FICHA TÉCNICA



Título obra Grande y pequeño

Autoría Botho Strauss

Dirección Brígida Alexander

Elenco Julieta Egurrola, Luis Rábago, Brígida Alexander, Rafael Pimentel

Escenografía José de Santiago

Espacios teatrales Teatro el Galeón

Notas En ese año, el Teatro el Galeón era Centro de Experimentación Teatral-INBA

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Grande y pequeño: teatro de experimentación” en El Día, 21 octubre 1985, p. 23




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Grande y pequeño: teatro de experimentación

Malkah Rabell

Hace ya mucho tiempo que no he visto espectáculo de experimentación con tantos elementos novedosos como el presentado en el teatro Galeón que parece ya llamarse Centro de Experimentación Teatral-INBA. Aunque a decir verdad la obra no me ha gustado. Su primera falla: la excesiva duración. ¡Cuatro horas! lo que actualmente es excesivo no sólo por la falta de paciencia, sino por el miedo que la gente tiene de salir demasiado tarde de una sala de espectáculos. Hecho que personalmente me obligó a abandonar la sala después de la primera parte de ese Grande y pequeño del autor alemán Botho Strauss.

Segunda falla: Según nos avisa el programa de mano: "Grande y pequeño como toda obra teatral de vanguardia, resulta difícil de calificar; algunos han visto en ella una pieza realista sintiente'... Otros la consideran parcialmente expresionista, muy en la línea de algunos brotes recientes en el campo de las artes plásticas y no ha faltado quien la considere una tragicomedia sui-géneris, al margen de etiquetas clasificadoras". De estas tres opiniones adhiero a la segunda. La pieza me parece muy influida por las artes plásticas, y numerosas escenas parecen imágenes o mejor dicho cuadros más bien surrealistas que expresionistas. Y algunos de estos cuadros son auténticamente bellos, como toda esa primera larga escena en el aeropuerto de Marruecos, donde la gente va y viene, y sus siluetas, ya aumentadas ya disminuidas, se dibujan en sus diversos tamaños detrás de las puertas de vidrio o de las ventanas. Y especialmente bellas son las figuras inmovilizadas en toda clase de actitudes, que adquieren su movilidad momentánea para volver sin tardar a sus posturas de esculturas o de maniquíes.

Mas, la falta de unidad entre las diversas escenas, su ausencia de "drama", las hacen indiferentes e inexplicables para la mayoría del auditorio. Tal vez una de las razones de nuestra incomprensión ante todas esas figuras, ante toda esa humanidad en movimiento que emite extraños ruidos, se debida a que la protagonista, Lotte –interpretada por la excelente actriz universitaria, Julieta Egurrola–, sostuvo un largo parlamento con una rapidez, que algunos pretenden naturalista, y una repentina falta de dicción, que resultaba casi incomprensible para el oyente. Posiblemente este parlamento en el aeropuerto marroquí debía aclarar muchos aspectos de la obra y de la psicología del personaje. Porque de otro modo no tendría explicación alguna otra de las pretensiones del programa de mano que asegura: "El lenguaje de la protagonista (Lotte), es depositario de un proceso en el cual se van perdiendo las posibilidadedes de contacto humano; por ello su mensaje se erige como alegoría de la encrucijada en la que está desembocando la civilización occidental".

Lo primero que llama una poderosa atención en este espectáculo es la extraordinaria escenografía de José de Santiago. Escenografía de dos pisos, que rodea al auditorio y es increíblemente ligada a la intensidad del espectáculo. Se diría que sin semejante marco, con sus 10 habitaciones, algunas arriba y otras abajo, con sus puentes y luces que rodean la sala, no podría haber representación.

En cuanto a la dirección, los cuadros de Grande y pequeño –título cuya explicación tendré que esperar hasta poder asistir a la segunda parte del espectáculo–, están elaborados con una limpieza, con una disciplina, con un orden creativo donde cada botón se halla en su lugar preciso. Al muy numeroso reparto, no se le puede reprochar casi falla alguna, sobre todo en lo que a técnica corporal se refiere, y de los numerosos nombres, queda en la memoria los de Julieta Egurrola, Luis Rábago, Brígida Alexander y Rafael Pimentel. Mas, no podemos impedir que tanto la escenografía como la dirección, con toda su sugestividad, se muestren incapaces de rellenar el vacío de la obra de Botho Strauss. En la versión de Brígida Alexander, este autor –posiblemente más poeta que dramaturgo, pero de quien ignoro cualquier otra creación–, no logre ni conmovernos ni convencernos, y ni siquiera aclararnos algunos de sus puntos de vista, por más que la entusiasmada introducción del programa de mano pretenda que trátase de un creador: "poderosamente innovador en su precisión narrativa y en sus hallazgos lingüísticos".