FICHA TÉCNICA



Notas Balance anual del teatro en México en 1966, última parte

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. Balance de 1966”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 8 enero 1967, p. 4.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

Balance de 1966
Última parte

Mara Reyes

Teatro extranjero

La gran mayoría del teatro representado en México, en todos los niveles –experimental, comercial, escolar– sigue siendo de autores extranjeros. Las mejores obras contemporáneas, del repertorio de otros países, fueron en mi opinión, Escuela de bufones de Ghelderode, donde a las excelencias de la obra se aunó una puesta en escena que es de las mejores –y ya es mucho decir– de Alexandro Jodorowsky.

Además de esta obra, se pusieron espléndidamente otras en la Casa de la Paz, como El ensueño de Strindberg, y en otros teatros. Puede decirse que este año figuraron en nuestros escenarios los grandes exponentes del teatro de distintas regiones, épocas y estilos, desde el clasicismo griego, español, francés e inglés, hasta el vanguardismo inglés, francés y alemán, con obras como Las aves de Aristófanes, La gatomaquia, de Lope de Vega, Un fénix demasiado frecuente, de Christopher Fry, El señor Puntilla y su sirviente Matti, de Bertolt Brecht, ¿Quién le teme a Virginia Woolf? de Edward Albee y Las sillas de Ionesco –todas en el Teatro Jiménez Rueda–; Los bajos fondos, de Gorki, Lorenzaccio, de Alfred de Musset –en el Teatro Comonfort–; La calle sin puertas de Wolfgang Borchert, dirigida por un alumno de la Escuela de Arte Teatral del INBA: Mauro Dau. Esto en lo que se refiere a temporadas patrocinadas.

Teatro comercial

Dentro de los locales comerciales, también hubo de todo, además de los consabidos vodeviles del Teatro Arlequín –como La pícara Cocó y ¿Cuándo se casa usted con mi mujer?–, en el Teatro del Músico –Cita de amor– o en el Teatro Principal –La pequeña choza–; se representaron comedias ligeras como La pareja dispareja en el Teatro Manolo Fábregas; comedias policíacas, como Testigo hostil –en el mismo teatro– o Cuando oscurezca en el Teatro de los Insurgentes; melodramas, como Alcoba nupcial y otras que absorbieron a actores de la calidad de José Gálvez y Aarón Hernán.

Pero además, hubo otros montajes más ambiciosos, como los de: Acuérdate del ángel, de Thomas Wolfe, dirigido por Fernando Wagner; Nueve para Hamlet –paráfrasis de la obra de Shakespeare, dirigida por S. Surió– El Diablo y el buen Dios–, [sic] ambas en el Teatro Xola. Puñalada por la espalda de Clifford Odets, dirigida por Retes.

Lo mejor del año

En mi opinión, la justicia es tan imposible como la ubicuidad y equivale a ella, pues habría que situarse en todos los ángulos al mismo tiempo, para poder ver un prisma por todos sus lados a la vez, sólo de esa manera podría tenerse una visión total, y aun así, se está a merced de la luz, cuya intensidad puede distorsionar nuestra visión y a merced de tantos otros factores, por ello, al hablar de “lo mejor del año”, me atengo a mi propio gusto, no por razones de justicia, sino de personal opinión.

De los directores de escena

Al juzgar el trabajo de un director de escena, no se ven únicamente sus propias dotes imaginativas o sus conocimientos técnicos sobre la materia, sino el resultado obtenido de todos los elementos en juego. En mi opinión, fueron dos los directores –y equipos por ende– que se llevaron la palma este año: Héctor Mendoza, por Don Gil de las calzas verdes y Alexandro Jodorowsky (ya parece rutinario decir lo mismo de él cada año) por Escuela de bufones y El ensueño. Cada uno de estos directores, poniendo en juego un estilo personal y explotando ambos vetas diferentes pero igualmente ricas, consiguieron representaciones paradigmáticas de nuestro movimiento teatral.

Además de estos directores, destacaron Rubén Broido (La colección); (¡Libertad... Libertad!); Ludwik Margules (La trágica historia del doctor Fausto); Carlos Barreto (El amante); Juan José Gurrola (El teléfono y Emilio y Emilia, aunque éstas fueron óperas de cámara y no obras de teatro) y aquí trunco la lista pues.

De las actrices

Es generalmente cuando se liquida un año y sobreviene el momento del “balance” cuando se da uno cuenta de la gran cantidad de actrices –y actores– excelentes con que cuenta nuestro teatro, es como escoger entre cien gotas de agua, la más transparente, todo depende del momento en que se vean. Todo depende también de la obra en la que aparezcan, pues unas obras se prestan más que otras para el despliegue de la capacidad histriónica. Pero tratando de llegar a una conclusión, me parece a mí que María Teresa Rivas obtuvo los mayores galardones con El ensueño, además de muchísimas otras que realizaron excelentes interpretaciones.

De los actores

Lo mismo que de las actrices podría decirse de los actores, es difícil la decisión, pero después de mucho barajar nombres, quedan sobre la mesa los mismos que han destacado otros años: Carlos Ancira, por El ensueño (sin contar desde luego, las reposiciones de obras estrenadas en años anteriores, como El diario de un loco) y Guillermo Zetina, por Escuela de bufones, obra en la cual sobresalieron Sergio Ramos y Farnesio de Bernal).

De los escenógrafos

Fascinante verdaderamente fue la escenografía de Arnold Belkin, en Don Gil de las calzas verdes, así como la de Alejandro Luna en La trágica historia del Doctor Fausto, ambas obras realizadas dentro del mismo local del Frontón Cerrado de la Ciudad Universitaria.

Revelaciones

Entre los directores, fueron una revelación, Ignacio Sotelo –por Tripas de oro– y Roberto Dumont por su puesta en escena de dos obras de Teatro Noh japonés.

Entre las actrices, lo fueron, Marta Navarro, al interpretar el Don Gil de la obra de Tirso de Molina, y Lilia Aragón, en su personificación de Frumencia de Tripas de oro, de Crommelynk.

Entre los actores, Mario Casillas, por sus interpretaciones en El tejedor de milagros, en Yo también hablo de la rosa y en La colección. También Sergio Kleiner, en Viento en las ramas del Sasafrás y Joaquín Lanz, en Don Gil de las calzas verdes, Cuestión de narices y El principito.