FICHA TÉCNICA



Título obra Lesbos 86

Autoría Ramón Valdiosera

Dirección Jorge Gamaliel

Elenco José Natera

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Lesbos 86, ¿erótica o pornográfica?” en El Día, 27 enero 1986, p. 21




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Lesbos 86: ¿erótica o pornográfica?

Malkah Rabell

Son dos expresiones que a menudo se confunden: erotismo y pornografía. ¿Y en realidad, cuál es la diferencia entre ambas? Tanto en los diccionarios debidos a medio siglo como en los actuales, la palabra "erótica" se explica con toda brevedad como: "adjetivo que se refiere a lo amatorio, perteneciente o relativo al amor". Y en cuanto a la palabra "erotismo" va un poco más lejos y se explica como: "Pasión fuerte de amor. Amor sensual exacerbado". Y sin necesidad de explicación didáctica, todos saben que viene de la palabra: Eros, dios del amor. ¿Cuál es por lo tanto la especificidad de pornografía? ¿Por qué alaban una y temen a la otra? El Diccionario Sopena apunta: "Pornografía trata acerca de la prostitución; carácter obsceno de obras literarias o artísticas; obras literarias o artísticas de este carácter". Después de semejante declaración, me asusta aplicar a la obra que se presenta actualmente en el teatro Vizcaínas, Lesbos 86, el calificativo de pornográfico. Y más bien me contentaría en decir que es de mal gusto, mal escrita, mal dirigida y mal representada... pero no obscena. Y si es cierto que mientras presenciaba el espectáculo me sentía indignada, ahora, a los pocos días del estreno, ya más calmada, me siento inclinada a la indulgencia. Sobre todo cuando algunos compañeros de la prensa me aseguran que desconozco otras obras y otras representaciones infinitamente peores.

La idea de este Lesbos 86, anunciado como de Ramón Valdiosera, no es mala. Hasta podría ser buena en manos de un autor más hábil y con mayor conocimientos del arte dramatúrgico. En el programa se anuncia que la acción se desarrolla en la isla de Lesbos, en el año 1986 antes de Cristo, y en una ciudad cosmopolita en el año 1986 de nuestra era. No sé qué "máquina del tiempo" usan los actores para llegar a toda prisa hacia épocas tan distantes. Pero el autor coloca a sus protagonistas en esa República de mujeres después de que han sido víctimas de las brutalidades y de las injusticias "masculinas". Y tales casos podrían ser interesantes, siempre que los dramaticen con la debida capacidad literaria y las representen con la no menor capacidad artística. Lamentablemente no es este el caso.

Entre los asuntos figuraban la entrega que un joven sin vergüenza hace de su novia a un grupo de amigos degenerados; de un padre viudo que bajo el pretexto de su amor por su hija trata de transformarla en su amante. Otro caso es el de una mujer que descubre el homosexualismo de su marido e indignada se transforma en lesbiana en la isla de Lesbos. Otra peripecia es la de una pareja de prometidos, cuando el novio la víspera de la boda somete a su brutal deseo a la novia, joven muy creyente que sólo admite el acto sexual después de la bendición religiosa. Falta de tacto, de comprensión y de delicadeza que crea entre cualquier pareja un shock definitivo.

Todos esos casos pueden sin duda explicar muchas desviaciones sexuales. Mas, en el escenario exigen un arte dramático inteligente y fino. En cambio tanto el autor como el director, Jorge Gamaliel mezclaban constantemente la brutalidad con la comicidad grosera. Las numerosas actrices carecían por completo de profesionalidad. La mayoría parecían aficionadas. El único personaje que de inmediato dió la impresión de conocer el escenario y sus obligaciones, fue el cómico Natera, aunque no era –ni mucho menos– un actor de grandes magnitudes. En su papel de homosexual que fue a dar entre puras mujeres y se hace pasar –o por lo menos trata– por mujer, resultaba un personaje que en manos de un comediografo hábil pudo haber cambiado todo el contenido de esa farsa (si así puede llamársela). De todos modos, fue el único que en esta mezcolanza de géneros introducía una nota de comicidad espontánea y levantaba el ánimo del público.

Tal vez no sea del todo desvirtuado escribir de tanto en tanto acerca de algunas representaciones a las cuales me encuentro muy lejos de recomendar. Pero, es tal vez bueno saber lo que se hace no sólo en los teatros serios, sino también en las salas dedicadas a la frivolidad. Sobre todo en un tiempo cuando la temporada aún no se ha iniciado por completo, y ya hablé de casi todos los espectáculos que se anuncian en la cartelera.