FICHA TÉCNICA



Título obra El cementerio de automóviles

Autoría Fernando Arrabal

Dirección Julio Castillo

Notas de dirección Fernando Balzaretti / asistente de dirección

Elenco Marcelo Segberg, Luis Torner, Dunia Ceresvestia, Miguel Monssel, Guadalupe Vázquez, J. Arturo González, Boubulina Mariel, Manuel Ibáñez, Maribel Vargas, Homero Maturano, Gabriel Araujo, Mario Salazar, Rebeca Briseida, Luis Bermeño

Escenografía Félida Medina

Notas de escenografía Marcelo Segberg / filmaciones

Iluminación Jorge López Aguado

Espacios teatrales Sala Xavier Villaurrutia

Productores Escuela de Arte Teatral del INBA

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. El cementerio de automóviles”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 26 mayo 1968, p. 6.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

El cementerio de automóviles

Mara Reyes

Teatro Villaurrutia. Autor, Fernando Arrabal. Dirección, Julio Castillo. Escenografía, Félida Medina. Asistente de dirección, F. Balzaretti. Filmaciones Marcelo Segberg. Iluminación, Jorge López Aguado. Reparto: Marcelo Segberg, Luis Torner, Dunia Ceresvesta, Miguel Monssel, Guadalupe Vázquez, J. Arturo González, Boubulina Mariel, Manuel Ibáñez, Maribel Vargas, Homero Maturano, Gabriel Araujo, Mario Salazar, Rebeca Briseida y Luis Bermeño. Producción: Escuela de Arte Teatral del INBA.

Arrabal es un autor que en México ha corrido con suerte, después de la dos puestas de su Fando y Lis, ambas extraordinarias, que hizo Alexandro Jodorowsky, un joven, Julio Castillo, laureado como actor en el Festival de Primavera de 1967, se revela como un director de escena de primera magnitud al abordar El cementerio de automóviles.

En esta obra hallamos nuevamente ciertos elementos que podrían calificarse de constantes en Arrabal, como por ejemplo, la necesidad que tienen los personajes de ser buenos, expresada por Emanú, el protagonista de El cementerio... así como por Fidio de Oración, o Fando de Fando y Lis.

El mito solar, como el del ave fénix, se repite cíclicamente en cada obra de Arrabal, el tiempo no existe, sino sólo ese periódico consumirse para renacer nuevamente entre las cenizas, dando origen a un nuevo día.

Y es con esta concepción del mundo de Arrabal, con la que se funde hasta confundirse en una sola, la concepción del director Julio Castillo, quien penetrando en la substancia medular de la obra, recreó ese universo del autor hasta el extremo de añadirle un personaje: la muñeca (infancia, inocente, pureza, limitada en el tiempo) hacia la cual convergen los personajes y en la que finalmente se cumple la redención de Emanú. Acierto que unido a todos sus demás aciertos, hace sensacional la dirección de Julio Castillo. Dirección escénica a nivel de la de Esperando a Godot que realizara Novo, o la de La sonata de los espectros que montara Alexandro, en la que cada palabra y cada idea del autor tienen una correspondencia escénica rica y plena de soluciones sorprendentes. Su barroquismo no es gratuito, sino deudor del barroquismo del tema, en el que los personajes se desdoblan como las imágenes de un retablo, por su apariencia física y su significación simbólica siendo imposible establecer la frontera entre la apariencia y la significación, entre la realidad y la irrealidad, entre el Ser y el No Ser.

Acompañan a Julio Castillo en esta experiencia luminosa, Marcelo Segberg, que hace una creación del personaje de Milos; Luis Torner en un Emanú lleno de Verdad; Dunia Ceresvesta, en quien la sinceridad es su mejor virtud; Miguel Monssel, que proyecta las dos caras de la amistad –amor y traición– con la misma grandeza; Guadalupe Vázquez y J. Arturo González en una interpretación excelente de esos personajes que de bufones paran en verdugos y que con el mismo automatismo con que entrenan como atletas, hacen el amor o torturan a los infractores de una ley que siguen por inercia. Boubulina Mariel y Manuel Ibáñez, en dos personajes mudos, enriquecen la escena y Maribel Vargas, Homero Maturano, Gabriel Araujo, Mario Salazar, Rebeca Briseida y Luis Bermeño completan con excelencia el reparto.

Sería imposible analizar en este artículo uno a uno de los hallazgos de Julio Castillo (como la escena inicial de las velas, o la de los prismáticos, o la de los fuegos fatuos, o la del parto, o la de los latigazos) baste señalar que supo hacer de la representación una obra maestra, en la que colaboraron además de los actores, la extraordinaria escenografía de Félida Medina, las filmaciones de Marcelo Segberg y la iluminación de Jorge López Aguado.