años significa la muerte –el estatismo­–, para los hombres de cuarenta significa la vida.

Ya Miller nos había dado dos casos similares a este de Víctor Franz en su última obra. Willy Loman de Death of a salesman y Eddie Carbone de A view from the bridge son antecedentes directos del caso que Miller vuelve a presentarnos en Víctor Franz.

Los hermanos Franz, Víctor el romántico y Walter el práctico, se encuentran finalmente después de haberse dejado de ver por mucho tiempo. Se dejaron de ver cuando ambos tenían una vida por delante, cuando se encontraban en plena selección de posibilidades futuras. Víctor es, de los dos, la figura trágica. Un muchacho generoso, con enorme potencialidad afectiva, sacrifica un futuro brillante por permanecer al lado de un padre postrado a raíz de su quiebra económica en la Gran Depresión. Su hermano Walter, en cambio, se preocupa por sí mismo y termina siendo un hombre adinerado e importante.

Hoy –momento de la obra– han pasado los años y los dos Franz se reencuentran en plena edad difícil. La vida doméstica de Walter se ha derrumbado –¿por exceso de dinero?–, la de Víctor está a punto de derrumbarse por falta de dinero –esto es seguro. El encuentro de ambos hermanos viene a confrontar realidades. Cada uno de ellos tiene una visión del padre que, siendo antagónica, ha sido decisiva para la construcción de sus vidas, para la formación de [sus]realidades presentes. La versión de Walter parece la más cercana a la verdad: el padre abusó ignominiosamente de Víctor para reducirlo a la esclavitud.

Ante esta revelación, Víctor se tambalea, se tambalea su mundo, su existencia toda, su razón de ser. Si Víctor acepta esa nueva realidad sobre su vida, entonces su vida toda carece de objeto –y Víctor ya no tiene veinte años; es decir, que ya no puede darse el lujo de escoger. Ni siquiera se trata de responsabilidades económicas: Walter le está ofreciendo un buen puesto para que cambie radicalmente de actividad; se trata de su vida toda, de su personalidad integrada. Todo ha sido soportable a la luz del sacrificio de su vida que le ha ofrendado al padre, para proporcionarle una seguridad en sus últimos años. Si es verdad, como dice Walter, que el padre estaba asegurado económicamente, el sacrificio de su vida es un sacrificio inútil, su vida es una vida inútil y estúpida, su razón de ser deja de ser y su existencia se ve lanzada al vacío sin la menor oportunidad de autojustificación.

¿Qué puede hacer un hombre de cuarenta o más años con su vida si se le dice que hay que empezar de nuevo porque todo lo hecho hasta ahí ha sido en vano?

Víctor Franz rechaza el puesto que le ofrece su hermano como una manera –la más efectiva– de corroborar la vigencia de su sacrificio, la imperiosa necesidad de su validez. Y, sin embargo, el sacrificio –su vida misma– tiene que encontrar la razón de ser en sí mismo, independientemente del objeto que lo produjo. ¿Qué importancia tiene que su padre haya sido un canalla indigno del menor sacrificio de nadie? El sacrificio, cuando tuvo lugar, correspondía a una necesidad emocional suya. El sacrificio por el padre, pues, deja de pertenecerle al padre para elevarse por sí mismo a una categoría absoluta. El sacrificio de su vida le pertenece a él, a Víctor, y el padre no viene a ser más que un accidente provocador del milagro. El milagro es en sí absoluto y vive por sí mismo sin necesidad de relacionarse con sus circunstancias momentáneas.

Víctor, para salvarse tiene que afirmar sus bases, su estructura, la armazón entera de su personalidad hecha de larguísimos años amargos sobre un sacrificio que hoy, alguien, trata de calificar de inútil porque el padre no lo necesitó nunca. Él, Víctor, necesitaba haberse sacrificado para realizarse y hasta ahí la existencia del sacrificio posee justificación suficiente para Víctor, para su integridad moral que es la base de sí mismo.

Walter es rechazado sin haber podido trocar con su versión la vida intocable de Víctor. Ester, la mujer de Víctor, reencuentra a su marido –al mártir– en esta reafirmación de aquello mismo que había despreciado.

A los cuarenta años no se puede ya escoger como a los veinte. A los cuarenta, los hombres nos volvemos viejos inaguantables, Víctor Franz que se engañan con una realidad indemostrable para aferrarse a un carácter, a una personalidad consolidada durante años y, por tanto, perfectamente inmutable.

El precio, la más reciente obra de Arthur Miller, está siendo representada en el Teatro Orientación, dirigida por Rafael López Miarnau, que ha entendido la obra estupendamente.


Notas

Héctor Mendoza, autor de la multirrepresentada Las cosas simples y uno de los más notables directores del teatro mexicano, inicia en este número su colaboración regular en Diorama