FICHA TÉCNICA



Título obra Una canción apasionada

Autoría Harvey Fierstein

Notas de autoría Carlos Monsiváis / traducción

Dirección Carlos Téllez

Elenco Tito Vasconcelos, Alonso Echánove, Rosa María Bianchi, Chela Nájera, Raúl Buenfil

Escenografía Cristina Martínez de Velazco y Eduardo Martínez de Velazco

Espacios teatrales Sala República

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Una canción apasionada” en El Día, 19 marzo 1986, p. 23




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Una canción apasionada

Malkah Rabell

Cuando un tema, por más serio e importante que sea llega a repetirse con exceso en el teatro, o en otros espectáculos, logra el aburrimiento del público. Tal fue el caso en 1985 del problema homosexual, Parece que los interesados en la cuestión tratan de volver a ofrecer en el presente año un teatro de la misma índole. Una canción apasionada del norteamericano Harvey Fierstein, traducida por Carlos Monsiváis –cuya traducción es más importante que el original–, es una obra (no sé si llamarla comedia, drama o tal vez tragi-comedia) de ambiente gay y del drama de sus personajes. Arnold es un actor –¿o una actriz?– de un cabaret. Se enamora de un locutor, Ed, un bisexual que en un principio responde a su amor, pero llevado por la ambición de una carrera y de una vida normal lo abandona despiadadamente para casarse con Laurel, una muchacha extraña que conoce las desviaciones de su marido y les encuentra un especial encanto.

Este es el núcleo de la historia que da lugar al desarrollo de diversas anécdotas, ya dramáticas, ya cómicas, en especial biográficas. El sentido humorístico, un poco grueso de los norteamericanos, aunado a un bastante seguro sentido dramático, crea ese género escénico tan de moda que hace reír mucho y a menudo desemboca en una gran melancolía.

La mayor falla de esta comedia dramática –según se suele llamar esta clase de piezas actualmente–, son sus tres horas de duración. Infinitamente largas y repetitivas. Se podría suprimir gran parte de esta Canción ápasionada sin que se perdiera nada fundamental. Sobre todo se podría cortar mucho del segundo acto o suprimirlo del todo, por ser el más débil de los tres. Se diría que la única importancia de ese segundo acto es la presentación de dos personajes que desaparecen a continuación, pero cuya figura no deja de tener importancia, y mucha, en todo el resto de la acción, o en su falta de acción. Se trata de Laurel, la recién adquirida esposa de Ed, y de Alan, el nuevo amor de Arnold, joven de 18 años a quien asesina una pandilla por simple diversión. Lo interesante de esta obra es que ofrece un ángulo típico y no obstante novedoso de la vida norteamericana.

Representada en el Foro Shakespeare, el reparto de la comedia es excelente. Sobre todo alcanza pleno desarrollo la figura de Tito Vasconcelos como Arnold. Encuentra los tonos justos tanto para las escenas cómicas como para las dramáticas. El físico de Vasconcelos, que no es nada femenino, se adapta curiosamente al maquillaje de un rostro de mujer y adquiere sugestión. Otro actor excelente y además muy simpático es Alonso Echánove, aunque en el segundo acto decae mucho, tal vez porque todo el acto carece de interés. Lo mismo le sucede a Rosa María Bianchi en el papel de Laurel, que parece estar en su lugar inútilmente, para emitir de tanto en tanto algún chiste bastante tonto. En cuanto a Raúl Buenfil, como Alan, es un actor que se inicia y le falta aún mucho para la madurez. Sobre todo resulta desagradable su escena de desnudez, absolutamente inútil.El tercer acto adquiere mayor vivacidad con la aparición de Chela Nájera, actriz de muchas tablas, quien en el papel de la Sra. Beckoff, la madre de Arnold, tiene la oportunidad de hacer gala de todos sus conocimientos interpretativos.

En cuanto a la puesta en escena de Carlos Téllez, joven director de escena cuya labor presencio por primera vez, su máxima falla es haber permitido prolongarse tanto a la obra, y haber dejado al segundo acto cansar excesivamente al auditorio, y hasta haber admitido ciertas escenas desagradables, como de Arnold "violado" en la oscuridad de un cabaret. En cambio su manejo de actores se antoja hábil, y su ritmo a menudo es exacto. Ha encontrado a dos escenógrafos poco conocidos, Cristina y Eduardo Martínez de Velazco, que crearon para el escenario poco cómodo del Foro Shakespeare una escenografía muy funcional y plásticamente bella, que pudo servir para los tres actos tan sólo moviendo de un lugar a otro sus distintos elementos.

Lo que desearíamos sin duda, es que el tema no volviera a repetirse con la frecuencia del año pasado. O tal vez sin ninguna frecuencia.