FICHA TÉCNICA



Título obra Punto H

Autoría Yves Jamiaque

Notas de autoría Augusto Benedico / traducción

Dirección Dagoberto Guillaumin

Elenco Carlos Ancira, Virginia Manzano, Rafael Llamas, Teresa Selma

Escenografía Julio Prieto

Grupos y compañías Teatro Club

Notas de grupos y compañías Rafael López Miarnau, Emma Teresa Armendáriz / fundadores

Espacios teatrales Teatro Orientación

Productores Teatro Club

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. Punto H”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 11 junio 1967, p. 5.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

Punto H

Mara Reyes

Teatro Orientación. Autor, Yves Jamiaque. Traducción, Augusto Benedico. Escenografía, Julio Prieto. Producción, Teatro Club, Reparto: Carlos Ancira, Virginia Manzano, Rafael Llamas y Teresa Selma.

El Teatro Club en combinación con la Secretaría de Educación Pública y la Unidad Artística y Cultural del Bosque, presenta ahora Punto H de Yves Jamiaque, obra que toca uno de los temas más candentes de nuestro tiempo: la confianza en el hombre y por extensión, el de la imposibilidad de que la humanidad detenga su equívoca trayectoria que lo conduce hacia su autodestrucción, debido a su incapacidad de confiar en los demás hombres, y más trágico aún, a la imposibilidad que el hombre tiene de confiar en sí mismo, como individuo, pues ignora el papel que los demás hombres lo están haciendo jugar.

Jamiaque, al tocar el tema de la confianza, la analiza; la disecciona como un científico y denuncia cómo “el hombre ha quedado reducido a un minúsculo punto “H” situado entre los intrincados datos de un problema inhumano”, ese problema inhumano es no sólo la guerra, en la que “las tretas más innobles son las más admirables” –como expresa uno de los personajes– sino la clase de guerra que el hombre ha inventado: una guerra capaz de hacer volar al planeta entero.

La anécdota está conectada en cierta forma con la de otra obra en cartel: Proceso Oppenheimer, que si bien plantea el terror del científico ante su responsabilidad por la creación de la bomba atómica, tal terror aparece a posteriori, cuando ya ha sido lanzada la bomba contra Japón –y no sobre objetivos militares, sino sobre ciudades. En cambio Punto H plantea el problema de la responsabilidad a priori, o sea, antes de fabricar la bomba, lo que es más dramático porque evidencia cómo a pesar de los intentos de los hombres de ciencia alemanes (que trataron de establecer un acuerdo con los sabios norteamericanos para poner alto a los trabajos encaminados a la fabricación de la bomba –en ambos países–) y a pesar de los intentos de los científicos norteamericanos en el mismo sentido, no pudo evitarse la catástrofe de Hiroshima y Nagasaki.

No valió la buena voluntad del intermediario, que era nada menos que Niels Bohr (Premio Nobel), quien previno al presidente Roosevelt de los peligros que entrañaba la fabricación de la bomba y quien a pesar de ser un pacifista supo exaltar el entusiasmo de Oppenheimer cuando en una conferencia, en 1939, explicó que la fisión del uranio era factible y que una importante liberación de energía la acompañaría al desatarse la reacción en cadena. No valió tampoco la palabra de Einstein, que en una histórica carta, escribió: “...el problema real está en las mentes y los corazones de los hombres. No cambiaremos los corazones de los otros hombres por medio de mecanismos sino cambiando nuestros corazones y hablando con valor. Debemos ser generosos brindando al mundo el conocimiento que tenemos acerca de las fuerzas de la naturaleza, después de establecer resguardos contra el abuso. No debemos tener meramente la disposición, sino el afán activo de someternos a una autoridad valedera, para todos, necesaria para la seguridad mundial. Debemos comprender que no podemos planear simultáneamente para la paz y para la guerra. Cuando tengamos claridad en el corazón y en la mente, sólo entonces, hallaremos el coraje necesario para remontar el miedo que acosa al mundo”.

Esta obra se estrena en México en un momento en que el nacimiento de un nuevo foco bélico consterna al mundo y en el que la alta responsabilidad que recayó sobre los hombros de Bohr, de Oppenheimer y de todos los atomistas que trabajaron en la invención del arma fratricida vuelve a plantearse aunque bien a bien, nunca ha dejado de estar planteada, desde el día que Bohr tuvo que tomar la decisión de que los científicos norteamericanos siguieran adelante en sus trabajos, pues desde que la segunda guerra mundial terminó, se inició la era del terror, en la que el equilibrio de fuerzas en la carrera de armamentos, ha impedido, como ha dicho Haro Tecglen “no solamente una guerra resolutiva de las contradicciones del mundo, sino también el establecimiento de una paz resolutiva".

Obras como ésta, que despiertan la responsabilidad de la Humanidad, que va fraguándose sola su propio destino, y que tratan de volver los ojos a los valores que hemos arrasado de una manera indigna y vergonzosa, son una luz efímera en la senda que el hombre recorre entre tinieblas.

Estéticamente, la obra está delineada con una estructura recia, pesada como una catedral e igualmente solemne. El tema no acepta ligerezas. El director, Dagoberto Guillaumin, sustenta cada situación en un juego dramático que da trascendencia a las palabras. La acción avanza con lentitud, como un hombre que caminara hacia el infierno. No cabe la precipitación alocada, la transición irreflexiva, es por eso que cada momento, cada paso se medita, se sopesa, hasta llegar a la trágica decisión con toda la responsabilidad a cuestas. Este es uno de !os máximos aciertos de la dirección escénica: el haber sabido sacrificar todo oropel en aras de la verdad dramática.

Y Ancira, y Virginia Manzano, y Rafael Llamas, son en la obra tres personajes que hablan con voz propia. Cualquier elogio está limitado por las palabras, y sólo verlos en escena puede dar una idea de lo que significa su trabajo. Teresa Selma completa el reparto y sólo le falta ascender un escalón para situarse al nivel de sinceridad y verdad en el que están sus compañeros.

Digna de admiración es la escenografía que diseñó Julio Prieto y pulcra la traducción de Augusto Benedico.

Un aplauso para todos los que participan en la obra, así como para Rafael L. Miarnau y Emma Teresa Armendáriz, fundadores del Teatro Club, por dar a conocer, en esta excelente escenificación, una obra trascendental de nuestros días.