FICHA TÉCNICA



Notas Balance anual del teatro en México en 1967, primera parte

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. Teatro mexicano en 1967”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 10 diciembre 1967, p. 5.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

Teatro mexicano en 1967

Mara Reyes

No pretendo, ni con mucho, abarcar en este comentario todo el teatro mexicano –de estreno o en reposición– que ha subido a los escenarios de la capital durante el año, porque para quien no se dedica exclusivamente a la crítica, le es cada día más difícil asistir a “todos” los espectáculos teatrales que aparecen en las carteleras.

Pero a vuelo de pájaro, mencionaré algunas de las obras más significativas que se representaron durante este año.

Después de una larga ausencia, volvió a aparecer con esplendor el nombre de Sergio Magaña, con Los argonautas, una sátira que nos dio el otro lado de la medalla de su anterior tragedia, Moctezuma II. Disputándole el título de “lo mejor del año”, en teatro mexicano, llegaron después otras dos obras, también de excelente cuño y también satíricas: Te juro Juana que tengo ganas..., de Emilio Carballido, y La ronda de la hechizada, de Hugo Argüelles.

Estas tres obras hablan por sí mismas de la bondad alcanzada por nuestros comediógrafos y dramaturgos, pues en ellas se encuentran valores estéticos de alto nivel.

Hubo también sorpresas agradables, como la del estreno de Luis G. Basurto. Con la frente en el polvo, obra con la que el autor se quita viejas espinas, abordando un tema de preocupación teológica, con sinceridad y más aún, con el deseo profundo de plantear sin disfraces, las dudas y las tentaciones a que está sujeto todo ser humano, aun cuando lleve el báculo obispal o use el capelo cardenalicio. Además de que inauguró la saludable costumbre del debate público después de la obra.

También aparecieron en el año nuevos nombres para la dramaturgia de México: Jorge Esma, que puso primero dentro del Concurso de Primavera y después en temporada oficial en el Teatro Jiménez Rueda, su obra Donde los Árboles..., en la que analiza poéticamente los procesos dolorosos por los que va atravesando la mente infantil al ir comprendiendo y adaptándose a la realidad que lo circunda, con sacrificio de la fantasía.

Las otras dos obras premiadas, junto con la de Esma, y que también pasaron del concurso al Teatro Jiménez Rueda, fueron Los Arrieros con sus burros por la hermosa capital, de Willebaldo López, y Sobre los orígenes del hombre, de Eduardo Rodríguez Solís. El primero, con marcada influencia de Carballido, pero con excelente oficio, y el segundo, presentando otra faceta de su pluma dramática, diferente a la de Las ruedas ruedan, que escribió durante su periodo de becario en el Centro Mexicano de Escritores.

En el teatro Comonfort se presentaron igualmente otras obras dignas de aplauso: Las voces, de Federico Steiner, bajo la excelente dirección de Juan Manuel Corrales, y Los objetos malos, de Ly Seter, dirigida por Gabriel Retes.

En el teatro Antonio Caso, también hubo una incursión de un autor mexicano: Alfonso Pallares, quien presentó Enanos, una obra poco lograda, pero que acusa la posibilidad de un futuro buen dramaturgo de nuestra escena.

Dentro del teatro comercial se presentó con gran éxito de taquilla Malditos, de Wilberto Cantón, que ya va en las 300 representaciones, después de haber tenido que soportar durante quince años la prohibición de la censura, y Los jóvenes asoleados, de Antonio González Caballero, cuyo estruendoso fracaso no le impidió estrenar otra obra más, Nilo, mi hijo (que no tuve tiempo de ver).

Otras obras mexicanas, tan frívolas como superficiales, verbigracia Los lunes, salchichas, de Rafael Solana, aparecieron prolíficamente en nuestros escenarios.

Ni qué decir tiene que la labor del Departamento de Teatro del INBA y el interés de muchos otros empresarios de la iniciativa privada o de otras instituciones oficiales o subvencionadas, han hecho posible que este año el teatro mexicano marcara una línea ascendente en la gráfica estadística de espectáculos teatrales capitalinos. Si durante los años de 1965 y 1966 las obras mexicanas apenas alcanzaron la decena o a lo sumo la docena, en cada uno, este año, el número –entre teatro profesional, experimental y concursos– aumentó en forma tan definitiva que puede esperarse que pronto escribir teatro deje de ser un hobby y junto al título de “dramaturgo” no tendrá que ponerse el de “se remiendan zapatos”.