FICHA TÉCNICA



Notas Balance anual del teatro en México en 1966, segunda parte

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. Balance de 1966”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 24 diciembre 1966, pp. 4 y 6.




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Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

Balance de 1966

Mara Reyes

Teatro mexicano

A pesar del denodado esfuerzo del INBA, por llevar a escena teatro mexicano, casi todo lo representado fue reposición y el número de estrenos de obras de nuestros autores fue tan reducido como en años anteriores: Un joven drama, de Fernando Sánchez Mayans; Yo también hablo de la rosa, de Carballido (ambas puestas en escena en el teatro Jiménez Rueda); El tejedor de milagros, de Hugo Argüelles; Ante varias esfinges, de Ibargüengoitia; Punchómeto de José Estrada; ¿Quiere usted comprar un pueblo?, de Andrés Lizárraga (las tres en el teatro Comonfort); Cuestión de narices, de Maruxa Vilalta, (en el teatro Del Granero); ¡Silencio! Locos trabajando (o ¡Silencio hospital!), de Héctor Ortega, (teatro Virginia Fábregas) y muy probablemente algunas otras que no recuerdo o que no vi, pero con seguridad, no muchas más.

De esas obras, cinco pertenecen a autores conocidos, y dos a autores primerizos, pues si bien a Héctor Ortega se le conocía ampliamente como actor, como autor fue su debut (ganando con su obra el premio del Festival de Verano del INBA). De esos autores conocidos, es curioso comprobar que sólo Hugo Argüelles se mantiene en el ámbito del teatro realista que los cinco han cautivado [sic]. E incluso, en Argüelles, su realismo trasciende el mero dibujo de caracteres locales, para abordar el problema del fanatismo en ciertos estratos sociales distorsionando en cierta forma ese “realismo”. El teatro de estos autores trata de configurar un cuadro de nuestra realidad social y vital, unos por medio de la farsa (Maruxa y Argüelles); otros por medio de recursos simbolistas (Ibargüengoitia y Carballido); otro, por medio de la ridiculización y la caricatura, aunque con distintos recursos técnicos de los de la farsa (Héctor Ortega).

Este alejamiento del realismo, corresponde en cierta medida a la rebelión de fondo y forma, de los pintores contra la escuela mexicana de pintura, y de los nuevos compositores, contra el “nacionalismo” musical. Y esto no es coincidencia, es fruto consecuente de una necesidad común de buscar la expresión que sintetice (valga lo traído y llevado de la frase) nuestro momento histórico.

Ha pasado la época de las “tías y beatas” en nuestro teatro, no porque ya no existan en nuestro medio tales tías y tales beatas, sino porque otros problemas más urgentes reclaman la atención de los dramaturgos, problemas que no pueden ser tratados en la forma, hasta cierto punto simplista, del realismo, pues sus implicaciones afectan a otra realidad que no es la puramente aparente.

Ahora bien, surge la pregunta crítica: ¿este teatro, bueno o malo, pero de búsqueda sincera, ha tenido una respuesta de apoyo entre el público masivo de México? Para responder a esto habría que deslindar “las masas”, que por fácil deducción no pueden englobarse dentro de una misma entidad sociológica, y encontraríamos que el primer problema que se plantea es el de que la respuesta difiere, “según el sillón del local donde se sienten”. Si en un local “destinado” a la burguesía se monta una obra de tipo popular, el resultado es negativo. Si en un local frecuentado por estudiantes, se escenifica una destinada a la burguesía frívola, el resultado también es negativo. Así pues, es difícil aquilatar las respuestas de los públicos. Pero puede decirse que quienes más han apoyado, por ejemplo, las representaciones del Teatro Jiménez Rueda, han sido los conglomerados[de] estudiantes, así como en el Teatro Virginia Fábregas, un público ecléctico –parte popular, parte estudiantil, parte burgués– ha respondido afirmativamente a la obra de Héctor Ortega.

Lo que sí salta a la vista es que numerosos grupos teatrales que brotan aquí y allá, se desintegran por las dificultades económicas, cuántas [p. 6] veces insalvables, que provienen muchas veces de los propios sindicatos relacionados con el teatro y que parecen haberse propuesto acabar con el teatro que los justifica y alimenta; por ello, el movimiento teatral de nuestra ciudad, tiene que germinar al amparo de la tutela oficial y en ruptura con los teatros comerciales.