FICHA TÉCNICA



Título obra Viento en las ramas del sasafrás

Autoría René de Obaldía

Notas de autoría Wilberto Cantón / traducción

Dirección Fernando Wagner

Elenco Sergio Kleiner, Fernando Mendoza, Elsa Cárdenas, Ángel Pineda, Carolina Barret, Rosa María Caloca, Enrique Aguilar, Miguel Bravo

Escenografía David Antón

Vestuario David Antón

Espacios teatrales Teatro El Granero

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. Viento en las ramas del sasafrás”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 28 agosto 1966, p.5.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

Viento en las ramas del sasafrás

Mara Reyes

Teatro del Granero. Autor, René de Obaldía. Traducción, Wilberto Cantón. Dirección, Fernando Wagner. Escenografía y Vestuario, David Antón. Reparto: Sergio Kleiner, Fernando Mendoza, Elsa Cárdenas, Ángel Pineda, Carolina Barret, Rosa María Caloca, Enrique Aguilar y Miguel Bravo.

Si no me equivoco, Viento en las ramas del Sasafrás es la primera obra que se escenifica en México de René de Obaldía, a pesar de ser la última de la producción de este autor franco-panameño. En ella, encontramos, al borde de la caricatura, a casi todos los personajes de los westerns norteamericanos, aunque parezca mentira que una película de caballitos, pueda realizarse sin caballos y entre cuatro paredes, válgaseme aquí la licencia de llamar paredes a los cuatro lados del escenario del Granero.

Encontramos a una familia de “humildes” colonos –los Rockefeller–, de esas sencillas y honradas familias que matando apaches hicieron del oeste primitivo un lugar civilizado. Vemos también en la obra al comanche, enemigo furioso de los rostros pálidos, y al apache, traidor a los suyos y amigo de los rostros pálidos, y los escuchamos, como en las películas, hablar en dialectos incomprensibles, o en un inglés de telegrama mal redactado, sólo que en esta ocasión, su lenguaje está aderezado con algunas intrusiones de la “cultura” occidental –como por ejemplo, cuando el indio dice que todos son unos “tartufos”.

Por supuesto, no falta “la muchacha” que aquí se defiende del pícaro granuja de su hermano que desea sostener con ella relaciones poco fraternales, como si presintiera a Tennessee Williams en un futuro no lejano; pero al final de la obra se comprueba que todos estábamos equivocados sobre el muchacho Tom, pues resulta ser un heroico y bondadoso hijo y un fraternal y valeroso hermano.

También aparece la joven prostituta, y su pecado es mediatizado por el hecho de exponer la vida por salvarlas vidas de los colonos quela acogieron en su hogar. Al fin se descubre su verdadera identidad de hija ilegítima y en trance de morir es rescatada de ese mundo pecaminoso, por el médico borracho, que siempre está dispuesto al sacrificio, y que al casarse con ella se rescata a sí mismo, haciéndose perdonar, con tal acto de caridad y bondad, sus errores pasados.

No podía faltar el muchacho justiciero –forastero misterioso– que con una mirada se gana el corazón de “la muchacha”. Y, por supuesto, llega el final feliz, después de confesiones entre los padres, llenas de ternura, con el triunfo de los buenos sobre los malos –que siempre resultan ser los apaches–; y de la virtud sobre la maldad, coronada por la riqueza que les cae del suelo (petróleo), más que del cielo.

La ironía campea a todo lo largo de la comedia, y los elementos de sorpresa se sobreponen con insistencia, tales como: los anacronismos –como aquel en que el médico dice que si ya se hubiera inventado la penicilina Miriam se salvaría– o las parrafadas en verso que dice la prostituta –como aquella en la que narra la aniquilación de la ciudad de la cual ella es única sobreviviente, y que recuerda paradójicamente a los mensajeros de las obras de Esquilo o de Eurípides, contando las hecatombes de una guerra o la desaparición de Troya.

Para la representación, Fernando Wagner contó con muy buenos elementos, de entre ellos sobresale un actor a quien recientemente vimos en La pícara Cocó, en el Teatro Arlequín, quien, aunque en aquella ocasión no tuvo oportunidad de lucimiento, ya dejaba ver sus posibilidades, me refiero a Sergio Kleiner, quien en esta obra hace una creación de su personaje. Si bien es sabido que los papeles de borracho son muy “agradecidos”, la originalidad de su interpretación y el perfeccionismo con que está trabajado el personaje revelan en Sergio Kleiner una categoría nada común. Es de los actores que saben crear un clima escénico y mantenerlo durante todo el tiempo que permanecen en escena, aunque no digan una sola palabra. Encadena de tal forma sus reacciones que da la impresión, como los dibujos de Elvira Gascón, de estar hechos de una sola línea. No hay un solo quiebre, ni una pequeña mancha fuera del dibujo lineal.

Con otras características, pero igualmente eficaces, realizan sus respectivas interpretaciones Fernando Mendoza –en un papel totalmente distinto del último que le vimos en Álbum de Familia–; Elsa Cárdenas, quien se desempeña con toda desenvoltura; Ángel Pineda –al que siempre he considerado como un magnífico actor un tanto desaprovechado por los directores y que en esta obra tiene tres escenas a las que saca el mayor de los partidos–; Carolina Barret –en el papel de la madre vidente–; Rosa María Caloca –en el papel, nada fácil, de la prostituta redimida–, y Enrique Aguilar, el muchacho bueno y valiente de la película... perdón, de la comedia. Muy otro es el caso del joven Miguel Bravo, quien en su afán de actuar para el público, acaba por echar a rodar su personaje, debido a la total artificialidad de sus reacciones.

La escenografía de David Antón no sólo es la más apropiada para la obra, sino que otorga una atmósfera a ese cuadrilátero tan difícil de “aclimatar” que es el escenario del Teatro del Granero.

El trabajo de Fernando Wagner es digno de elogio por la finura con que abordó la sátira, así como el de Wilberto Cantón, ya que la traducción presentaba serios escollos, tanto por las tiradas versificadas, como por los juegos de palabras puestos en boca de los indios “Ojo de Perdiz” y “Ojo de Lince”.