FICHA TÉCNICA



Título obra Cuestión de narices

Autoría Maruxa Vilalta

Dirección Óscar Ledesma

Elenco Carlos Bracho, Joaquín Lanz, Andrea Cotto, Rodolfo Rocca, Carlos Vázquez, Salvador Zea, Raúl Quijada, María Luisa Alcalá, Sonia Méndez, Regina Cardó, María Wagner, Marta Ofelia Galindo, Manuel Armenta, Ricardo Deloera, Eduardo Monden, Kika Meyer, Angelina Corona, Ignacio Montero, Julián Avitia, Ramón G. Larrea, José Riande. Niños: Luis Lara, Mario Eduardo Lara

Escenografía Antonio López Mancera

Espacios teatrales Teatro Orientación

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. Cuestión de narices”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 18 septiembre 1966, p. 5.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

Cuestión de narices

Mara Reyes

Teatro Orientación. Autora, Maruxa Vilalta. Dirección, Óscar Ledesma. Escenografía, Antonio López Mancera. Reparto: Carlos Bracho, Joaquín Lanz, Andrea Cotto, Rodolfo Rocca, Carlos Vázquez, Salvador Zea, Raúl Quijada, María Luisa Alcalá, Sonia Méndez, Regina Cardó, María Wagner, etc...

Ha aparecido una obra más dentro del movimiento relativista, hecho que a mí en lo personal me da mucho gusto ya que es un teatro que permite analizar diseccionalmente la conducta de los individuos y de las colectividades, sin rigideces ni dogmatismo. Cuestión de narices es la última producción de Maruxa Vilalta y ha sido tratada por la autora en forma de farsa trágica, estructurada excelentemente, sobre una base contrapuntística.

Es un teatro que se adscribe a los anhelos de la paz y que impugna acerbamente la belicosidad de los seres humanos que por meras fruslerías se afilian en distintos partidos, con el fin de destruirse unos a otros. Maruxa al hacer su sátira social, denuncia cómo el hombre da importancia a las pequeñeces, tanto en la convivencia cotidiana, como en la convivencia internacional. Una nimiedad –nos dice– desata la guerra y otra nimiedad trae la paz, obligadamente temporal, pues termina en el momento en que una nueva nimiedad desencadena otra nueva guerra y así sucesivamente.

El contrapunto se muestra al presentar cómo surge el conflicto de manera similar entre dos individuos y entre dos naciones, con las consecuencias destructivas en ambos casos. En combinación con este eje, aparece el tema eterno de Romeo y Julieta, o sea el del amor como único sentimiento capaz de romper la barrera de cualquier antagonismo ideológico, pero que, finalmente, resulta víctima inocente de esos antagonismos. Al exponer Maruxa, de manera transparente, como los verdaderos valores humanos son arrasados por una simple “cuestión de narices”, está poniendo el dedo en la llaga de nuestra historia, no sólo actual, sino de todos los tiempos, dado que la guerra de Vietnam no es la primera en la historia de la humanidad y tememos que tampoco sea la última. La autora plantea de manera excelentemente perfilada, esa repetición infinita de los motivos baladíes que ocasionan las guerras entre individuos, grupos, partidos, naciones, que siempre por “narices” –entiéndase: mercados, religión o hegemonía política– se lanzan a la destrucción de las vidas de seres hermanos.

Varios son los planos en los que se desarrolla esta farsa trágica: por un lado el del amor entre los dos jóvenes; por otro, la rencilla entre las familias de ambos y por otro, el conflicto entre las naciones de Galgolandia y Sabuesolandia. Y cada plano influye en los otros, quedando de eje central el plano intermedio, o sea el de la rencilla familiar, que es indiferente al amor de los jóvenes –a quienes sacrifica– como lo es también al conflicto de las naciones –conflicto al que refleja como en espejo. Estos planos le sirven a Maruxa para entablar la crítica social de nuestro medio ambiente, que vive indiferente a los problemas mundiales, pensando que “no nos conciernen”. Ese juego de espejos y contrapuntos es netamente relativista y ha sido manejado por Maruxa Vilalta con evidente eficacia, tanto en los momentos de farsa, como en los de tragedia (en mi concepto se trata de la mejor obra teatral de Maruxa) y fue nítidamente desglosado por Oscar Ledesma, quien dirigió la obra acentuando cada uno de los niveles y puliendo cada uno de los prismas. Si el espectáculo es reiterativo, lo es como puede serlo una fuga o un canon, o sea, porque así lo exige el contrapunto. Un panorama reflejado en un lago, lo veremos doble y sin embargo esa reiteración nos da dos imágenes opuestas, aunque parecidas, dado que una, es la visión directa pero aparente, y la otra, la visión indirecta y distorsionada de una misma realidad que no podemos ver en su verdadera objetividad. Oscar Ledesma aprehendiendo esa sutileza de la doble imagen, proyecta hacia el espectador esos panoramas, para que sea, dicho espectador, quien decida cuál es la realidad objetiva y sepa afrontarla.

La agilidad con que Ledesma maneja a los personajes, otorgándoles un dinamismo compulsivo, es sumamente acertado, ya que es la manera visual de plasmar la patológica actividad de nuestra época. Por otra parte, encontró no sólo eco, sino un apoyo definitivo en la escenografía de Antonio López Mancera, quien resolvió en forma idónea todos los cambios de lugar y de tiempo que la obra requería, y favoreciendo la atmósfera alucinada de cada escena.

Sería imposible detallar los aciertos de cada uno de los actores, ya que todos –los veintitrés– consiguen una homogeneidad que hace del espectáculo su mayor virtud. Estos actores son: Carlos Bracho y Joaquín Lanz –los pivotes del drama–; Andrea Cotto y Rodolfo Rocca –los enamorados que sucumben–; Salvador Zea –el mudo que viene a ser el enlace para el contrapunto– y secundando a éstos: Raúl Quijada, Carlos Vázquez, María Luisa Alcalá, Sonia Méndez, Regina Cardó, Marta Ofelia Galindo, Manuel Armenta, Ricardo Deloera, Eduardo Monden, Kika Meyer, Angelina Corona, Ignacio Montero, María Wagner, Julián Avitia, Ramón G. Larrea, José Riande y los niños Luis Lara y Mario Eduardo Lara.