FICHA TÉCNICA



Título obra La noche de los asesinos

Autoría José Triana

Dirección Juan José Gurrola

Elenco Roberto Dumont, Beatriz Sheridan, Marta Verduzco

Escenografía José Luis Cuevas

Espacios teatrales Teatro Xola

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. La noche de los asesinos”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 16 julio 1967, p. 4.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

La noche de los asesinos

Mara Reyes

Teatro Xola. Autor, José Triana. Dirección, Juan José Gurrola. Escenografía, José Luis Cuevas. Reparto: (por orden alfabético) Roberto Dumont, Beatriz Sheridan y Marta Verduzco.

Juan José Gurrola da a conocer en esta obra –por primera vez en México– al dramaturgo cubano José Triana, autor de El mayor general, Medea en el espejo, La muerte del Neque, La casa ardiendo, El parque de la fraternidad y La visita del ángel.

Dice Juan José Gurrola en el programa: que su intención al dirigir esta obra “no es solamente presentar una obra latinoamericana importante, sino invitar al público mexicano a recobrar el gusto por la actuación...” enfatizando que La noche de los asesinos le dio “por fin la oportunidad de dirigir una obra sin tener que adornarla y llenarla de efectos que sostengan la atención del público...”.

Efectivamente, en pocas escenificaciones recae sobre los actores, de manera tan definitiva, el peso de la acción. Y de una acción que por ser interna, deja fuera toda posibilidad de adornos. Son Beatriz Sheridan, Roberto Dumont y Marta Verduzco quienes crean su atmósfera, sin bastones, ni apoyaturas ajenas a lo que es intrínsecamente el arte del actor. No se recurre a la música en ningún momento, ni siquiera a un arte tan vecino, como es la pantomima. Es la interrelación de los actores la que trasciende la realidad; es la evocación que los personajes-actores hacen del conflicto, lo que genera el dramatismo y apuntala y da forma al edificio diseñado por el autor y calculado por el director.

José Triana toca tan a fondo, tan en la llaga, la problemática familiar de nuestro tiempo, que el personaje, generado en el corazón de la semilla humana, no puede desvincularse de la condición vital del actor. En esta escenificación es posible observar la fusión de la dinámica vivencial: cuando el personaje se libera de su frontera literaria para cobrar una dimensión humana y cuando el actor se libera de su voluntad humana para cobrar una dimensión de personaje.

Pocas obras consiguen sintetizar en forma tan compacta los problemas que aquejan a una juventud que –como dijera alguna vez Jorge Ayala Blanco– “trata de tomar por asalto el mundo de los adultos”, y que se encuentra con que lo que sus mayores –llámeseles padres, sociedad o poder público– les quieren legar no es, ni puede ser, la verdadera vida. Los personajes creados por el dramaturgo cubano, han visto que el orden preestablecido es falaz, tramposo, han visto que “la silla no es la silla”, “la sala no es la sala”, o sea, que la virtud, no es la virtud, la justicia no es la justicia, la verdad no es la verdad. Sus padres han trastrocado los valores, de lo que resulta que: la virtud es el defecto; la justicia es la injusticia y la verdad es la mentira. Han visto a sus progenitores hablar de amor, mientras se apuñalan con los ojos. Los han contemplado obrar con egoísmo, mientras hablan de sacrificio y proclamar un orden que no siguen.

La nueva generación se ha dado cuenta de que no es suficiente “limpiar” la casa, ni cambiar los objetos de lugar: “hay que tumbar esta casa”, grita Lalo, pues está podrida hasta los cimientos.

Su rebeldía conduce a Lalo a la destrucción, pues no tiene siquiera una posible puerta de escape. Su salida no puede ser la evasión, pues sus padres no le han enseñado a vivir.Vislumbra que hay que intentar una congruencia entre lo que “se dice” [y] lo que “se vive”; intuye que podría pensar, decidir y hacer las cosas por su propia cuenta, y que su razón es tan suya y “tan respetable como la de ellos”, pero no puede luchar porque nadie le ha enseñado cómo hacerlo, al contrario, confundido por tanto engaño está invalidado para hallar la salida del laberinto.

No puede valerse por sí mismo, lo han hecho un ser inútil, que se debate en un juego inútil; lo han esterilizado con un “ahógate, muérete ¿crees que voy a soportar que tú te des el lujo de criticarme, de juzgarme? ¿no te das cuenta de lo que eres?”

Cuando Lalo se enfrenta a la justicia (uno de los inventos de que más se enorgullece la Humanidad), ¿qué encuentra? Que la justicia se ha convertido en una rutina infamante, que juzga el “cómo” del hecho, pero nunca el “por qué”. Y cuando responde “los maté porque quería vivir”, la justicia se desconcierta, ella preguntaba “cómo los mató” y solamente eso, y no puede comprender que “la casa entera, todo, todo” le exigía ese acto heroico.

La nueva generación busca la salvación, pero ni siquiera sabe de qué tiene que salvarse. “Si el amor pudiera...” –balbucea Lalo– pero desconoce lo que es el amor, nunca lo vio en sus padres. Sabe que hay que arriesgarlo todo por la salvación, pero no sabe tampoco qué es lo que hay que arriesgar. “Nunca te decides a fondo –reclama Lalo a Cuca. Siempre hay que jugársela. No importa ganar o perder, pero tú quieres ir a lo seguro, el camino más fácil. Y ahí está el peligro. Porque en ese estira y encoge, te quedas en el aire sin saber qué hacer, sin saber lo que eres y lo que es peor, sin saber lo que quieres… ¿qué importa esta casa, qué importan estos muebles, si nosotros no somos nada?” No quiere que sus padres lo “quieran” de la manera que lo hacen, pero ignora de qué manera deberían quererlo. Ha vivido incrustado en el juego de apariencias de los padres, ha sido testigo de su eterna competencia por reproducir mejor la imagen de víctima, su odio mal disimulado. Los hijos saben que cada miembro de la familia obra como verdugo de los demás y en un aullido se preguntan “¿Existe acaso la piedad?”. Por más que tratan de justificar la conducta de los padres, no pueden evitar la acusación. Y así, Roberto Dumont, Beatriz Sheridan y Marta Verduzco, se yerguen –con palabras sangrantes de José Triana– tan pronto acusadores, como acusados; tan pronto victimarios, como víctimas, en un mundo que ha perdido la noción de su trayectoria.

Juan José Gurrola tuvo aciertos tan fantásticos, como el de hacer de un coche la cueva regresiva donde los personajes se esconden cuando la tensión los obliga a buscar un refugio. ¡Símbolo perfecto del moderno vientre materno, que devuelve a los hombre la seguridad perdida!

Milagro teatral en el que todo converge: obra, dirección, escenografía –por cierto magnifico debut de José Luis Cuevas como escenógrafo– y la actuación de Marta Verduzco, Beatriz Sheridan y Roberto Dumont, tres magnos intérpretes de quienes no se puede hablar por separado, pues forman una trinidad indisoluble. Ojalá también el público se acerque a formar parte de esa convergencia.