FICHA TÉCNICA



Título obra Pedro y el capitán

Autoría Mario Benedetti

Dirección Carlos de Pedro

Elenco Selma Beraud, Susana Robles

Espacios teatrales Teatro Ibsen

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Pedro y el capitán con dos actrices” en El Día, 8 abril 1987, p. 19




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Pedro y el capitán con dos actrices

Malkah Rabell

Después de que hace unos años la compañía uruguaya el Galpón –durante su permanencia en nuestro país– estrenó el drama en dos actos de Mario Benedetti: Pedro y el Capitán, ésta adquirió tal popularidad que todo joven actor en busca de alguna pieza sin excesivas dificultades de montaje, recurría a este tremendo drama de dos personajes. Actualmente la misma pieza se presenta en dos diversos escenarios, en la Casa de Cultura La Pirámide y en un nuevo foro: el teatro Ibsen, una simpática casa particular que poco a poco logra crear los elementos necesarios para espectáculos dramáticos y hasta para un club cultural. En este nuevo teatro, también el montaje de Pedro y el Capitán buscó un nuevo cariz. En la presente puesta en escena, debida a la dirección de Carlos de Pedro, son dos mujeres, dos jóvenes actrices, Susana Robles y Selma Beraud que interpretan a los dos personajes: el preso torturado, Pedro, y al torturador, el capitán de la policía uruguaya en época de la dictadura militar. Aunque esa policía podría también serlo de muchos otros países.

Por lo general, en esa clase de temas, el autor se preocupa mayormente del torturado, de la psicología de la víctima. En el caso de Pedro y el Capitán, Mario Benedetti trata de penetrar en los pensamientos y sentimientos del torturador. Aun cuando el capitán representa al personaje que las policías del mundo entero usan como al "bueno", él que ofrece al destrozado preso el cigarrillo o el vaso de agua, y así logra sonsacar a la víctima con más facilidad las confidencias y hasta la traición. En el presente caso Pedro no traiciona nunca, en ningun momento pierde su fuerza moral, su fuerza de voluntad, en ningun momento llega a la debilidad. Casi podría decirse que es el Capitán quien traiciona su oficio. El capitán, cuyo nombre ignora tanto Pedro como el público, da la impresión que, consciente o inconscientemente se avergüenza de su papel de victimario, y que en esa sombra que envuelve su vida particular, existe una familia, una esposa con hijos ante quienes ese policía trata de esconder su verdadera personalidad. Y hasta podríamos decir, o pensar, que ese hombre deshumanizado, no se considera a sí mismo como a un torturador, sino que se convence que trata de ayudar al preso.

Mas, el espectador puede a su vez dudar si en semejante situación de torturado frente al torturador resulta posible que este último llegue a humillarse ante el primero. Dudamos si el victimario en su posición de amo puede llegar a suplicar humildemente a su víctima a que denuncie aunque fuese a uno solo de sus compañeros de lucha. Y cuanto más ve que la fuerza bruta no tiene poder sobre Pedro, tanto más humilde se vuelve. Dudamos que los papeles de esos dos personajes pueden cambiarse hasta tal punto de que el capitán le hable de Ud. a su víctima y éste le responda tuteándolo.

En cuanto al cambio de sexo de los protagonistas, al cabo de los primeros diez minutos, nos olvidamos si en realidad los intérpretes son hombres o mujeres. El terriblemente doloroso problema va más allá de sexos, más allá de femenino o masculino de los personajes. En sus papeles de martirizado y martirizador, las dos jóvenes actrices, Selma Beraud como el primero, y Susana Robles como el segundo, han sido estupenda de sinceridad, de dolorosa verdad. El sexo se perdía, se olvidaba, y aunque Susana Robles llevaba aretes llamativos, como si quisiera demostrar cuan poca importancia le daba al sexo, y aunque Selma Beraud llevaba el cabello largo y su diminuta figura no perdía nada de su femeneidad, el auditorio se olvidaba por completo de la femenidad de una y de otra. Ambas eran solamente Pedro y el Capitán.

En esta sencilla habitación del teatro Ibsen donde nada separaba al espectador del intérprete, el dolor humano se hacía más intenso, más agudo, más horrible la destrucción del ser humano. Y el espectador permanecía como incapacitado de moverse, como paralizado, con dificultad de abandonar el asiento, vacío el pensamiento y desgarrado el corazón. Y nos quedaba un solo deseo: que nunca más sucedieran tales horrores en lo que llamamos nuestra civilización del siglo XX.