FICHA TÉCNICA



Título obra Problemas de alcoba

Autoría Robert Thomas

Dirección Gerald Huillier

Elenco José ElíasMoreno, Macaria, Otto Sirgo

Espacios teatrales Teatro 29 de diciembre

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Problemas de alcoba, lo de siempre” en El Día, 4 junio 1986, p. 12




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Problemas de alcoba, lo de siempre

Malkah Rabell

La única originalidad de esta comedia de Robert Thomas es la de aunar bajo el mismo título: Problemas de alcoba, tres diversas historias, que suceden en el mismo lugar, en la misma habitación de un hotel, y que el autor llama cuentos, y a los que a su vez divide en dos actos, con doble cuento en el primero, y uno sólo en el último, sin que entendamos muy bien la causa de semejante división. Todo ello permite a las tres figuras principales de la compañía: José Elías Moreno, Macaria y Otto Sirgo, de interpretar distintos personajes en cada historia. El mejor de los tres actos, o mejor dicho de las tres historias, es la primera que nos enfrenta casi a un problema policial de final inesperado. La segunda historia es perfectamente idiota, pero también tiene un final inesperado. En cambio, el último cuento, probablemente el mejor construido, y que también tiene la mejor interpretación, porque es el único que reúne a los tres actores principales: Moreno, Macaria y Sirgo, nos da la sorpresa de tener un final esperado desde el principio.

Lo malo de las comedias comerciales escritas especialmente para actores profesionales, es que todas parecen construidas sobre el mismo patrón. Se tiene constantemente la impresión de haberlas visto en alguna parte. Por ejemplo, en el primer cuadro, que el programa de mano subtitula: El cordero y la tigresa, aunque tenga un final inesperado, en cambio los dos protagonistas se nos antojan ya vistos desde siglos. Tal vez hasta puede ser que el autor apoyó tanto en la semejanza del cordero con todos los corderos y vistos y por ver, para dar más sorpresivamente el golpe final y demostrar que el cordero pueden ser más fuerte que la tigresa, y sobre todo más inteligente. En el segundo cuadro titulado en el programa de mano: Una torcaza para desplumar, la torcaza no es tan ingenua como parece; pero el desplumador posee todos los rasgos con los cuales el antisimitismo con tanta "originalidad" suele adornar a los personajes judíos. Y por fin, la tercera historia, subtitulada Una gallina y dos gallos, no nos sorprende nada cuando demuestra que los dos gallos son dos gallinas, porque con un poco de lógica nos esperábamos a semejante final.

Desde ya algunos años, sé que ese joven actor, Otto Sirgo, es un excelente intérprete, lo demostró en más de una oportunidad cuando actuaba en la Compañía Nacional de Teatro. Lástima que en estos tres cuentos no tuvo iguales oportunidades. Su personaje del dueño de hotel, es una simple caricatura de judío inventado para determinados intereses políticos, que ya tienen veinte siglos de existencia. En tanto en el tercer cuadro, entre los dos gallos, el otro gallo, José Elías Moreno, le comía el mandando. A José Elías Moreno, lo preferí mucho más como el provinciano en el último acto, que como el lloriqueante "cordero" de la primera historia. En este primer cuento, tanto él como la "tigresa" hacían competencia de exageraciones y de sobreactuación. De los tres primeros actores, Moreno-Macaria y Sirgo, fue solamente la actriz que tuvo la oportunidad de aparecer en sendos cuadros en diferentes papeles. Veo a Macaria por primera vez, y me parece que sin llegar a mayores alturas, daba colorido a sus personajes y se metamorfoseaba ya en sanguinaria tigresa, ya en dulce cobradora de impuestos, ya en inocente víctima del gallo desprovisto de cresta.

Bajo la dirección de Geraldo Huillier, la representación tenía un ritmo vivaz, y la principal característica del espectáculo, el multifacético juego de los actores, creaba el debido interés del público, aunque éste no llegaba a llenar la sala del teatro 29 de diciembre, ni mucho menos. Tal vez debido a los juegos futbolísticos, ese 31 de mayo cuando asistí a la representación de Problemas de alcoba, el auditorio apenas si ocupaba la tercera parte de la sala, y no daba la impresión de divertirse excesivamente. Y ya es bien sabido que la última palabra la tiene el público: el juez inapelable.