FICHA TÉCNICA



Título obra ¿Hacia el Apocalipsis?

Notas de Título Liluli / título original

Autoría Romain Rolland

Notas de autoría Raúl Moncada Galán / adaptación

Dirección Raúl Moncada Galán

Elenco Rafael L. Enríquez, Deborah Nadilsticher, Raúl Gómez, Edith Mortitz

Escenografía Chac

Grupos y compañías Taller de Teatro del Instituto Regional de Bellas Artes

Productores Instituto Nacional Indigenista

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. ¿Hacia el apocalipsis?, en Cuernavaca” en El Día, 19 febrero 1986, p. 21




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

¿Hacia el Apocalipsis? en Cuernavaca

Malkah Rabell

El taller de Teatro de el Instituto Regional de Bellas Artes de Cuernavaca, el IRBAC, estrenó hace unos días la obra de Romain Rolland, Liluli, bajo el título más actual: ¿Hacia el Apocalipsis? El célebre escritor francés quien durante la guerra del 14-18 abandonó su país para instalarse en Suiza donde encabezó el movimiento pacifista conocido como Por encima de la contienda, Romain Rolland, describe en esa obra dramática de su juventud, publicada por primera vez en 1919 en Ginebra, la importancia que tienen en la vida de las multitudes todas las ilusiones creadas por filósofos, pensadores, políticos y simples demagogos. Para el famoso pacifista galo, la "ilusión", que él llama Liluli, es una suave figura femenina, rubia de ojos azules, de dulce sonrisa y prometedoras actitudes, que acompaña al hombre en todos los caminos y lo ayuda a vivir, en cierto modo es la esperanza. Pero esta Liluli encabeza a toda una caterva de juicios: la libertad, la igualdad, la fraternidad, el patriotismo, la paz, la verdad y hasta Dios, le maitre Dieu. El dramaturgo presenta en escena al soñador que sólo vive en el pasado o en el futuro, pero incapaz en cambio de adaptarse al presente; al patriota capaz de morir sobre un cañón soñando en la paz del mundo. Y a todos esos personajes creados de ilusiones, les cubre la cara una máscara y los presenta al público el alegre Polichinela.

Liluli no tiene argumento ni unidad. Es un desfile de ideas que crean el mundo y sus diversas sociedades. Es una obra que en su época presentaba un experimento. Y puede serlo también en nuestros días. El director de escena, Raúl Moncada Galán, excelente dramaturgo él mismo, la adaptó a la actualidad, o por lo menos le dio un acento más acorde con la época nuestra. Después de la primera parte, digamos al primer acto, cuando aparecen las ilusiones diarias del hombre cotidiano y hasta el mismo Dios Padre va por el mundo vestido de comerciante en tanto asegura que siempre defenderá a los fuertes, a los hombres que cuidan el orden: "Los fuertes... son bellos, son buenos, son... fuertes", en la segunda parte de la representación aparecen dos campos combativos, los rojos y los azules. A éstos encabeza Polonius, quien, según lo describe Rolland: "pertenece a todas las academias y palacios de la Paz, lleva la espada y se halla condecorado desde la cabeza hasta el culo". La "paz armada" descrita por el escritor galo se parece indudablemente a ciertas búsquedas "pacifistas" de nuestro tiempo. Más que cómico, lo que pinta Romain Rolland tiene un rabioso tono de farsa sangrienta. Tono que logra reproducir el director Moncada Galán, aunque suprima gran parte del original excesivamente largo y en muchas de sus partes ya poco apropiado para el espectador moderno.

Aunque los jóvenes actores con quienes realiza su puesta en escena el director son aún poco maduros y les falta cierta dosis de experiencia, el tono directivo general fue logrado. El saltarín Polichinela, interpretado por Rafael L. Enríquez, dio a su personaje la viveza, el movimiento y la expresión verbal justos. Lilulí, actuada por Deborah Nadilsticher, es físicamente como un reflejo de las exigencias del dramaturgo francés y tiene mucha flexibilidad corporal. En cuanto a Raúl Gómez, en el papel de Dios, sabe emplear la voz para las distintas exigencias del personaje. Lástima que Polonius no supo diversificar las modulaciones de la voz en su largo monólogo y caía en la monotonía. Creo que se puede cortar bastante de ese prolongado parlamento, que pronuncia Edith Mortitz.

Pese a la ausencia de escenografía, y pese a la juventud del numeroso reparto, Liluli no decaía. ¿Hacia el apocalipsis? como la llama de adaptación con no poca justificación, a ratos hacía reír, a menudo reflexionar, otras veces suspirar por su semejanza con nuestros propios problemas actuales. Y en general, su movimiento era vivaz, su ritmo ágil y las máscaras daban una especial originalidad a toda la representación.

A la puerta de la capital, el Bellas Artes de la bella Cuernavaca no deja de crear su propia vida teatral para un público curioso y deseoso de vivir su cultura local.