FICHA TÉCNICA



Título obra La soga al cuello

Autoría Manuel Reguera Saumell

Dirección Gilda Hernández

Elenco Miguel Navarro, Amelia Pita, Magali Boix, Yolanda Arenas, Juan Troya, René de la Cruz, Helmo Hernández, José Hermida, Albio Paz

Escenografía Manuel Barreiro

Música Héctor Angulo / asesoría musical

Vestuario Manuel Barreiro

Grupos y compañías Taller Dramático de Cuba

Espacios teatrales Teatro Julio Jiménez Rueda

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. La soga al cuello”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 23 junio 1968, p 6.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

La soga al cuello

Mara Reyes

(Taller Dramático de Cuba)

Teatro Jiménez Rueda. Autor, Manuel Reguera Saumell. Dirección, Gilda Hernández. Escenografía y vestuario, Manuel Barreiro. Asesoría musical, Héctor Angulo. Reparto: Taller Dramático de Cuba: Miguel Navarro, Amelia Pita, Magali Boix, Yolanda Arenas, Juan Troya, René de la Cruz, Helmo Hernández, José Hermida y Albio Paz.

Sobre los postulados e intenciones del Taller Dramático de Cuba, ya se habló el domingo pasado en este suplemento, por lo que limito ahora mi comentario específicamente a la primera obra que este grupo cubano representó en la ciudad de México.

En La soga al cuello, el autor describe con rasgos humorísticos, el derrumbamiento de una burguesía que se aferra desesperadamente a los viejos moldes sociales. La obra se inicia en el momento en que la familia sufre los estragos de la revolución. La fábrica de la que es dueño el padre, ha sido confiscada por el gobierno. El hijo mayor, único partidario de la revolución dentro de la familia, ha sido nombrado “administrador” de la fábrica, para bochorno de los demás parientes. Y el padre, ante el confrontamiento de su soledad, ya que ni su mujer ni sus hijos, lo comprenden; y el reconocimiento de que ha traicionado a su clase –ya que de trabajador se convirtió en explotador de trabajadores– se ha suicidado.

Y mientras él está colgado de una soga, la familia, lidereada por Cuca (la esposa o madre, según se vea, figura dominante de la familia), trata de hacer aparecer la muerte de su marido como una muerte natural, para evitar el escándalo social.

Cada miembro de la familia representa aspectos diferentes de esa burguesía. Cuca, la esposa, interpretada por Magali Boix, es la mujer con resabios aristócratas, que desprecia al marido, al que debe su posición acomodada, pero que no pertenece a una familia de abolengo como ella. Cuca ha olvidado la ruina económica de la que él la sacó, pero sí le recuerda a él –siempre que haya ocasión– su extracción campesina, como si se tratara de un pecado imperdonable.

De los hijos, el mayor, Carlos Federico, interpretado por Helmo Hernández, es el único que ha hecho causa común con la revolución. Es el hijo que ha trabajado codo con codo junto a su padre, en la fábrica, y el que sirve de contrapeso al autor para equilibrar la balanza ideológica. Es el que, en nombre del autor, lleva la tesis de la obra, criticando a su padre (más bien padrastro, según la anécdota) el no querer comprender al nuevo régimen, siendo que él sufrió en carne propia las consecuencias de tener que gastar toda una vida para poder llegar a tener al final una vida desahogada.

Los otros hijos, simples parásitos, así como los demás parientes, ligados a la Iglesia, completan el cuadro familiar, aportando cada uno una visión diversa del problema, pero siempre desde dentro de esa clase social que en su desintegración es capaz de cualquier indignidad con tal de “salvar las apariencias”.

El tratamiento de la obra es farsístico, con intromisiones de escenas realistas, en tono de pieza. O sea que todo lo que se desarrolla en presente, es farsa, con despliegue de humor negro, y las rupturas de tiempo, en su mayoría, son escenas de aclaración o denuncia, donde los caracteres se manifiestan de una manera más realista. Esta alternancia de farsa y pieza está muy bien realizada y el público es llevado y traído de un tono a otro sin que se rompa el equilibrio.

La directora de escena, Gilda Hernández, logró momentos de muy buena factura, así como los actores, entre los que destacaron fundamentalmente: Miguel Navarro y Amelia Pita.

El grupo, en su conjunto, adolece de una influencia –nefasta en mi opinión– del antiguo teatro español. Los actores –salvo Miguel Navarro– no han dado el salto definitivo entre la vieja escuela de actuación (y de dirección) y la nueva técnica. Esto es una lástima pues a una época revolucionaria, en la economía, debe ir aparejada una revolución cultural, y no es ese teatro, ni esa técnica de representación, lo que estamos esperando de ellos.