FICHA TÉCNICA



Título obra Aire frío

Autoría Virgilio Piñera

Dirección Eduardo Corbé

Elenco Mónica Miguel, Salvador Jaramillo, Edith Kleiman, Antonio Valencia

Espacios teatrales Teatro Independencia

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Aire frío con Mónica Miguel” en El Día, 22 julio 1985, p. 21




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Aire frío con Mónica Miguel

Malkah Rabell

La dramaturgia cubana me resulta muy poco conocida. Las raras veces que tuve la oportunidad de presenciar alguna obra cubana me llamaba la atención su tono melodramático. El mismo tono lo encontramos en la obra Aire frío del autor cubano, Virgilio Piñera, que actualmente se presenta en el teatro Independencia. Melodrama de tres horas y diez minutos de duración, con sus tres actos que más bien parecen las tres partes de una telenovela dividida en diez capítulos. Aire frío –contrapunto a los calores de La Habana–, nos presenta la historia bastante repetitiva de una familia de clase media, desde los años 1940 hasta 1958, que ha de luchar desesperadamente contra la miseria que ahoga el talento del joven poeta, el hijo menor de la familia, y la personalidad de su hermana, Luz Marina, soltera a los 30 años, que se dedica a coser ropa ajena, de mujeres pobres que más le quedan debiendo de lo que le pagan. Una familia formada por una madre sacrificada a lo que ella cree el bienestar de los suyos, un bienestar representado por el sueño, imposible de realizar, de comprar un ventilador por 18 pesos. Esposa acostumbrada a los deslices amorosos de su esposo, padre soñador que vive más de fantasías que de realidades, con tres hijos y una hija. Y es, en especial, la historia de esta hija, Luz Marina, que lleva a escena Virgilio Piñera, en su no poco autobiográfica obra.

Más, pese a sus repeticiones, pese a su larga duración y hasta pese a su estilo teatral ya bastante envejecido, la representación no aburre y mantiene vivo nuestro interés durante las tres horas y diez minutos de permanencia en escena. Y ello se debe, creo, al excelente manejo de los actores que realiza el director, igualmente cubano, Eduardo Corbé, quien crea una atmósfera muy realista, tal como lo exige la obra, hasta con menores detalles de la vida cotidiana de una familia cubana pequeño burguesa pobre de la época prerrevolucionaria, que no deja de ser un documento vivo. Y son sobre todo los intérpretes que bajo su mano adquieren carácter expresivo y una intensa fuerza dramática.

El drama –o melodrama– se basa sobre todo en la figura de Luz Marina, que interpreta Mónica Miguel, que por fin ha encontrado un papel a su medida, digno de sus años de esfuerzos de excelente actriz. Luz Marina es un carácter "tropical", con mucho temperamento, mucha extraversión, con una constante catarata de palabras de reproche al mundo y a su propio ambiente familiar. Un personaje que no es fácil de interpretar para una actriz mexicana, es decir de un pueblo introvertido. Y no obstante, Mónica Miguel logra crear un tipo lleno de vida, de calor humano, de amor y de solidaridad para sus padres y sobre todo para su hermano menor, el poeta, pese a todos sus reproches. Una intérprete que se diseña como la mejor del año.

A su lado, un actor aún joven, Salvador Jaramillo, en el papel del padre, se destaca con una fuerza que se impone a toda la representación. A través de esa casi década de vida en su país, el padre va envejeciendo, y el intérprete de escena en escena encuentra un nuevo tono para subrayar los cambios del personaje, no únicamente en su persona física, sino en su psicología, en su personalidad espiritual. Otro actor de esta obra que parece diseñarse para un premio.

Entre el numeroso reparto, también Edith Kleiman, como la madre, logra imponerse, con su bello rostro su cabello cano. Un papel que desempeña con dignidad y ternura. A su vez Antonio Valencia, un actor de televisión, encontró el tono justo y los cambios de personalidad entre el joven poeta inexperto y el hombre ya maduro y destrozado que vuelve de Buenos Aires para encontrar a la madre del moribundo y al padre ciego.

La historia de esta familia, con su miseria, su destrucción por el ambiente, y su autodestrucción, sus dramas individuales y su drama colectivo, no deja de sugerirnos una dolorosa pregunta: ¿Qué se han hecho esas familias tan representativas del viejo régimen ¿Existen aún? ¿Han mejorado sus condiciones? ¿Se han adaptado a las nuevas necesidades? ¿No han tenido nada que perder. ¿Pero, han sabido ganar? ¿Han sabido sobrevivir a la tormenta y revivir?