FICHA TÉCNICA



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Notas Comentarios a la dramaturgia de Elias Canetti

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Teatro leído. Un dramaturgo premio nobel 1981: Elías Canetti” en El Día, 1 septiembre 1986, p. 19




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Teatro leído

Un dramaturgo premio nobel 1981: Elías Canetti

Malkah Rabell

El Premio Nobel tiene a menudo dos características sobresalientes y contradictorias: o bien se ofrece a un escritor de tal magnitud y popularidad que ya el premio le hace muy poca falta, (como el caso de Jean Paul Sartre). El galardón a veces llega como un salvavidas lanzado a un náufrago que ya logró alcanzar la playa. O bien se lo dan a una personalidad a tal punto ignorada que ni el Nobel consigue sacarlo del anonimato. El caso Elías Canetti puede decirse que flota entre las dos posibilidades. Este escritor búlgaro de origen sefaradita, nacido en 1905, ni es muy conocido, ni tampoco del todo ignorado. Se le considera el mayor escritor víviente centro-europeo, aunque he vivido en muchos países fuera de esta zona, como Inglaterra, donde llegó de niño y donde permaneció durante dos años, volviendo al mismo país como refugiado durante la guerra. Pero fueron unos centros de habla germánica que le dieron su instrumento de creación: el alemán. En Viena vivió entre 1916 y 1924, y en Zurich y Frankfurt fue donde cursó estudios de ciencias naturales, obteniendo en la capital de Austria su título de Doctor en Química.

En México es bastante leído debido a la traducción al español de no pocos de sus libros, como su novela: Auto de fe, la única que ha escrito. Ya que este hombre de ciencia, es sobre todo autor de obras de ideas entre las cuales destacan: Masa y poder, y El otro proceso de Kafka. La que más popularizó su nombre fue su autobiografía, compuesta por dos partes: La lengua absuelta y La antorcha al oído.

La obra de Elías Canetti menos popularizada es su dramaturgia. Aunque también sus dramas fueron traducidos al español. Sus tres obras dramáticas: La boda; La comedia de la vanidad y Los emplazados, aparecieron en un solo volumen. Tres dramas sin ninguna relación, que sólo une la esencia que podemos encontrar en esas dos palabras: masa y poder, que forman el título de uno de sus largos ensayos.

No son obras fáciles de leer ni fáciles de comprender. No las imagino puestas en escena. Sobre todo la segunda: La comedia de la vanidad resulta pesada con sus 116 páginas de lectura y también excesivamente repetitiva, con su insistencia sobre la vanidad humana, que el autor simboliza por el espejo, por la necesidad de verse, conocerse y admirarse permanentemente tan inherente al ser humano. Espejo que en algún país imaginario queda prohibido de usar, de vender y de comprar, castigadas tales veleidades por la pena de muerte.

Tres obras, tres dramas, que carecen de acción, de personajes, psicológicos, de intensidad y de misterio. Tres dramas realizados en torno de una idea central. Como esta ausencia de espejos y todas las situaciones posibles e imposibles a las que pretende dar lugar La comedia de la vanidad. O la idea central de Los emplazados que baraja la posibilidad de vivir sabiendo desde el nacimiento la fecha de nuestra muerte. ¿Felicidad de estar prevenido y poder arreglar su vida de acuerdo a tal sabiduría? ¿O desventura, miedo, desolación e inútil lucha contra tal fatalidad, contra un destino –o como lo llama el autor: La hora–, por anticipado señalado?

En cuanto a La boda, también aquí el dramaturgo la sitúa en el centro de una idea: ¿qué harías hombre en una situación de extremo peligro para ayudar, para salvar a un ser querido? Y cuando semejante situación de pronto se presenta, cada uno de los afectados trata de salvar su propia vida y sólo alguno que otro héroe anónimo, insospechado, a veces, sin dejar la menor huella, resulta capaz de un verdadero sacrificio.

Pero más allá de las ideas centrales, hay otro pensamiento que domina la obra de Elías Canetti: sea cual sea el Estado, la nación, el régimen, la masa se deja dominar y envilecer por el Poder, al cual siempre considera dueño de la razón. Mas, en el momento cuando el Poder cambia de mano, la masa de inmediato cambia de punto de vista y se encuentra de acuerdo con los nuevos amos.

Para un director de escena pueden resultar interesantes ciertas escenas de masa, algunas escenas colectivas, con sus cantos, sus gritos y sus actitudes plásticas, que pueden dar lugar a imágenes vivas. Para el escenógrafo puede resultar interesante crear una ambientación que sugiriera la esencia de un país inexistente, pero que pudiera existir. Mas, para el actor los protagonistas son simples figuras, casi como maniquíes, incapaces de dar una idea de personajes de carne y hueso, incapaces de dar aliento dramático al intérprete.