FICHA TÉCNICA



Título obra El balcón

Autoría Jean Genet

Dirección George Lavaudant

Elenco Marta Navarro, Julián Pastor, Fernando Rubio, Luis Rábago, Virginia Valdivieso

Notas de elenco NULL

Escenografía Jean Pierre Vergier

Vestuario Jean Pierre Vergier

Grupos y compañías Centro de Experimentación Teatral del INBA

Espacios teatrales Teatro El Galeón

Notas Montaje realizado en colaboración con el IFAL

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. El balcón de Genet” en El Día, 21 noviembre 1986, p. 19




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

El balcón de Genet

Malkah Rabell

Aunque ya vi representado El balcón de Jean Genet en diversas oportunidades, creo que fue esta vez, en el teatro Galeón, puesto en escena por Georges Lavaudant, con el Centro Experimental del INBA, en colaboración con el IFAL, que mejor lo comprendí: El hombre, el ser humano, trata de imitar en la vida el sueño que de sí mismo tiene. Y el lugar donde mejor puede lograr ese drama de un sueño, es un burdel. Porque ¿qué es el mundo si no un burdel? Por lo menos Para Genet que llegó a la notoriedad más por el escándalo que por la genialidad. Y así en el famoso prostíbulo de Madame Irma, donde las salas reproducen ambientes especiales, uno juega a ser obispo; otro se disfraza en juez; y otro más en general. Pobres seres cotidianos que de repente se sienten fuera del alcance del destino. En tanto en torno de la casa ruge la revolución.

El célebre juego de espejos que se adjudica al autor, el director Georges Lavaudant, lo suprime del escenario. El mejor espejo, el más auténtico es el público que le devuelve su reflejo al protagonista. Tampoco existe en el escenario de El Galeón balcón alguno. De tanto en tanto alguno de los actores en sus parlamentos pronuncia esta palabra. Más, no se presenta a la manera como lo usó hace unos años Salvador Garcini en la Casa del Lago, donde los diversos balcones se transformaron en parte del "juego" escénico.

La claridad de la obra se detiene a la mitad, cuando empiezan los acertijos que caracterizaron el repertorio teatral de hace unas dos décadas, cuando triunfaba la vanguardia. Parece que Genet se consideraba un clásico. También Ionesco lo decía de sí mismo porque recurre a las verdades eternas: como la muerte, la vida, las enfermedades y el dolor humano. Igualmente Genet, como otros autores del Nouveau Theatre desata -como dice Genevieve Serreau- un "festín de palabras", que no siempre son claras, ni se esfuerzan por serlo. Algunos espectadores preguntaban si se trataba de una revolución en África, en el tercer mundo. Pero, en realidad ¿acaso Genet se proponía señalar algún país en especial? ¿O es un rincón del universo que él ha soñado? Con una reina que "borda y no borda", con su jefe de policía que, tradicionalmente tiene su parte de león en el prostíbulo de Madame Irma, y con su gigoio que hace de verdugo con las demás muchachas de la casa. Y también con sus revolucionarios, que a su vez actúan, y no distinguen muy bien cuando recurren a las actitudes y cuando se entregan sinceramente, cuando imitan la vida y cuando la viven. ¿Acto o gesto? como decía Jean Paul Sartre. ¿Qué trata de insinuar Genet con la presencia de la prostituta Chantal que sube a !ás barricadas y arrastra en su seguimiento a las masas. Lo mejor ante la obra de Genet es no buscar excesivas explicaciones y dejarse llevar por la sonoridad de los parlamentos y por la brillantez del espectáculo.

Y el espectáculo es brillante, debido a la magistral puesta en escena de Georges Lavaudant que nos mantuvo en suspenso, inmovilizados en nuestras butacas durante dos horas y 40 minutos sin entreacto. Todo el elenco del Centro Experimental Teatral del INBA ha dado lo mejor de sí mismo. En especial es menester recordar a Marta Navarro como la extraña dueña del burdel, con una inteligencia de política, vestida de un traje sastre negro, como un abogado en funciones. Creo que Genet la soñó de este modo, muy natural y con una perfecta dicción. Igualmente excelente estuvieron Julián Pastor como el obispo; Fernando Rubio en dos papeles, como el juez y como la mujer caballo; Luis Rábago como el supuesto general; y Virginia Valdivieso como la prostituta que ante el juez actúa como ladrona. Las cuatro muy convincentes en esos cuatro personajes que imitan la vida. El resto del numeroso elenco no lograba la misma calidad, pero tampoco ha llegado a desmerecer a sus personajes. La escenografía de Jean Pierre Vergier, sin llegar a mayores alturas, y bastante modesta, tuvo el mérito de lo neutral, con su fotomontaje que permitía servir de fondo para todas las escenas. En cambio, el vestuario, igualmente debido a Jean Pierre Vergier, resultaba bellísimo a pesar de sus extravagancias, o tal vez precisamente por ello, con su fidelidad a los trajes eclesiásticos y militares, pero con su toque de fantasía digna de un burdel.

Creo que ni el mismo Genet podría reprocharle nada a este estupendo espectáculo.