FICHA TÉCNICA



Título obra La casa de Bernarda Alba

Autoría Federico García Lorca

Notas de autoría Germán Castillo / versión

Dirección Germán Castillo

Elenco Luisa Garza, Miriam Cházaro, Rosalinda L’lloa, Jenny Zebadua, Laura Beverido, Cristina Michaus, René Baruch

Coreografía NULL

Música René Baruch

Grupos y compañías Compañía Universitaria Veracruzana

Espacios teatrales Auditorio de la FSTSE del ISSSTE

Productores Organización Teatral Veracruzana

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. La casa de Bernarda Alba, Unviersidad Veracruzana” en El Día, 10 agosto 1986, p. 17




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

La casa de Bernarda Alba, Universidad Veracruzana

Malkah Rabell

No es la primera vez que vemos en la capital una puesta en escena del drama de Federico García Lorca: La casa de Bernarda Alba. Mas, cada una de estas representaciones, o por lo menos de las que tuve la oportunidad de presenciar, tenía sus rasgos originales debidos a la dirección. En el presente caso, en esta puesta en escena de la Organización Teatral de la Universidad Veracruzana, la versión y la dirección se debían a Germán Castillo, que sobre todo subrayó de una manera muy intensa y dramática, el duro ascetismo del campo español que la rica y prepotente Bernarda Alba lleva hasta sus últimas consecuencias en su propia casa, destrozando con mano de hierro cualquier intención de rebeldía de sus propias hijas.

Algunos directores han recurrido a una figura masculina para el papel de Bernarda. Y hay algo de razonable en semejante elección. Bernarda es anímicamente un hombre, y más aún, un hombre malo, duro, descorazonado. Germán Castillo rechazó semejante recurso ya a menudo empleado. Pero también él recurrió a un actor para un papel femenino: el de la criada, La Poncia, de 60 años, la misma edad que su patrona, Bernarda. En este personaje de la vieja criada, que el espectador fácílmente imagina como la nana de las cinco hijas de la casa, Javier Cuevas convencía fisicamente, a pesar de su juventud y de su falta de trucos de maquillaje. Su cambio de sexo no molestaba, aunque es anímicamente infinitamente menos machona que su ama de la cual conoce todos los defectos y de la cual no se cansa de repetir que es: "Tirana de todos que la rodean. Es capaz de sentarse encima de tu corazón y ver como te mueres durante un año sin que se le cierre esa sonrisa fría que lleva en su maldita cara..." Con esta frase que casi inicia el primer acto, la Poncia nos introduce de inmediato en el ambiente infernal de la "casa de Bernarda Alba", en la atmósfera de esta casa de mujeres solas después de la muerte del segundo marido de Bernarda, donde cinco hijas, cinco solteras entre 20 y 39 años, conservan su virginidad casi a latigazos, sin lograr escapar a esa maldición materna, de una madre que, a pesar de haberse casado en dos oportunidades y haber tenido descendencia de cada uno de sus cónyuges, trata a toda costa de mantenerse a sus cinco hijas en la "pureza" más intransigente. Y sólo una, la más joven, la más bonita y la más rebelde, con sus 20 años, logra escapar a esa vigilancia satánica materna. Y paga con su vida su desobediencia, en tanto la dueña de casa declama: "Ha muerto virgen..."

El maravilloso lenguaje de García Lorca, aunque sea prosa, nos entra en la piel y en la carne. Cuando la Poncia dice: "Treinta años lavando sus sábanas; treinta años comiendo sus sobras; noches de vela cuando tose; días enteros mirando por la rendija para espiar a los vecinos y llevarle el cuento..." crea de inmediato el cuadro. Y es por esa imaginaria rendija que la vida de toda la aldea llega hasta el espectador.

Lo mejor de esta puesta en escena fue la atmósfera sofocante, asfixiante, de calor de verano que trastorna el ánimo de las cinco prisioneras, en tanto han de conservar su ropa negra de luto y sus almas y sus cuerpos se queman en la soledad y en la falta de amor, en la falta del hombre que cada una espera. Atmósfera que Germán Castillo logró con una especial riqueza de matices. Una de las escenas especialmente bellas es la del desnudo femenino, el de Adela, muerta de amor, extendido en el escenario, con el sexo cubierto de flores.

Tanto Luisa Garza, en el papel de Bernarda Alba, como las cinco hijas: Miriam Cházaro, como Angustias, la mayor, la única que logra conseguir un novio con la benevolencia de la madre, la única que logra atraer en la cercanía de la casa a una figura masculina, gracias al dinero que heredó de su padre; así como Rosalinda L'ILoa en el papel de Magdalena, Jenny Zebadua como Amelia, Laura Beverido como Martirio y Cristina Michaus como Adela, la más joven, han sido correctas y han realizado con bríos y comprensión dramática sus sendos personajes, sobre todo en las escenas de rebeldía de las hijas cuando el ardor sexual reprimido protesta con locura. A veces la música de René Baruch llama especialmente la atención. En cambio, estrenada en el D.F. en una sala ajena a la Compañía Universitaria Veracruzana, la del ISSSTE Servicio, en el Auditorio de la FSTSE, la escenografía estaba casi ausente.