FICHA TÉCNICA



Título obra Ámbar

Autoría Hugo Hiriart

Dirección Hugo Hiriart

Elenco José Carlos Rodríguez, Ignacio Retes, Muni Lubezki, Carmen Martínez, Antonia Yáñez

Escenografía Pablo Rulfo

Espacios teatrales Foro Sor Juan Inés de la Cruz

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Ámbar, una parodia” en El Día, 16 junio 1986, p. 19




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Ámbar, una parodia

Malkah Rabell

De Hugo Hiriart ya he visto varias obras. Una dedicada a las enfermeras y parteras; otra a los juguetes y una tercera a un animal mitológico, a una bestia de la Grecia antigua: Minotastás. De las tres, la única que me gustó fue la tercera, en tanto que las dos primeras no logré entender nada. En cuanto a la que se presenta actualmente en la sala universitaria: Juana Inés de la Cruz, Ámbar, desde un principio logré darme cuenta que esta si la voy a entender con la mayor facilidad, ya que está escrita para niños algo mayorcitos de 30 a 40 años. De lo que me alegré, y traté de tomar la postura más adecuada en mi asiento para ver y oír de la manera más cómoda esta comedia, o este drama. Empero, a medida que transcurría la pieza, me iba dando cuenta que no se trataba ni de un drama ni de una comedia, sino de una parodia, de una caricatura de antiguas novelas de aventuras en el África misteriosa: con un cazador blanco; un sacerdote chino; un brujo negro y un hindú yoga que se dedicaba a mirar durante horas fijamente un huevo; en tanto un ruso, probablemente de la época zarista, se proponía perseguir a su circo que se perdió en la selva. Y a medida que pasaba el tiempo, las historietas iban sucediéndose una tras otra; las aventuras abultaban cada vez más el esqueleto original, y al final, completamente al final, nos enterábamos del porqué del título Ámbar, ya que todas esas aventuras iban a dar a un robo de una fabulosa cantidad de ámbar.

Y todo esto nos lo cuenta un ántiguo policía envejecido, que tomó parte en toda esa larga fila de sucesos misteriosos cuando aún era un mozo bien parecido, joven y delgado. En este papel de Erik el viejo, de Erik el gordo, José Carlos Rodríguez hace una creación. Este actor que desconozco, me pareció estupendo. Tal vez el único de todo el reparto que logró crear un carácter. Ignacio Retes, como el cazador Georges Curbett, no tenía mucho material de donde recortar a su personaje de europeo asentado en el continente africano. El autor trató de copiarlo sobre el patrón de los héroes hollywoodenses dedicados a las mismas actividades: el hombre que nunca tiene miedo de nada, que en todas partes y ante todas las circunstancias encuentra salida. Y además, encuentra viejas amantes en cualquier prostíbulo selvático. Me alegré hallarlo otra vez en plan de actor, después de muchos años de ausencia dedicada a la puesta en escena. Pero lo prefiero en su actividad directiva. Muni Lubezki como Serguei Pavlovich Plieffer, el director de un célebre circo que se perdió en los enrevesados caminos de África, es un personaje que ni es lo que parece, ni parece lo que es. En cuanto a los papeles femeninos, ninguno es de mucha importancia, todas las actrices interpretan varios personajes y algunas hasta hacen de figuras masculinas, tal como Carmen Martínez y Antonia Yáñez.

Más importante que la actuación en esta descabellada y desmedida parodia de aventuras heroicas y misteriosas, es la producción, o más exactamente la escenografía que vence a cada paso las dificultades de un escenario reducido, aunque ha sido arreglado en esta oportunidad para ocupar las dos terceras partes del pequeño teatro Sor Juana Inés de la Cruz, un teatro móvil. Escenografía y vestuario pertenecen a Pablo Rulfo, nombre que oigo por primera vez. No es nada fácil hacer avanzar por ese reducido foro un pequeño tres, o a un dragón de dos metros de largo. Ni tampoco es fácil cambiar constantemente de lugar de acción. Ello no obsta que no puedo dejar de imaginar cómo hubiese vencido esas dificultades y transformado en jungla la escena un escenógrafo como Alejandro Luna, quien durante años fue dedicado a esta labor en el teatro universitario.

En cuanto a la dirección, que se debe al propio dramaturgo, Hugo Hiriart, no puedo decidirme si debo aplaudirlo o quedarme modestamente callada. No sé si las enrevesadas situaciones y acciones del espectáculo se deben a la puesta en escena o al texto. Y si la obra paródica terminó por cansar al público (por lo menos a mí, que sin embargo amo y me divierten mucho las aventuras), la puesta en escena no hizo nada para remediarlo.