FICHA TÉCNICA



Título obra El hombre y la danza

Elenco Roberto Dumont / voz

Coreografía Raúl Flores Canelo

Grupos y compañías Ballet Independiente

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Vigésimo aniversario del Ballet independiente” en El Día, 29 mayo 1986, p. 12




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Vigésimo aniversario del Ballet Independiente

Malkah Rabell

Para festejar su vigésimo aniversario, el Ballet Independiente que dirige Raúl Flores Canelo, presentó en el Teatro de la Danza el ballet que ya tiene ocho años en su repertorio sin perder nada de su atracción: El hombre y la danza. Ballet increíblemente simpático, fresco, que Raúl Flores Canelo realizó con gran economía de medios. Con once bailarines logró ese milagro de presentar en el escenario casi la historia del hombre, tan ligada a la danza. Porque "en el principio el hombre estaba solo, pero con el ritmo de su respiración se insinuaba ya el amanecer de la danza, madre de todas las artes y el medio de comunicación más antiguo en la historia de la humanidad". Tal nos cuenta la voz de Roberto Dumond que a través de ese largo ballet que se nos hace muy corto, hace de narrador y cuenta, explica, descubre las causas del nacimiento de cada danza, su desarrollo, sus influencias sobre otros movimientos dancísticos, y las influencias que anteriores danzas tuvieron sobre él. Y Roberto Dumond, el excelente actor que desde tanto tiempo se halla fuera del ambiente teatral, introduce el teatro en ese Ballet Independiente que ha sido uno de los primeros en acoger el teatro dentro de su sano dancístico en México.

Los primeros en bailar ante sus dioses fueron los cazadores que nutrían la tribu con el producto de su caza. Cuando los animales empezaban a escasear, el hombre y su tribu cambiaban de lugar para vivir. Y en todos los sitios que pisaban sus pies de nómadas, bailaban. Eran danzas de cacería, danzas de fertilidad, religiosas, sacerdotales . . . Luego pasaron muchos siglos, y el hombre, con sus mujeres y sus hijos, empezaron a cultivar la tierra, lo que obligó al cultivador a despedirse de la vida nómada y esperar, año tras año, que la tierra diera sus frutos. El coreógrafo hace especial hincapié en la danza del maíz. Como según muchos estudiosos, el maíz es originario del continente americano, esta danza de la fertilidad se antoja mexicana.

También para el cultivador pasaron muchos siglos y en Europa se formaron villorios que gobernaban grandes señores feudales. Y también en aquella época medieval, el hombre bailaba. El campesino era más ágil, más acostumbrado al movimiento corporal en la sencillez de sus trajes regionales. en tanto en el castillo, el señor feudal bailaba de una manera más lenta, paso a paso, cargado con las sedas y los hierros de su vestimenta. En tanto el hombre de la gleba brincaba, saltaba, corría, para rendir homenaje a la lluvia, al sol, a la flora de la tierra, y también a su señor y a sus dioses; en la Corte se desplegaba la lenta armonía de la pavana y de la contradanza.

El coreógrafo pasa rápidamente por algunos detalles de la vida dancística del siglo XVII, en la corte del Rey Sol, en Versalles, y lo entreteje con elementos cómicos, como el aprendizaje de la danza cortesana que todo hombre bien "nacido" tenía que aprender. De allí pasa al siglo XIX, cuando el vals reinaba en los salones, al lado de la polca y la mazurca, pasando luego a los bailes de la época contemporánea. Estas tuvieron un especial éxito ante el público, con sus danzas nacidas en América, sobre todo en los dos extremos del continente, en el sur el tango y en el norte el jazz, con sus derivados de uno y otro país americano: el foxtrot, charleston, danzón, mambo, swing, hasta llegar al rock actual. También esa historia de la danza nos introduce a la nueva técnica dancística de los movimientos de los ballets modernos. Y como dice el programa de mano: "La nueva,técnica para expresar los sentimientos del hombre contemporáneo".

Lo extraordinario de esta historia del Hombre y la danza, fue la disciplina con la cual el coreógrafo, con el único apoyo de sus once bailarines, lograba dar la impresión de masas. Con dos parejas en un rincón del escenario, en tanto en el otro extremo de la escena avanzaban otras tres parejas de otro movimiento dancístico, o de otra civilización, o de otra época, nacía ante nuestros ojos todo un mundo que bailaba. Y uno se preguntaba admirado y extrañado: ¿cómo ese breve grupo de bailarines lograba cambiarse de trajes, de complicada vestimenta, tan bella además, tan llena de fantasías a la vez que de fidelidad a cada era? Y todo ello los bailarines lo hacían con una ligereza, con una facilidad, como si no sintieran el menor cansancio, como pájaros que cambiaran de plumas.

Y el público en su imaginación bailaba con ellos, se transportaba a otros mundos. Era un ballet que no sólo gustaba, sino que, extrañamente, nos hacía felices.