FICHA TÉCNICA



Título obra Ubú rey

Autoría Alfred Jarry

Notas de autoría Claude Mazzolani / traducción

Dirección José Estrada

Elenco Carlos de Pedro, Magda Vizcaíno, Virgilio Leos, José Luis Loman, Miguel Flores, Salvador Dorantes, Juan Pascal, Argentina Morales, Ramón Barragán, Federico Vega, Enrique Atonal, César Arias, Salvador Dorantes, Jorge Esma

Notas de elenco Francisco Xavier Montero / animador

Escenografía Ricardo Rocha

Música Mariano Ballesté

Vestuario Ricardo Rocha

Notas de vestuario Agustín Silva / guiñol

Grupos y compañías Compañía de Teatro Universitario

Espacios teatrales Teatro de la Universidad

Productores Marcela Zorrilla

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. Ubú rey”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 6 noviembre 1966, p. 5.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

Ubu rey

Mara Reyes

Teatro de la Universidad. Autor, Alfred Jarry. Traducción, Claude Mazzolani. Dirección, José Estrada. Escenografía y vestuario, Ricardo Rocha. Música, Mariano Ballesté. Guiñol, Agustín Silva. Producción, Marcela Zorrilla. Reparto: Compañía de Teatro Universitario: Carlos de Pedro, Magda Vizcaíno, Virgilio Leos, Francisco Xavier Montero, José Luis Loman, Miguel Flores, Salvador Dorantes, Juan Pascal, Argentina Morales, Ramón Barragán, Federico Vega, Enrique Atonal, César Arias, Salvador Dorantes, Jorge Esma, etc...

Al fin se ha dado a conocer al público mexicano Ubú roi de Alfred Jarry, quien es algo así como el padre del teatro del absurdo, o premonitor de nuestro actual teatro de vanguardia y que en esta obra habló con voz de profeta, pintando con sus colores más grotescos y no por eso menos trágicos, a los tiranos y tiranuelos que en este siglo se han apoderado de algunos países con los métodos de Ubú, montados en su caballo de Phynanzas y sirviéndose de su “máquina descerebradora”, sin otro impulso para su conducta que el que les dan sus “instintestinos”.

Para el público de hoy, la obra está ya encuadrada dentro de una forma de teatro conocida, pero habría que imaginar lo que fue su estreno para el público de 1896, para el cual la novedad la constituía el teatro simbólico de Maeterlinck, por ejemplo, o el teatro de Pirandello, o de Chejóv, Wedekind, Yeats e incluso Benavente. Es explicable pues, que la premiére haya sido un escándalo inolvidable para quienes asistieron a ella.

Es interesante conocer las sugerencias que el propio Jarry dio al director de escena, Lugné-Poé (quien también interpretó uno de los papeles secundarios en el estreno –el de Michel Fedérovitch–), a propósito del montaje de Ubú roi.

En primer lugar, sugería que el Padre Ubú llevara una máscara (en el programa de aquella noche de 1896, se dice que los “bocetos de las máscaras fueron hechas por el autor”).

En cuanto a las escenas ecuestres, sugería que Ubú “se colgara una cabeza de caballo, del cuello, como en el antiguo teatro inglés” y resaltaba que él se había propuesto al escribir esta obra hacer un gran guignol. También se inclinaba por la adopción de un solo decorado, o de un fondo único y que un personaje correctamente vestido, llevara un letrero indicando el lugar de la escena, y según la nota que añade, debía dársele mayor importancia sugestiva a dicho letrero que al decorado. Indicaba también al director que evitara la inclusión de mucha gente, ya que las masas “son feas en la escena y molestan a la inteligencia”. Así pues, pedía para las escenas de concentración militar, un solo soldado en representación del ejército. El vestuario no debía tener ningún “color local o cronología (sino el que dé mejor la idea de algo eterno)”, añadiendo sin embargo, que de preferencia fuera “moderno, pues la sátira es moderna; y sórdido, para que el drama aparezca más miserable y horrendo”.

José Estrada, en la representación que hoy nos ofrece de esta obra, en el Teatro de la Universidad, no olvidó ni por un momento ese deseo explícito de Jarry de que la obra tuviera un espíritu guiñolesco; siguió algunas de las sugerencias de Jarry, pero sin que éstas lo limitaran en su calidad de creador de un espectáculo que, a la vuelta de 70 años, tenía que ser dado a un público con otras características de aquel que lo vio por primera vez. Por una parte, al personaje “bien vestido” que debía llevar los letreros, le agrandó la parte [sic] y, vistiéndolo a la manera de animador de un circo, lo utilizó como elemento “distanciador”, según la técnica brechtiana, la cual es empleada por Estrada de una manera nueva: su “distanciamiento humorístico” se sirve por ejemplo, de los sonidos onomatopéyicos que se acostumbra escribir en las tiras cómicas, usándolos como palabras. Estrada llega pues, por el camino de la inverosimilitud, a la verosimilitud misma y sin abusar del elemento escatológico que Jarry aprovechó como una provocación a la sociedad, el director apoya la postura del autor al hacer que la escenografía y el traje de Ubú, reproduzcan los intestinos humanos, lo que da al texto su precisa dimensión radiográfica. Y podría seguir enumerando sus aciertos, como el empleo de títeres, pero para ahorrar espacio prefiero añadir sólo que comparto las opiniones que sobre Estrada se dijeron en el artículo que se publicó en este suplemento el domingo pasado.

Los tres actores principales, cuatro, si contamos al animador, hacen un trabajo en verdad excelente. Carlos de Pedro crea su personaje del Padre Ubú dándole la perspectiva siniestra y grotesca requerida por el autor. Magda Vizcaíno consigue hacer de su Madre Ubú la caricatura perfecta de esas “primeras damas” ávidas de poder, ambiciosas y sin escrúpulos, que son como la prolongación bufoneseca de Lady Macbeth. Virgilio Leos, en el capitán Bordura (Bordure), es como el retrato de todos aquellos que con su andar de ganso, tejen la telaraña de la traición. Y Francisco Xavier Montero, el animador, así como el resto del reparto, realizan un trabajo sin rigideces ni dogmatismos, trabajo de equipo en que la escenografía y vestuario de Ricardo Rocha y la música de Mariano Ballesté, son unos de sus asideros.

Mención aparte merece la traducción, ya que la dificultad que ofrecen los neologismos, cargados de significado, y el curioso empleo que hace Jarry del lenguaje francés, fue resuelto en español en forma extraordinaria por Claude Mazzolani. (Excepción verdadera a la famosa regla de traduttore, traditore).

Un aplauso pues para Estrada y su equipo.