FICHA TÉCNICA



Título obra I Poli

Autoría Loula Anagnostake

Notas de autoría Selma Ancira / traducción

Dirección Alejandra Gutiérrez

Elenco Néstor Galván, Luisa Huertas, Antonio Argudín

Notas de elenco NULL

Grupos y compañías Compañía Shakespeare

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. I Poli, obra griega contemporánea” en El Día, 4 febrero 1987, p. 17




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

I Poli, obra griega contemporánea

Malkah Rabell

El país que ha abierto las puertas del teatro occidental para el mundo antiguo, en cuya tierra se fincan las raíces del teatro clásico, Grecia, la Grecia contemporánea permanece casi –o sin casi– desconocida como creadora del arte dramático moderno. En México, y según parece en todo el mundo de habla castellana, no hemos tenido la oportunidad de ver obra alguna de la moderna dramaturgia griega. Los directores de escena y productores más enamorados del teatro clásico griego, nunca pensaron en buscar en la nueva dramaturgia del mismo país un nuevo caudal para su repertorio. Y he aquí que una joven traductora mexicana, Selma Ancira, da el primer paso en esta área, y nos trae una extraña pieza igualmente de una mujer: Loula Anagnostake, que pese a su origen griego es tan universal que podría suceder en cualquier rincón del mundo. Tan universal como lonesco llamaba a sus propias obras. Es decir, una pieza moderna que podría considerarse clásica puesto que trae al escenario el drama eterno del ser humano: el drama de la soledad.

La autora llama a su criatura: I Poli, es decir, El pueblo o La aldea. Pero podría llamarse simplemente: El hombre El hombre solitario, que ya no sabe que inventar para llamar la atención y despertar la simpatía o la lástima de sus, congéneres y disipar en su torno esa terrible neblina que lo aleja de los demás seres humanos, como si fuera ciego. ¿Kimon es realmente ciego, o se inventa tal estado? ¿Su esposa, o su amante, Elizabeth, es realmente oriunda de aquel pueblo, o le es completamente ajeno? Cuando la obra finaliza, aún ignoremos quién es quién. Y tal vez ellos mismos, los protagonistas, lo ignoran. ¿Kimon, Elizabeth y ese anónimo fotógrafo, saben acaso qué es verdad y qué es mentira?. Hace dos décadas esta obra, este I Poli hubiera pertenecido al movimiento llamado de la vanguardia. Hoy es una obra clásica, ya que analiza y trae a escena verdades eternas, las que no envejecen ni pasan de moda: la soledad. ¿Quién miente y quién dice la verdad en ese trío?

¿Y cuál de esas verdades conserva la mayor fuerza humana?

No sé en qué época fue escrita esta extraña pieza griega. Más, sea cual fuera esta época, se nos hace tan nueva, tan real y contemporánea que la creemos escrita en nuestros días, aunque, tiene mucho de Ionesco, de Arrabal, de Pinter, y de toda esa pléyade de escritores que hace 20 años dominaban el escenario bajo el nombre colectivo de vanguardia, de antiteatro, de teatro nuevo, de Teatro del Absurdo, o del teatro de la crueldad. Y cuanta crueldad contiene esa corta obra, o que por lo menos se nos hace corta, muy breve. Ya que la hemos escuchado con la respiración entrecortada, y cuando la última luz se apaga en el escenario, miramos en nuestro derredor, y con un suspiro preguntamos, a nadie, a nosotros mismos: ¿Ya?...

Los tres jóvenes actores que la interpretan en el escenario de la Compañía Shakespeare: Néstor Galván, Luisa Huertas y Antonio Argudín, son excelentes. Bajo la dirección de Alejandra Gutiérrez –la misma que nos entusiasmó hace unos dos años, con su puesta en escena de Fotografía en la playa de Emilio Carballido–, cada uno de ellos ha dado lo mejor de si mismo. Sobre todo Luisa Huertas, la única de los tres actores del reparto que ya tiene nombre y domina el escenario, ha creado una perfecta imagen de su personaje, de esa mujer mitómana. Con su voz clara, su dicción perfecta y su figura acostumbrada a la técnica corporal, nos mantuvo en suspenso. Igualmente Néstor Galván logra subrayar cada una de las facetas de Kimón, el marido, o el amante, con su misterio. A su vez, Antonio Argudín dio a su papel de fotógrafo un tono de carácter, de hombre de mediana edad, un carácter bien realizado.

En cuanto a la directora, Alejandra Gutiérrez, impuso un ritmo como onírico a la acción que nadie puede explicar, y que no necesita explicaciones. Una acción que nos atraía, que nos mantenía en suspenso y nos inspiraba su misterio.