FICHA TÉCNICA



Título obra Facundina

Notas de autoría Manuel Rocca / autor del estudio antropológico homónimo; Eduardo Halla / adaptación teatral

Dirección Eduardo Halla

Elenco Graciela Serra

Grupos y compañías Grupo INYAJ, de Argentina

Espacios teatrales Teatro Ciudadela

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Facundina, Grupo Argentino INYAJ” en El Día, 19 junio 1985, p. 21




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Facundina, Grupo argentino, INYAJ

Malkah Rabell

Se presenta actualmente en el teatro Ciudadela un grupo argentino formado por una pareja: un hombre y una mujer. La mujer, primera y única actriz, Graciela Serra; el hombre, Eduardo Halla, director y adaptador de un texto que lleva como título: Facundina, debido al escritor igualmente argentino, Manuel Rocca. Texto que podría considerarse un monólogo, si no fuera porque esa increíble actriz, Graciela Serra, tiene momentos cuando interpreta a varios personajes de ese teatro aborigen, cuya primera y única actriz es del mismo origen, de la raza guaraní, en cuyo idioma interpreta gran parte de la obra. Lo que no dejó de molestar a una parte del público porque no lograba entender el drama a la hondo.

Cierto, no todo lo entendíamos de este drama, o más aún, de esta tragedia racial de Facundina, que también era –y probablemente continúa siendo– la tragedia de un pueblo, de una raza, de un grupo étnico, que se conoce mucho más en el Paraguay, o en Bolivia, que en Argentina. Pero lo que más bien se puede reprochar a la interpretación, es la falta de unidad lingüística en la realización de su papel. Facundina nos narra su vida primero en español, y luego, cuando llega a los momentos más cruciales de esta autobiografía, empieza a usar el idioma guaraní. Tal distanciamiento lingüístico se puede, tal vez, deber a varias razones. Quizá se deba al orgullo de demostrar los conocimientos de un lenguaje poco conocido y aún menos usado. Pero, quizá se deba a un razonamiento psicológico. Cuando Facundina se halla serena y cuando relata, su adolescencia con calma, sabe dominar el lenguaje del "enemigo". Cuando pierde la serenidad y se encuentra frente a la destrucción de su tribu, de sus seres queridos, frente a todos esos cadáveres que hemos de imaginar sembrados por el escenario, por el terreno que fue su hogar y su patria, pierde el uso del lenguaje enemigo, y surge a flote el lenguaje materno, el habla de su sangre, el guaraní. Surge en palabras caóticas, en frases repetitivas, en carcajadas que se mezclan al llanto, una risa neurótica y primitiva. Un lenguaje cuyo contenido nos salta con su terrible lamento. No sabemos lo que dice, pero sentimos lo que siente, lo que piensa, por lo que se desgarra. No entendemos su idioma, pero entendemos el lenguaje de su corazón y de su interpretación teatral podría recurrir a cualquier idioma de la tierra, y el público la entendería de todos modos, por su arte interpretativo.

En un escenario desnudo, oscuro, sólo iluminado por una antorcha, por una tea, que llamea en un rincón e ilumina la imagen de la actriz, o por lo menos da la impresión de iluminarla, cuando en realidad es la luz de los proyectores que crea como una aureola en torno de su silueta. Facundina, sentada en el proscenio, vestida con la ropa de su pueblo y de su miseria, con su rostro doloroso y quizá demasiado expresivo para un ser primitivo, nos cuenta algunos detalles de su vida.

"Yo nací en una casa de piedra", dice Facunda con un implacable orgullo. ¿Qué significa en su vida, en su destino, una "casa de piedra"? ¿Sería lo mismo que la "casa grande" en tantas aldeas de América Latina? ¿Sería la casa del patrón, donde la madre, su madre, la de Facundina, hubiese sido la sirvienta, la cocinera o la amante del dueño? Probablemente con su madre y con su abuela, Facundina fue feliz. Pero se presentó en su vida un hombre ya maduro, y se la llevó lejos de la madre y de la abuela. Pero Facundina se acostumbró al hombre de quien le tocó ser la mujer, o la sirvienta, o la esclava. Mas, aunque tuviera marido, no tuvo a nadie para que la ayudara a parir. Parió sola. Como la mayoría de las mujeres del campo en nuestra inmensa América Latina. Y estas escenas de la entrega al marido y del nacimiento del hijo muestran cuan dueña de una extraordinaria técnica corporales. Con la ayuda de un pequeño sombrerito, de aquellos que usan las mujeres aborígenes de las tierras del Sur de nuestra América, logra escenas de gran arte, de extraordinaria vivencia realista. Algún crítico dijo de Graciela Serra que hubiera sido un orgullo para Stanislavsky tenerla como alumna. Y ya que al gran Stanislavsky no le tocó tal suerte, alegrémonos de que nos tocara en suerte, a los habitantes del D.F., tener –aunque sólo fuera para unos días– en nuestra ciudad y en uno de nuestros escenarios capitalinos a tan extraordinaria actriz.