FICHA TÉCNICA



Título obra Baile de máscaras

Autoría Miguel Flores

Dirección Miguel Flores

Elenco Delia Casanova, Romero Wimer

Escenografía OA

Coreografía NULL

Espacios teatrales Teatro Rosario Castellanos de la Casa del Lago

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Baile de máscaras: juego sado-masoquista” en El Día, 13 agosto 1986, p. 19




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Baile de máscaras: juego sado-masoquista

Malkah Rabell

Miguel Flores es ya un director de escena maduro profesionalmente, pero muy joven aún como autor dramático, y Baile de máscaras es su primera obra. No obstante la obra tiene ya todas las virtudes de un drama creado con los más refinados conocimientos del oficio. Esa lucha de una pareja de casados entre el amor y el odio puede considerarse casi como un juego sadomasoquista, autodestructivo y destructivo de la pareja. Él y ella, marido y mujer, victimario él, y víctima ella, o por lo menos la que se considera víctima de una infidelidad. Como si la infidelidad conyugal fuera realmente un crimen imperdonable en un país como el nuestro donde los maridos fieles escasean bastante, y quedan despreciados hasta por la misma cónyugue. Pero el dramaturgo, Miguel Flores, sabe, con mucha habilidad, ir estirando el hilo del ovillo, hasta lenta, lentamente, demostrar que allí se cometió algo más que un simple engaño.

La acción se desarrolla en un solo acto, en una sola noche, cuando marido y mujer, que ya parecen reconciliados, se preparan para dirigirse a un baile de máscaras, organizado por una pareja de amigos cuya esposa es ni más ni menos, la causa de la desgracia conyugal de la primera pareja. Y en esa noche, en su casa, en su dormitorio, mientras marido y mujer se preparan para la diversión, el juego sado-masoquista va desenvolviéndose. La mujer va poco a poco transformando en víctima al marido culpable, y éste se vuelve servil, no tanto para mercer el perdón, como para conseguir el divorcio que la pretendida víctima se niega a concederle.

En los papeles de la pareja, los actores universitarios, Delia Casanova como la esposa y Romero Wimer como el marido, son excelentes. Ya sea debido a la mano hábil del director, ya sea debido a sus propias fuerzas dramáticas, esos dos jóvenes intérpretes dan vida intensa, interna y externa, subjetiva y objetiva, con un constante cambio de matices tanto vocales como raciales, tanto en su perfecta dicción como en sus actitudes corporales, a sus dos protagonistas. Poco a poco desde las primeras escenas, como en las que paso a paso van desarrollándose, el auditorio va dándose cuenta que el marido se somete y se deja esclavizar por la esposa por algún misterioso poder de ésta; la que parece ejercer su dominio sin darse cuenta. Sólo al cabo de un tiempo, el espectador va compenetrándose de la verdad y comprende hasta qué punto la mujer ha estudiado su papel de dictadora y de esclavizadora, y sobre todo de castigadora. El joven director, Miguel Flores, ha sabido manejar un ritmo perfecto, ni demasiado rápido ni excesivamente lento, el ritmo de dos almas que se aman y se odian, que tratan ya de destrozarse mutuamente, ya de salvarse, de salvar su precaria felicidad... Y hasta el final vanamente esperamos la salvación.

El escenógrafo, Humberto Figueroa, ha transformado el habitualmente incómodo y reducido escenario del teatro: Rosario Castellanos de la Casa del Lago, en una amplia área –bajo una luz muy agradable– casi al mismo nivel que las primeras filas del público, donde ambos actores llegan desde un piso inferior, como si llegaran del sótano, o de su propio mundo anímico, y su actuación se refleja en una multitud de espejos. O como dice Miguel Flores en el programa de mano: "Los espejos conservan nuestra imagen, la retienen –esperan pacientemente nuestra muerte– para finalmente, conservar nuestros recuerdos". El papel de los espejos me recuerda a dos autores: a Jean Genet en casi todas sus obras, y a Elías Canetti, el Premio Nóbel de 1981, en su Comedia de la vanidad. ¿Habrán tenido alguno de esos dos creadores cierta influencia en Miguel Flores? Probablemente Genet, el más conocido de los dos. Y también un verso que aparece en el programa de mano, de Miguel Flores, ilustra toda la obra y la explica: "El juego nocturno, nuestro juego íntimo, cotidiano. –El infierno y el cielo o al revés–, ¿Por qué no intentamos ser felices?".En este juego nocturno de un solo acto, de una sola noche, en este espectáculo debido a la UNAM, unas horas o unos instantes antes de ir a un Baile de máscaras" el infierno y el cielo se entrecruzan, se entrelazan, y esclavizan a los dos protagonistas, quienes en vano intentan de ser felices.