FICHA TÉCNICA



Título obra Proceso Oppenheimer

Autoría Heinar Kipphardt

Notas de autoría María Dolores de la Peña / traducción

Dirección Xavier Rojas

Elenco Carlos Monden, Daniel Villarán, Jorge I. Rado, Eduardo MacGregor, Jesús Colín, Eduardo Borja, Ángel Merino, Víctor Eberg, Jorge Ponce de León, Salvador Machado, José Luis Carol, Felipe Armas

Escenografía Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro El Granero

Notas Daniel Villarán puede ser Daniel Villagrán

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. Proceso Oppenheimer”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 7 mayo 1967, pp. 4 y 5.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO 2

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Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

Proceso Oppenheimer

Mara Reyes

Teatro del Granero. Autor, Heinar Kipphardt. Traducción, María Dolores de la Peña. Dirección, Xavier Rojas. Escenografía, Julio Prieto. Reparto: Carlos Monden, Daniel Villarán, Jorge Rado, Eduardo MacGregor, Jesús Colín, Eduardo Borja, Ángel Merino, Víctor Eberg, Jorge Ponce de León, Salvador Machado, José Luis Carol y Felipe Armas.

Ante todo hay que felicitar a Xavier Rojas por la elección de esta obra del escritor alemán Heinar Kipphardt que enfrenta al espectador con una verdad trágica de nuestro siglo. Ojalá después, como parte del ciclo Oppenheimer, diera a conocer en México la obra de Alfred Fabre-Luce, en la que se encuadra el problema de “la bomba”.

El proceso a Oppenheimer –del que se ha dicho que fue como un proceso a la ciencia– es encarnado por Heinar Kipphardt como una protesta ante el poder de las grandes naciones que destruyen al hombre que se niega a destruir a “los hombres” echando mano de cualquier medio, para denigrarlo y para anular en él –el hombre de ciencia en este caso– su condición humana, ya que se le prohíbe pensar, sentir remordimientos –por un descubrimiento que en el terreno de la investigación era apasionante, y en el de la práctica, de nefastas consecuencias– se le prohíbe a este hombre el albedrío y también, por qué no decirlo, la decisión suprema de “no descubrir” lo que sabe puede ser la destrucción de la humanidad. El poder engaña a quienes le sirven, pero no perdona titubeos en la obediencia.

Cuando sabemos que el creador de la bomba atómica, ha dicho que “la condición primera de la dignidad del hombre y sólo esta condición, es que todos nosotros nos amemos”, no podemos menos que percatarnos de que es sintomático el hecho de que la bomba atómica haya surgido –en idea y en realización (Einstein y Oppenheimer)– de dos hombres eminentemente pacifistas. Y digo sintomático, porque ello expresa que el cáncer de nuestra época ha afectado a todo el organismo, es decir, a los tejidos más vivos y sanos, los que a pesar de su deseo de vida han sido contaminados por el cáncer belicista. La tragedia, en su sentido aristotélico, surge para Oppenheimer en el momento en que la maquinaria macartista lo enfrenta a su propio destino humano, pisotéandole sus principios, impidiéndole su libertad de pensamiento y obra, negándole toda posibilidad de tener vida privada, y condenándolo a la ignominia, después de haber aprovechado de sus facultades, como al bagazo que se deshecha después de habérsele extraído el jugo.

La obra, respetuosa de los documentos del proceso, está espléndidamente escrita por el autor y fue llevada a la escena por Xavier Rojas con una propiedad digna de reconocimiento. Si antes Rojas echaba mano de grandes efectos, ahora me parece apreciar en él una madurez que se refleja en su sobriedad para seleccionar sus elementos. No trata de “epatar”, sino de profundizar en las situaciones para proyectar toda la dinámica del dramatismo. ¡Bravo de nuevo a Xavier Rojas!

Carlos Monden interpreta de manera excelente a Robert Oppenheimer. Es inútil entrar en detalles, pues todos sus gestos, sus reacciones, la intención de sus palabras describen una trayectoria nítida que va desde su centro emocional, hasta el centro emocional del espectador. El otro personaje en la balanza estructural de la obra, viene a ser el de Roger Robb, desempeñado por Jesús Colín, quien a pesar de sus esfuerzos se advierte que el papel le queda todavía un poco grande, no por falta de aptitudes, sino por ciertas deficiencias técnicas, como la indebida acentuación de las frases e inclusive de las palabras. Valgan a modo de ejemplo las siguientes. Dice:

"sea INcompatible"- en lugar de "incompaTIble".
"Admitir esta POsibilidad" [p. 5] en lugar de “posibiliDAD”.
“SU CUestionario de seguridad” - en lugar de “su cuestionario”.
“¿Cuál era entonces SU profesión?" - en lugar de “¿Cuál era entonces suprofeSIÓN”

Errores de esta índole, aunque en mucha menor cantidad, pude apreciar en Víctor Eberg (“CONtraespionaje” en lugar de “contraespioNAje”), también en Eduardo MacGregor (“Jefe DE seguridad”, - en lugar de “jefe deseguriDAD”) y en Ángel Merino (“ABsolutamente”, - en lugar del doble acento: "absoLUtaMENte").

Daniel Villarán, en el papel más amable de la obra, obtiene un triunfo decisivo, es el personaje que rompe la aridez y que sirve para que el público tome un respiro; así lo entendió Rojas y así lo entendió Villarán, quien, sin llegar nunca a la exageración de los rasgos, rompe la atmósfera de tensión y recoge la gratitud del espectador.

En una interpretación que es ejemplo de sobriedad y eficacia, Jorge Rado penetra en la personalidad de Edward Teller –fanático belicista. Muy bien también Eduardo MacGregor y Eduardo Borja. José Luis Carol tuvo en contra suya un maquillaje inadecuado, pues se contrapone con la forma realista de presentar al resto de los actores, siendo Carol el único en el que el maquillaje es ostensible. Quizá en otro teatro más grande, el mismo maquillaje habría sido eficaz, no así en el teatro del Granero con sus escasas cuatro filas de butacas.

En cuanto a la traducción de María Dolores de la Peña, se advierten fácilmente las dificultades a las que debió enfrentarse para trasladar muchos de los pasajes técnicos, y salvo dos o tres objeciones –como la de usar “lapso de tiempo” o la de no hacer la traducción de “New York”– puede decirse que supo resolver los problemas que le planteaba el texto, con sumo acierto.