FICHA TÉCNICA



Título obra Viet Rock

Autoría Megan Terry

Dirección Rafael López Miarnau

Elenco Rafael Llamas, Luis Heredia, Luis Miranda, Felipe Santander, Azucena Rodríguez, Silvia Suárez, Juan Felipe Preciado, Teresa Selma, Abraham Stavans, Elizabeth Willert (Liza), Luis Torner, Laura Montalvo, Héctor Ramos

Música Luis Heredia / canciones

Notas de Música Luis Miranda / arreglos musicales

Espacios teatrales Teatro Orientación

Productores Teatro Club

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. Viet Rock”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 19 noviembre 1967, pp. 4 y 6.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO 2

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Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

Viet Rock

Mara Reyes

Teatro Orientación. Autor, Megan Terry. Dirección, Rafael L. Miarnau. Canciones de Luis Heredia. Arreglos musicales de Luis Miranda. Adaptación de la letra de las canciones, Emilio Carballido. Producción, Teatro Club. Reparto: Rafael Llamas, Luis Heredia, Luis Miranda, Felipe Santander, Azucena Rodríguez, Silvia Suárez, Juan Felipe Preciado, (Teresa Selma) Abraham Stavans, Liza Willert, Luis Torner, Laura Montalvo y Héctor Ramos.

¡Qué satisfacción se experimenta al volver de un viaje en el que se han visto producciones rubricadas por grandes directores de la escena mundial, y comprobar que en México tenemos directores y actores de un mismo nivel artístico del de aquellos que han ganado renombre universal! Viet Rock de Megan Terry, montada por Rafael López Miarnau en el Teatro Orientación es un espectáculo que lejos de preocuparse por localismos –la guerra de Vietnam no es un asunto local norteamericano– se interesa por hacer del teatro una plataforma de solidez artística y de denuncia social. Al espectador no le queda otra cosa que reflexionar, ya que la obra lo enfrenta a un problema de responsabilidad que afecta al mundo entero y que lo obliga a efectuar una toma de conciencia.

“¿A quién beneficia esta guerra?” Pregunta el autor, preguntan el director y los actores, y la pregunta queda en el aire, en un final agobiante que altera los nervios del espectador y que, por otra parte, es uno de los finales (sin final) más corrosivos que haya podido conseguir director alguno; no sólo por su originalidad, sino por su aterrador enfrentamiento a un drama actual de nuestra civilización. El director y los actores consiguen que el espectador se avergüence de su pasividad, de su indiferencia ante el problema. Y todo esto, en medio de canciones, sin recursos escenográficos, ni lujos de producción. Voz y gesto combinados para provocar la reflexión.

Para mí, la toma de conciencia hubo de tener una doble faceta. Vengo de ver teatros pletóricos de público, lo mismo en Europa que en Estados Unidos, teatros donde la gente se agolpa en las taquillas muchos días antes de la función para no quedarse [p. 6] sin localidades. En cambio, en México, espectáculos de la calidad artística de éste tienen que sufrir el desequilibrio económico que ocasiona una sala ocupada por la mitad del público que cabe en ella. Sé que esta falta de interés por los buenos espectáculos depende de muchos factores, pero una parte de responsabilidad nos corresponde a quienes escribimos sobre teatro en uno u otro periódico o revista. ¡Cuántas veces se minimiza la importancia de un espectáculo por una especie de pudor malinchista de parte de los críticos que no se atreven a situar a un director o actor de nuestro medio en un mismo nivel del de los extranjeros! Esto provoca en el público, naturalmente, una desconfianza que a su vez va creando una barrera entre público y realizadores. Sin embargo, nuestros buenos directores, actores o escenógrafos, son tan buenos como los mejores del mundo, tal como nuestros malos directores, actores o escenógrafos son tan malos como los peores de otros países. Es hora de decir que un espectáculo dirigido por Rafael López Miarnau es tan bueno como uno dirigido por Jean Louis Barrault o por Harold Pinter. ¿Por qué elogiar a medias, aunque se piense que alguien merece el elogio? Tenemos que decir lo que valen nuestros artistas. El público debe aprender a respetarlos y a interesarse en sus realizaciones. ¿Hasta cuándo nos vamos a quitar esa andadera que se nos puso de niños y que aun habiendo aprendido a andar seguimos usando por temor a caernos? Es tiempo ya de caminar sin andaderas y sin complejos de inferioridad.

Rafael López Miarnau y su equipo de actores –formado en esta ocasión por Rafael Llamas, Luis Heredia (autor de las canciones), Felipe Santander, Luis Miranda (autor de los arreglos musicales), Juan Felipe Preciado, Liza Willert, Silvia Suárez, Azucena Rodríguez, (Teresa Selma no participó en el espectáculo el día que yo lo vi por haberse roto un brazo en escena unos días antes), Abraham Stavans, Luis Torner, Laura Montalvo y Héctor Ramos–, demuestran una vez más que en México se hace tan buen teatro como en cualquier país del mundo y justo es además de reconocerlo, decírselos. Callarlo es una forma de traición. Repito ahora la palabra que me brotó cuando terminó el espectáculo: ¡Bravo!