FICHA TÉCNICA



Título obra Miralina

Autoría Marcela del Río

Dirección Fernando Wagner

Elenco Rosa María Caloca, Javier Marc, Sergio Jiménez, Enrique Becker, Roberto Dumont, Juan Felipe Preciado

Escenografía David Antón

Espacios teatrales Teatro El Granero

Notas Publicación de tres comentarios de Rafael Bajaras (psiconalista) Alejandro Jodorowsky (director teatral) y Fernando Sánchez Mayans (dramaturgo) sobre la obra de la autora. Javier Marc puede ser Xavier Marc

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 24 octubre 1965, pp. 5 y 6.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO 2

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Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

[Miralina]

Mara Reyes

Miralina. Teatro del Granero. Autora, Marcela del Río. Dirección, Fernando Wagner. Escenografía, David Antón. Reparto: Rosa María Caloca, Javier Marc, Sergio Jiménez, Enrique Becker, Roberto Dumont y Juan Felipe Preciado.

En esta ocasión no es a mí, llámese Mara Reyes o Marcela del Río, dar opinión sobre una obra que nacida de mi pluma, no me corresponde juzgar. A lo sumo, puedo expresar que en ella quise plasmar cómo un mismo individuo vive en el curso de su vida una serie de identidades diferentes, una serie de mutilaciones y adiciones que hacen de su ser una continuidad de seres, no idénticos, ni univalentes, que mantienen relaciones cambiantes, “relativas”, con los mundos exteriores, y digo mundos porque el mundo objetivo tiene distintas significaciones para cada ser, en cada momento de su vida. El personaje de Miralina, a través de relaciones afectivas que la van mutilando unas, completando otras, recorre el largo camino que va desde la ilusión, la idealización y la fantasía, hasta la adaptación y la realización.

Pero como es frecuente tener los ojos ciegos cuando se mira a un hijo propio, prefiero dejar la palabra a plumas imparciales:

Una carta

“Reitero la felicitación de ayer noche, y le repito lo fascinante que encontré la pieza. Comprenderá que por deformación profesional haya sido yo más sensible al lenguaje simbólico y a la temática emocional y afectiva que muestra, que a la indudable belleza técnica y literaria de la composición. Espero también, que vea como un elogio el que sea por el lado de mi oficio que haya tenido la agradable sorpresa, pues esto significa que tiene usted una sensibilidad muy fina hacia los procesos del inconsciente, y que mecanismos muy finos de la emoción humana son particularmente nítidos y claros para usted.

“En especial, fui sensible al proceso de desmantelamiento de las ilusiones tempranas, y a su fatal desgarro por las vicisitudes de la vida. La idealización, a mi manera de ver, es una trampa continua de la vida humana, un semillero permanente de dolor, y un encubrimiento de lo “siniestro”, que tiene la desventaja de ser no solamente aceptada por el “yo”, sino fabricada por él de todas sus piezas, con la mejor de las intenciones y con lo que él (el yo) considera lo mejor de sí mismo. En su pieza corroboré el viejo aforismo de que tras cada idealización se esconde un persecutor ineludible.

“La persecución, evidentemente, se realiza en contra y a través de los objetos infantiles y fantaseados, y por eso hiere tan hondo y causa tanto dolor. Todo eso, y muchas cosas más, están en su obra...”

Dr. Rafael Barajas
(Psicoanalista)

“Comprendo que la simbología de Miralina, la obra de Marcela del Rio, sea difícil de entender para un público común, acostumbrado a un teatro más apegado a lo que equivocadamente se llama “realidad”. Debo, sin embargo, afirmar que Miralina es una obra realista, mucho más que otras en el sentido de que no solamente muestra la conciencia de un personaje, sino también, y principalmente, sus luchas inconscientes, en donde el sueño y los recuerdos tienen tanta validez como los actos presentes. En esta obra desfilan los fantasmas que pueblan el espíritu de una mujer, sus primeras fijaciones sexuales, sus actos sádicos y masoquistas, su búsqueda de liberación, y por sobre todas las cosas, el enorme deseo de encontrar un vínculo real con el mundo. Miralina, como toda mujer sensible, se topa con una serie de personajes, tan enajenados como ella: el que vive de ilusiones, el hombre-niño que quiere convertir a su amante en madre, el que se cree equilibrado y trata de castrar toda imaginación, facultad que es el motor de la vida; el amante-padre, “tan perezoso para ayudarse a sí mismo que quiere ayudar a los otros”, etcétera. Personajes que creen, cada uno detener en su espíritu la verdad [p. 6] del universo, que no quieren comprender que cada ser humano es una respuesta distinta, pero igualmente válida al enigma del universo.

“El aislamiento de Miralina se expresa por medio de un terreno baldío en donde vienen diferentes hombres a edificar construcciones demenciales. Una magnífica posibilidad escénica de construir ante el público andamiajes llenos de dramática plasticidad. Miralina aparece niña, para terminar rapada arrastrándose en una silla de ruedas. Otro momento emocionante: un árbol, que sin duda representa el yo infantil del personaje, es desgajado ante el espectador por un hombre vestido de niño: veo ese enorme árbol, poderoso, lleno de ramas, resistirse al embate del hombrecillo y por último caer estrepitosamente como un monstruo diluviano.

“La liberación de Miralina se realiza cuando asesina a un último personaje, que encarna sus recuerdos, construyendo sobre su cuerpo, atravesándolo cruelmente, un muro hecho de todos los escombros del pasado. En fin, son tantos los elementos teatrales que pueden ser utilizados y que aparecen en esta obra: sueños, progresión de edades, erotismo violento, como por ejemplo en el caso del hombre romántico que, mientras más delicado es, como contrapunto bestial, no puede impedirse de confesar: “Te deseo”; son tantos los elementos teatrales que no es el caso aquí enumerarlos.

“Me parece evidente que Miralina es una obra realista que enfoca problemas muy vigentes para todo aquel que no teme la luz del análisis profundo.”

Alexandro Jodorowsky
(Director Teatral)

“Marcela del Río ha estrenado una hermosa, difícil e inquietante pieza teatral que con el título de Miralina nos coloca ante un sustento de poesía en un escenario. Si el teatro es contrarrealidad o contradicción, esa pieza en un acto, dividido en cuatro escenas, justifica en sí misma su realización.

“Su confrontamiento con el público –y con el público se incluyen autores, actores, gente de teatro, críticos– puede, en un momento inesperado, no comunicar o no causar la tensión que habitualmente se espera en una velada teatral. La razón es compleja y sencilla a la vez: nuestro público no está totalmente preparado para un tipo de teatro como aquel en que los símbolos se apoderan de la verdad y la poesía le quita la careta al diálogo directo. Ese diálogo realista y brutal es propio de algunas renombradas piezas teatrales contemporáneas. La poesía o lo poético ha dejado de ser sustancia de colaboración para cualquier tensión sentimental; ha venido a ser lenguaje esotérico, diálogo en clave, signos extraños, que sólo los poetas, o a lo sumo los intelectuales, con y sin esnobismo, entienden, gustan y conocen.

Miralina está pensada para salir de la realidad. Para salir de la realidad del teatro. Para seguirla por su camino de “instantes” interiores. Es la búsqueda de algo que quizá ni ella misma espera. Lo que suele ser la búsqueda más espléndida, por ser la única gratuita. Los cinco amantes que destruyen a Miralina para construirla son el sueño que no se queda y que sin embargo se queda para construir sobre la “tierra baldía”, lejos, fuera de la monstruosa y estúpida realidad; así se salva el artista o el héroe de quien hablaba García Ponce: por la necesidad de destruir para tener algo que construir.

“Su lenguaje total corresponde a una idea femenina que pone en movimiento la fábula. La fábula es ciertamente cruel, amarga; porque es amargo y cruel el impulso de soñar: la negación de lo presente y de lo irremediable.

“El teatro que todos los días y generalmente se hace en México, es un teatro que busca la facilidad en el engaño y la facilidad en el juego. Peligrosamente se desliza por lo ramplón, lo cursi y hasta la corrupción del gusto. Una obra como Miralina de Marcela del Río es ajena a esa corriente. Sus valores lucen a la luz de otros conceptos teatrales.”

Fernando Sánchez Mayans
(Dramaturgo)