FICHA TÉCNICA



Título obra El asesinato de la hermana George

Autoría Frank Marcus

Notas de autoría Margarita Mitchell / traducción

Dirección Dimitrios Sarras

Notas de dirección Joskowicz e Ignacio Orendáin / asistentes de dirección

Elenco Berta Moss, Mónica Serna, Rosa María Moreno, Tamara Garina

Escenografía David Antón

Espacios teatrales Teatro Ofelia

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. El asesinato de la hermana George”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 3 marzo 1968, p. 5.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

El asesinato de la hermana George

Mara Reyes

Teatro Ofelia. Autor, Frank Marcus. Traducción, Margarita Mitchell. Dirección, Dimitrios Sarrás. Escenografía, David Antón. Asistentes de dirección: Joskowicz e Ignacio Orendáin. Reparto: Berta Moss, Mónica Serna, Rosa María Moreno y Tamara Garina.

Hay que agradecer a Dimitrios Sarrás, director, y a Margarita Mitchell, traductora, la presentación de esta magnífica obra del dramaturgo inglés Frank Marcus. A pesar del título, El asesino de la hermana George, no es una comedia policíaca, y aunque se ha calificado como “comedia negra”, tampoco es una comedia, dado que su humorismo, lejos de ser una condición de regocijo, es como el bisturí del que se sirve el autor para llegar a las entrañas, donde se localiza el tumor de una sociedad. La obra, más que realista, podría calificarse de “verista”, pues en vez de “componer” la realidad, la “descompone”, en su acepción de separar los elementos de un todo, para llegar a la verdad.

En ella, el autor aborda el problema de la deshumanización de una sociedad que no toma a los individuos como seres humanos, sino como partes de un mecanismo: como refacciones que una vez usadas se desechan o, ya en calidad de fierro viejo, se funden para volver a utilizarlas en otro mecanismo, del que tal vez, cuando hayan dejado de ser útiles, saldrán ya definitivamente descartadas.

El que las tres protagonistas sean lesbianas, y que entre ellas se desarrolle un conflicto pasional, no es más que un síntoma más de la descomposición de esa sociedad, pero no está planteado como "amoralidad"; la relación entre ellas es tan "normal" o tan "anormal", según se la quiera juzgar, como si la vivieran dos hombres que se disputaran a una mujer, con todos los problemas de convivencia inherentes a una pareja mal avenida. El autor demuestra que el problema de las emociones, es el mismo tratándose de relaciones entre hombres y mujeres, o entre mujeres solas. Unos u otras son seres humanos que de pronto se hallan en conflicto, pero su conflicto no ocurre en forma aislada, sino concomitante con el otro conflicto, el del ser humano frente a la sociedad a la que pertenece, mientras esa sociedad lo admite, y a la que, a pesar de su rebeldía, trata de seguir perteneciendo, cuando aquélla al considerarlo inútil trata de desecharlo. La obra muestra en dramática paradoja, cómo se sacrifica a un ser humano en aras de la salvación de un “programa de radio”.

Berta Moss vuelve a demostrar que es una actriz de altos vuelos, al crear ese atormentado personaje que es June Buckridge. Ella nos trasmite primero ese conformismo de June, que acepta la pérdida de su identidad, llegando a hablar en su vida diaria como el personaje de “la hermana George”, que interpreta en la radio; después, el vacío total que la habita, al serle retirada la posibilidad de seguir encarnando el personaje que ha interpretado durante seis años, y por último, la aceptación trágica del nuevo papel que le han asignado en un programa infantil de la radiodifusora. Nos trasmite también la angustia que le provoca al personaje, su relación sadomasoquista con Alice, proyectando con increíble veracidad, esa violencia con la que June oculta su ternura.

Mónica Serna está a la altura de las circunstancias, y eso, cuando se trabaja al lado de Berta Moss, lo dice todo. Maneja bien sus recursos (aunque abusa un tanto del juego con su cabello, pero esto es sólo una minucia), y sobre todo, crea la imagen física correlativa a sus palabras y actos.

En cuanto a Rosa María Moreno, es una actriz a la que admiro y a la que por lo tanto le exijo perfección. Ella también interpreta a su personaje delineando todas sus facetas. En lo que se refiere al contenido, su creación es impecable: desgraciadamente, no puedo decir lo mismo de su continente, lo cual es imperdonable en una actriz que domina la técnica de la actuación desde hace mucho tiempo y que no tiene por qué caer ahora en los vicios de los locutores de radio, o de funcionaria de una radiodifusora. Me refiero al estigma de la mala acentuación de las palabras y de las frases en la que han caído la mayoría de los locutores de radio y que se ha convertido en una amenaza pública contra el idioma.

Está en manos de los actores que esa célula cancerosa no invada también el teatro. Por eso, me parece imperdonable que Rosa María Moreno se deje contagiar de los locutores y comience a decir las palabras agudas como esdrújulas y las frases deformadas con el fin de darles supuesto énfasis. La incorrecta acentuación de UNA frase o de UNA palabra, es admisible, puede ser un descuido; pero lo que no es admisible, es que el mayor porcentaje de las frases y de las palabras tengan errores de acentuación. (¡Cuidado Rosa María, mata el germen antes de que prolifere!) Para marcar la personalidad de una mujer que trabaja en una radiodifusora, hay otros medios que Rosa María Moreno no sólo conoce, sino que ha puesto en práctica en esta misma obra y no necesita practicar ese vicio idiomático tan deleznable.

En cuanto a Tamara Garina, aparece con la misma vis cómica de siempre. Su presencia es revivificadora y sirve de respiro a las tensiones que la obra provoca.

La dirección de escena de Dimitrios Sarrás, no sólo es pulcra, sino vital. No cae jamás en abusos de mal gusto, por lo contrario, maneja las situaciones entre las tres mujeres con un equilibrio perfecto, para que sus escenas nunca resulten morbosas. Excelentes también la traducción de Margarita Mitchell y la escenografía de David Antón.