FICHA TÉCNICA



Título obra La cueva de Salamanca

Autoría Juan Ruiz de Alarcón

Dirección Héctor Mendoza

Notas de dirección Guillermo Duarte / asistente de dirección

Elenco Sergio Kleiner, Mabel Martín, Adrián Ramos, José Alonso, Cristina Rubiales, Joaquín Lanz, Héctor Cruz, José Roberto Hill

Notas de elenco Luis Rivero, Francisco Larumbe, Maximino T. Martínez, Luis Fuentes y José Hernández / músicos

Escenografía Kazuya Sakai

Música Carlos Lyra

Vestuario Kazuya Sakai

Espacios teatrales Teatro Xola

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. La cueva de Salamanca”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 28 abril 1968, p. 4.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

La cueva de Salamanca

Mara Reyes

Teatro Xola. Autor, Juan Ruiz de Alarcón. Estreno: 19 de abril. Dirección, Héctor Mendoza. Escenografía y vestuario, Kazuya Sakai. Música, Carlos Lyra. Reparto: Sergio Kleiner, Mabel Martín, Adrián Ramos, José Alonso, Cristina Rubiales, Joaquín Lanz, Héctor Cruz, José Roberto Hill, etc... Músicos: Luis Rivero, Francisco Larumbe, Maximino T. Martínez, Luis Fuentes y José Hernández. Asistente de director, Guillermo Duarte.

Cada vez que un director tiene la osadía de representar a un autor de épocas pasadas imponiendo a la representación de la obra un cambio en la tradición, surge la polémica, en la cual unos afirman que el director no tiene derecho a “desvirtuar” la obra del autor, y otros defienden la postura innovadora del director. ¿Quién tiene la razón? No es el punto a dilucidar, yo me limitaré, simplemente, a dar mi punto de vista en este caso específico, pues cada caso es diferente, según los resultados alcanzados por el director.

Creo que hay varias formas de asaltar una obra clásica –poner una obra clásica es siempre una especie de asalto a mano armada– una, la que se deriva de una visión museográfica, y otra, de una visión teatral. El director que posea la visión museográfica respetará las indicaciones del autor, las costumbres de la época, para su puesta en escena. Tiene obligación de cuidar la cronología en todos sus detalles, lo mismo para que el vestuario concuerde debidamente, como para que la escenografía contenga la atmósfera de la época en que se sitúa la acción. Y tiene muchos otros deberes. En cambio, el director que se incline por la innovación, no tiene esos deberes, pero tiene otro muy delicado, sutil y hasta peligroso: el de hacerlo con un máximo de talento. Su representación tendrá como único cimiento su buen gusto y su capacidad de creación de un estilo que justifique la “irreverencia” cronológica.

Y creo que éste es el caso de Héctor Mendoza, que ha creado un estilo teatral propio, salvando del olvido una comedia que quedaría relegada en los archivos de la historia del teatro, pues a fin de cuentas, su mensaje –el de Alarcón en esta comedia– no es otro que el de apoyar la actitud de la Inquisición para la quema de brujos, al demostrar por medio de silogismos muy bien urdidos, que la ciencia “mágica” se divide en tres ramas: la natural, la artificial y la diabólica, y que todos aquellos que la ejerzan, serán condenados por la Iglesia. Este mensaje, no es vigente en nuestra época, es indudable que para el pensamiento renacentista, muchos de nuestros científicos actuales –que obran “prodigios”– serían diabólicos y condenables. Ahora bien, el teatro, antes que interés museográfico, es Teatro, o sea, arte comunicante, arte para establecer un contacto con el público al que debe darle por medio de la palabra y el gesto: emociones, ideas o nociones: por eso, cuando el mensaje de una obra deja de ser vigente para el público de otra época, el director que no se conforma con el interés histórico –quede eso para los historiadores y críticos– busca la manera de darle vigencia y somete la obra al fuego de un nuevo crisol del que saldrá remozada y lista para volver a contagiar entusiasmo –y no sólo curiosidad de investigador– a un público muy diferente del que acogió la obra en la época en que fue escrita.

Y así, en esta representación de La cueva de Salamanca de Juan Ruiz de Alarcón, vemos a las mujeres vestidas con minifaldas; las paredes de la cueva, coloreadas a la moda “psicodélica”; al mago Enrico (interpretado por ese magnífico actor que es Sergio Kleiner) haciendo yoga; a los músicos tocando melodías que habrían parecido también diabólicas en la época de Alarcón. Pero en toda esta aparente falta de sincronía, hay talento, hay un estilo, hay una voluntad de creación que no puede dejar indiferente a la gente sensible. Los versos de Alarcón cobran una nueva dimensión dentro de esa atmósfera geométrica como los silogismos alarconianos; rítmica, como sus métricas; juguetona como sus intrigas amorosas; picaresca, como sus juegos de palabras; circense, como sus malabarismos mágicos; chispeante, como su ingenio. ¿Qué mayor respeto a un autor que estas correspondencias con su texto? Acaso la falta de respeto sobreviene cuando por cuidar tanto la “cronología” se olvida el aliento vital de una obra; cuando por respetar un vestuario o una forma de decir, el texto se apergamina como una flor entre las hojas amarillentas de un libro viejo. Héctor Mendoza, Kazuya Sakai, Carlos Lyra, todos los actores y músicos han sacado la flor de ese libro, la han rehidratado y –¡oh milagrería alarconiana!– le han devuelto hasta el aroma.