FICHA TÉCNICA



Título obra Las troyanas

Autoría Eurípides

Notas de autoría Ángel María Garibay K. / traducción

Dirección José Solé

Elenco Ofelia Guilmain, Carmen Montejo, Beatriz Sheridan, Claudio Brook, Antonio Medellín, Mercedes Pascual, Patricia Morán, Graciela Doring, Eugenia Ríos, Socorro Avelar, Alicia Quintos, Adriana Roel, Enrique Lizalde, Georgina Barragán, Erna Marta Bauman

Escenografía Julio Prieto

Música Leonardo Velázquez

Vestuario Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro Xola

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 24 marzo 1963, pp. 2 y 4.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO 2

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Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

[Las troyanas]

Mara Reyes

Las troyanas. Teatro Xola. Autor, Eurípides. Traducción, Doctor Ángel María Garibay K. Dirección, José Solé. Escenografía y vestuario, Julio Prieto. Música, Leonardo Velázquez. Reparto: Ofelia Guilmain, Carmen Montejo, Beatriz Sheridan, Claudio Brook, Antonio Medellín, Mercedes Pascual, Patricia Morán, etcétera...

Con la presentación de Las troyanas, el IMSS se anota uno de sus más sonoros éxitos, y con él José Solé, director de escena de esta obra que a pesar de haber sido concebida hace más de dos mil años, tiene un aliento tan moderno, que al verla no se puede pensar en las guerras que han asolado al mundo durante el presente siglo.

Parece que fuera un escritor moderno que quisiera con el disfraz de situar la acción en épocas remotas, hacer una crítica a un hecho reciente, método que no es nuevo en la historia del teatro para hacer las denuncias políticas y sociales que a cada época corresponden. Y algo hay de esto, pues Las troyanas –última tragedia de una trilogía formada por Palamedes y Alejandro, y que terminaba con el drama satírico Sísifo, aunque es la única que se conserva de ella– fue en su tiempo –escrita en 415 a.c.– nada menos que una alusión a la toma de la Isla de Melos, realizada por los atenienses en 416 a.c. y en la que éstos hicieron una matanza que acabó con todos los habitantes masculinos, reduciendo a la esclavitud a las mujeres y a los niños. Este hecho, que hizo una gran impresión en Eurípides, le conformó en la idea de que es más denigrante pertenecer al campo victorioso, que al vencido, pues como dice Gilbert Murray, “la pieza nos permite ver lo que hay detrás de una gran victoria, lo que entonces mucho más que ahora era acaso el sueño de los hombres vulgares, lo que a primera vista podía parecer un gran regocijo y en verdad es una profunda tristeza”. Es por eso que Eurípides se declara decididamente como simpatizante de aquellos a los que sus coterráneos han invadido, haciéndoles una crítica punzante, a propósito de todas sus tradiciones, lo mismo bélicas, que religiosas. Todo el código moral de su tiempo lo pone en tela de juicio. Quizá por esto este autor está más cerca de nosotros, que Esquilo y que Sófocles, ya que él vivió una época de quiebre de todos los valores humanos y de todos los principios, tal como se está viviendo en la actualidad.

Así vemos cómo Ulises, para justificar los honores que se tributan a un guerrero –el sacrificio de Polixena– dice a Hécuba (en la tragedia de este nombre): “¿Pelearemos o cuidaremos sólo de nuestra vida, viendo que ningún homenaje honroso se tributa a los difuntos?” ¿No está declarando Eurípides abiertamente que los honores a los muertos no tienen que ver con los ritos religiosos, sino sólo con la fatuidad de los vivos? ¿No está demostrando que el heroísmo no es sino un signo de vanidad y no un sacrificio que se ofrece sin egoísmo? ¿Puede haber desinterés en el acto heroico? Parece decir Eurípides. Y así pone en labios de Hécuba, cuando ésta termina de hacer los honores fúnebres a su pequeño nieto Astianacte (en Las troyanas): “A mi parecer, interesa poco a los muertos que se les tributen funerales suntuosos y más bien son vana pompa de los vivos”. ¿Podríamos imaginar estas palabras en Antígona, que sacrificó su vida a esta “vana pompa”? Puede advertirse sólo con esto, lo lejos que está el mundo de Eurípides del de Sófocles. Lo que en Sófocles era idealización, y en Esquilo acatamiento, en Eurípides es visión de la realidad, por amarga que ésta sea, y duda; se atreve inclusive a dudar de la existencia de los propios dioses, en él se agita siempre una interrogante y lo mismo hace que Hécuba haga imprecaciones a Zeus, en las que le pregunta si realmente existe, o si sólo vive en el espíritu de los hombres, que apremia por una justicia más valedera, pues en Eurípides la preocupación de que el hombre recto fuera injustamente sacrificado recorre toda su obra, fundamentalmente en esta trilogía, es como si Eurípides hubiera presentido el advenimiento del Cristianismo. Y no es extraño que Hécuba lance al viento esta frase: “Veo que los dioses ensalzan lo que nada vale y humillan lo que parece de más precio”, imprecación que hace sentir cómo Eurípides veía en su tiempo elevarse a quien no lo merecía. (Él mismo fue ata­cado mil veces, perdiendo en los concursos, y en vida no vio su frente adornada por el laurel).

De Eurípides dice Erwin Rhode que “su espíritu afanoso de verdad, anda un trecho detrás de cada uno de los reales o pretendidos guías por los campos de la sabiduría y la verdad. Pero no acierta a mantenerse fiel a ninguna dirección: es, por su perplejidad y sus incansables búsquedas un auténtico hijo de su tiempo. Tan de lleno se han adentrado en él la filosofía y la sofística que no admite nada de lo que le ofrecen [p. 6] la fe y la tradición de su pueblo sin haberlo analizado críticamente de antemano”.

Las troyanas se tiene, junto con Las bacantes, como la mejor de sus tragedias, y si esto no es verdad, al menos se puede afirmar que es la que está más cerca de nuestra realidad, de nuestro siglo. En ella se acumulan todas las desgracias de la guerra, es el aniquilamiento de un mundo por la mano del hombre, y las mujeres, que son repartidas a sus nuevos amos –como una cierta Alemania– aunque fue primero agresora –que conocemos, no tienen ninguna esperanza, ni siquiera la de la muerte– [sic] a Hécuba no la dejan arrojarse al fuego de su ciudad para morir con ella; y así se oye el grito desesperado de la reina-esclava: “Tiembla la tierra, tiembla la tierra al desplomarse toda la ciudad”. ¿No ha sido también el grito de los judíos que vieron como otros hombres trataban de extinguir su raza? ¿No fue el grito de Hiroshima? ¿No sería el grito desesperado de todos los hombres de la tierra al haber una nueva guerra?

Todo esto es lo que nos hace sentir José Solé con la dirección de escena de Las troyanas, ya que a él no le preocupó la obra en cuanto a imitación de las escenificaciones antiguas, en cuanto a reproducción fiel de un espectáculo visual, sino que su principal objetivo fue dar a la obra la misma significación “moralista”, y crítica que tuvo cuando fue representada por primera vez en escena. Si en aquella época sirvió a Eurípides para denunciar la conducta vergonzosa que tuvieron los atenienses para con los habitantes de la isla de Melos (con el pretexto del relato de una historia legendaria de muchos siglos atrás) haciendo ver como la matanza en nada dignifica al que se ciñe la corona del triunfo, así José Solé, al dirigir y Julio Prieto al hacer la magnífica escenografía y el vestuario, se propusieron recordar (con el mismo pretexto de la Troya desaparecida) los campos de concentración de la pasada guerra, las ciudades devastadas por el hombre, y dar por ende a la obra la significación actualizada, que quiso dar Eurípides en su tiempo, y que dio, atrayéndose más odios de los que hasta entonces tenía: los del propio pueblo ateniense, que se vio directamente enjuiciado, en un valeroso “yo acuso”.

Mucho espacio requeriría hablar con detalle de los hallazgos de la puesta en escena, baste decir que pocas, muy pocas ocasiones, se tiene la oportunidad de ver una conjunción de elementos tan afortunada como la de esta representación.

La mano de Solé se encuentra tras de cada hilo, y no obstante a cada actor, a cada actriz, se le advierte como un ser autónomo en plena libertad.

Vemos así erguirse la figura de Hécuba, encarnada de manera tan perfecta por la actriz, que se me enredan los nombres y se me antoja llamarla Hécuba Guilmain; no puede hablarse aquí delos matices de su voz, de sus gestos, o de sus movimientos, pues es rebajarla, fijar la atención en su técnica es olvidar su creación y si la técnica no es sino un medio para llegar a la creación, si se llegó a ésta, es que la técnica es perfecta, y quedarnos observando el medio con el que se obtuvo la creación, es olvidar lo primordial. En esta obra la Guilmain se fundió de tal modo con su personaje que no es posible separarla, para hablar de la actriz, pues sería tanto como cortarle sus miembros al todo que es esta Hécuba Guilmain.

Carmen Montejo personificó no sólo a Andrómaca, la púdica, esposa y amante madre, sino que su voz, al llorar la próxima muerte de su hijo Escamandrio, a quien los troyanos “Astianacte lo apodan, porque en su padre sellan la última esperanza para su salvación”, según dice La Ilíada, era –como ha dicho Novo– la voz de todas las madres y esposas de la Tierra. La emoción que produce es tan profunda, que su dolor se hace nuestro dolor.

Beatriz Sheridan al encarnar a Casandra, aquella cuyas predicciones jamás eran creídas, demostró una vez más que es una actriz de gran altura. Hay que tener un equilibrio perfecto para poder representar la enajenación y el delirio y saberlos llevar hasta su clímax, y poder caminar hasta sus límites sin caer al abismo, ¡es tan fácil confundir la cima con la sima! Y la Sheridan se conserva siempre en la cima. Un personaje bello, representado con belleza.

Claudio Brook al representar al Heraldo, lo mismo que Antonio Medellín al de Menelao, hicieron dos personificaciones de gran categoría. Mercedes Pascual y Patricia Morán encabezan el coro que simboliza al pueblo femenino de Troya, aunque en Eurípides, técnicamente hablando, el coro es más ornamental que necesario. Las actrices que lo forman, además de las dos mencionadas, son: Graciela Doring, Eugenia Ríos, Socorro Avelar, Alicia Quintos, Adriana Roel y otras seis más, quienes hacen un trabajo extraordinario, ya que Solé supo dar movimiento no sólo plástico, sino auditivo a ese coro, que es todo un conjunto sinfónico en cuanto a sonido y un cuerpo de ballet, en lo que a desplazamiento escénico se refiere.

Enrique Lizalde, Georgina Barragán y Erna Marta Bauman –al encarnar a Poseidón, a Atenea y a Helena respectivamente–, completan el reparto. Ésta última es la segunda vez que interpreta el papel de Helena de Troya, ya que lo hizo por primera vez en la obra de Giraudoux: Un tigre a las puertas (La guerra de Troya no tendrá lugar) en julio de 1960, denotando cierto progreso en su actuación.

Algo que no puede pasarse por alto es la traducción, más que excelente, del doctor Ángel María Garibay, que da al lenguaje una riqueza poética de gran pureza.