FICHA TÉCNICA



Título obra ¿Huele... a gas?

Autoría Tomás Urtusástegui

Dirección Enrique Pineda

Elenco Elsie Lorenzana, José Fernández, Lida Jiménez, Isaac Salazar, Nelly Dorantes, José Lorenzano, José Avilés

Notas de elenco NULL

Escenografía Rafael Sánchez, Iván Dorado

Espacios teatrales Foro Shakespeare

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. ¿Huele... a gas?, de Tomás Urtusástegui” en El Día, 9 febrero 1987, p. 19




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

¿Huele... a gas?, de Tomás Urtusástegui

Malkah Rabell

La farsa permite, admite y hasta exige toda clase de exageraciones en el terreno de la comicidad tosca y basta, en el terreno del mal hablar y del mal hacer. Pero no todos los públicos tienen el ánimo dispuesto para digerirlo. Aunque la farsa ha sido definida como "una pura secuencia matemática de la risa" (Edward Wright) no a todos les hace gracia las estrambóticas groserías. En el programa de mano para la farsa de Tomás urtusástegui: ¿Huele...a gas? se asegura: "...es una farsa llena de humor caústico que seguramente molestará a toda persona que se ponga el saco y que entusiasmará a las restantes". Creo que también muchos espectadores serán imposibilitados de ponerse el saco por, simplemente, no pertenecer a la clase social que pinta la obra y que en la introducción del programa a mano se denuncia como: "un grupo social poderoso". Por lo tanto, sin temor a ponerme el saco, trataré de decir lo que pienso.

He visto ¿Huele a gas? en su primera puesta en escena por un director cuyo nombre no recuerdo. Ya entonces la obra me pareció exagerada y carente de un verdadero caudal de risa. Mi personal sentido del humor chocaba irremediablemente contra esa risa que puede llamarse cruel por tomar como objeto de risa un mal muy humano e imposibilitado de ser controlado por quien lo padezca. Ese se explica en el autor por su profesión de médico que ha perdido todos los prejuicios ante los males de sus pacientes, y ha llegado a reírse de todo. Ante la presente puesta en escena realizada por un joven director, Enrique Pineda, sólo puedo decir que el anterior montaje era un juego de niños, de angelitos color de rosa. Por cierto admiro la imaginación de Pineda, una imaginación desatada; admiro la habilidad de ese joven director para transformar en una farsa real a esa comedia más bien melancólica, que en su original no hacía excesiva gracia. Creo que el autor, el Dr. Tomás Urtusástegui, no se preocupó mayormente por la risa, sino por la crítica. Desde luego cuando un comediógrafo pone en ridículo a sus protagonistas, es en busca de la risa. Sobre todo cuando sus protagonistas no son lastimeros ni dignos de piedad. Son personajes completamente repugnantes, tal como los dejó el director. Creo que la falla de la dirección reside en haberlos transformado, con sus exageraciones en completamente desa[grada]bles... [corrección de la autora en manuscrito en el original. N. del E.] O tal vez sea ello su verdadera virtud. La repelencia es difícil de aguantar, pero también es difícil, extremadamente difícil de olvidar.

El director tuvo bajo su batuta a siete jóvenes actores que extremaron su actuación hasta las últimas consecuencias. No se puede mencionar a nadie en especial, porque fue un juego de equipo en el cual Elsie Lorenzana, José Fernández, Lida Jiménez, Isaac Salazar, Nelly Dorantes, José Lorenzano y José Avilés, han aportado iguales medios de interpretación. Fueron tan exagerados como toda la puesta en escena, y llegaron a imponer a sus personajes rasgos de caricaturas. El único personaje simpático, el mesero, no tenía parlamentos que manejar y se contentaba en imponer a su fisonomía toda clase de expresiones, de sentimientos: extrañeza, sorpresa o repelencia. José Avilés, es un joven actor que creo sería un día no leiano un muy buen actor de la pantalla, por su rostro tan expresivo.

Mucho tenía que ver en esta puesta en escena, la escenografía, debida a Rafael Sánchez e Iván Dorado, así como, probablemente, no poco a los consejos y sugerencias del director. La escenografía daba su verdadera medida a la pieza. Desde que Tadeusz Kantor trajo hace unos años su Clase muerta en la cual el excusado ocupaba un lugar preponderante, los jóvenes directores andan en busca de una posibilidad de imponer un retrete en un sitio de privilegio. En ese Huele a gas, se trata de seis o siete retretes que imponen su sociología y su psicología a los personajes y a la acción.

En esta cena de tres matrimonios de clase pudiente, las sillas son reemplazadas por retretes. que ya por su sola presencia imponen al público la imagen subjetiva de los protagonistas. Todo ello impone unidad a este espectáculo que en el teatro Foro Shakespeare hace carcajear una gran parte del público durante más de dos horas de representación.