FICHA TÉCNICA



Título obra Las sillas

Autoría Eugène Ionesco

Dirección Jacques Mauclair

Elenco Jacques Mauclair, Tsilla Chelton Marcel Champel

Escenografía Jacques Noël

Grupos y compañías Compañía de Jacques Mauclair

Espacios teatrales Teatro Julio Jiménez Rueda

Notas Comparación entre dos montajes de Alejandro Jodorowsky y Jaques Mauclair de la obra Las sillas de Ionesco

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. Mauclair, Las sillas...”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 21 julio 1968, p. 6.




Título obra La lección

Autoría Eugène Ionesco

Dirección Jacques Mauclair

Elenco Marcel Cuvelier, Thérése Quentin, Marcel Champel

Grupos y compañías Compañía de Jacques Mauclair

Espacios teatrales Teatro Julio Jiménez Rueda

Notas Comparación entre dos montajes de Alejandro Jodorowsky y Jaques Mauclair de la obra La lección de Ionesco

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. Mauclair, Las sillas...”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 21 julio 1968, p. 6.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

Mauclair, Las sillas...

Mara Reyes

Teatro Jiménez Rueda. Autor, Eugène Ionesco. Compañía Jacques Mauclair. Dirección, Mauclair. Decorados, Jacques Noël. Reparto: (Las sillas) Jacques Mauclair, Tsilla Chelton y Marcel Champel. (La Lección) Marcel Cuvelier, Thérése Quentin y Marcel Champel.

Si en la puesta en escena de El rey se muere de Ionesco que realizó Jacques Mauclair se ve un enfoque diferente al que hizo, de la misma obra, Alexandro Jodorowsky, en Las sillas, en cambio, sólo pude ver un teatro “bien hecho” que sigue a pie juntillas las acotaciones de Ionesco, pero que no da ninguna aportación personal. Jacques Mauclair, como director, no dice nada, se limita a verter un texto, sin mayor profundidad. Si recordamos la puesta en escena de Alexandro, en la que el ruido era un personaje más, cuya presencia provocaba una serie de rompimientos emocionales, notaremos que en el montaje de Mauclair la ausencia de ese extraño personaje –o de su equivalente– dejó la obra sin estructura ósea que le diera un apoyo. ¿Y el orador? ¿Quién es el orador en la escenificación de Mauclair? Las sillas, vista por Alexandro, era el drama del Hombre que deja en manos de la divinidad la tarea de decir su mensaje, pero la divinidad –el orador– era incapaz de darlo, de donde se deducía que el Hombre debe realizarse dentro de sus limitaciones y no puede trascender más allá de su propia esencia. Pero “el orador” de Mauclair es un ser anodino, que nada personifica, con lo que se derrumba el andamiaje trágico, quedando sólo el adorno, el trazo superficial. No se trata de que interpretara la obra igual que Alexandro, pero sí de que diera alguna interpretación.

En la actuación, la comparación también es obligada. El Carlos Ancira de Las sillas, hace que Mauclair parezca ingenuo. El Mauclair de Las sillas es un buen actor sin duda, un actor excelente, pero comparado con Ancira, su proyección parece limitada.

Y lo mismo puede decirse si comparamos los trabajos de Tsilla Chelton y de Magda Donato, para quien esta representación resultó ser un homenaje póstumo, pues no fue superada por la actriz francesa.

Pero la decepción no provino de Las sillas, en la que, al fin y al cabo, el director tiene aciertos plásticos muy notables. No, la decepción rotunda ocurrió al ver cómo Mauclair había perpetrado el montaje de La lección.

Marcel Cuvelier, el actor, no tiene culpa alguna, es un magnífico intérprete que siguió las indicaciones del director. Y Thérése Quentin, lo mismo que Marcel Champel, no hacen otra cosa que recitar lo que se les pidió que recitaran. Toda la responsabilidad de la pobreza de esta escenificación recae sobre el propio Mauclair que, o no comprendió la obra, o el miedo excesivo de enojar al autor le ató las manos. (No siempre el autor tiene razón al opinar sobre su propia obra.)

Según la puesta en escena de Alexandro, de quien La lección constituye una de sus direcciones maestras, el Hombre, personificado por la alumna, siente el impulso de aprender y la Ciencia –simbolizada por el profesor–, lo va llevando de la matemática, a la filosofía, a la metafísica, a la teología y por fin a su destrucción. Después de esa destrucción, la obra de Ionesco presiente la vuelta del hombre a la barbarie (de ahí que –en la versión de Alexandro– el Profesor, después de dar muerte a la alumna, se quitara el revestimiento que habla empleado para ejecutar ese acto, inclusive violatorio, y quedara cubierto con una especie de piel de mono) y al llegar otra alumna, deja adivinar la repetición de un nuevo ciclo, que conducirá a otro, y a otro más, y así hasta el infinito.

Nada de esto fue expresado por la dirección de Mauclair (ni de esto, ni de ninguna otra cosa). Si hubiera hecho una lectura de la obra con todo y acotaciones, tal vez habría resultado más interesante.

Recordé la magia de aquel decorado de engranajes meyerholdianos, y aquella silla rodante con brazos que apresaban a Betty Sheridan, y aquel dolor, y aquella angustia que iba provocando Ancira en la alumna, y entonces, Cuveliery Thérése Quentin me parecieron dos escolares recitando una lección a su maestro. Cuvelier es un actor que posee una naturalidad admirable, pero en esta obra, esa naturalidad no funciona, o al menos, el director no la hizo funcionar. La diferencia entre Betty Sheridan y Thérése Quentin, y entre Carlos Ancira y Marcel Cuvelier es abismal. Diferencia de sentido, de profundidad, de impacto. Y es que en la dirección de Mauclair faltó una intención. Y un arte que carece de intención, carece de su propia sustancia.