FICHA TÉCNICA



Título obra Nube nueve

Autoría Caryl Churchill

Dirección Julio Castillo

Elenco Homero Wimer, Leticia Perdigón, Lilia Aragón, Silvia Caos, Arsenio Campos, Javier Ruiz, Morris Gilbert

Escenografía Alejandro Luna

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Nube nueve ¿comedia o tragedia?” en El Día, 4 marzo 1985, p. 24




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Nube nueve ¿comedia o tragedia?

Malkah Rabell

La obra de la autora inglesa, Caryl Churchil, se divide más que en dos actos, en dos partes. La primera nos lleva –extrañamente– a la Inglaterra colonial de la reina Victoria. Y nos cuesta bastante esfuerzo antes de acostumbrarnos a ese clima que nos recuerda a las películas de Tarzán. La segunda parte o el segundo acto, nos devuelve a la Inglaterra de hoy, cien años después, en 1980. Y la autora trata de demostrar que en la hipócrita época de la moral victoriana, y en la liberada –tal vez excesivamente– época nuestra, los deseos, las tendencias y las atracciones sexuales, son los mismos. Y como dice el programa de mano: "Han pasado cien años, pero para los personajes sólo son 20 años después..." Sólo cambian el vestuario y las costumbres; los sentimientos y las atracciones permanecen los mismos.

Pues, son estos sentimientos, deseos, atracciones, sobre todo sexuales que parecen únicamente preocupar a la autora. En la época victoriana, en el Africa de 1880, el héroe Harry Bagley, persigue a un niño quien parece muy contento de ser perseguido; También hace lo mismo Harry con el servidor más "fiel" al amo blanco, y el menos fiel a su propia gente. La institutriz británica siempre parece dispuesta a echarse en brazos de la dueña de casa, y todos parecen formar una cama redonda. Cien años después, ya abiertamente, las cosas se llaman por su nombre: homosexualismo y lesbianismo, que a veces se juntan, sin la menor incomodidad, bajo el mismo techo. En el primer acto, todavía existe cierta crítica contra la política colonial, contra la dominación inglesa que trata a los nativos como esclavos. En el primer acto, aún encontramos a un personaje como Yoshua, traidor a su propia gente, malinchista africano, pero sin la extraordinaria personalidad de la Malinche. Yoshua es un verdadero gusano, cuyo único sueño es ser bien visto por los blancos. Es un personaje que no está del todo aprovechado por la comediógrafa. En el segundo acto, ya no hay nada, fuera del sexo. El homosexualismo y el lesbianismo parecen gritar sus verdades por las calles de Londres. Y todo ello no deja de hacernos pensar en la decadencia del imperio romano.

Y no podemos dejar de preguntarnos: ¿qué tiene que ver todo ello con nosotros? ¿Realmente, no tenemos más graves problemas? Vivimos en una época de tantas desgracias, con una guerra nuclear en el horizonte; con una crisis nacional y mundial económica, y una desocupación que deja sin pan a tantos habitantes del mundo entero, ¿y sólo encontramos en el repertorio extranjero ciertas desviaciones sexuales? Tengo el máximo respeto, y ya lo he dicho muchas veces, por la vida íntima de cada uno, por sus problemas sexuales o de otra índole; pero no puedo aceptar que se haga propaganda desde el escenario del homosexualismo o del lesbianismo, que pueden hacer mucho daño a una juventud aún no madura. Es muy natural que ya no queremos aceptar la moral que arrojó a la cárcel y destrozó la vida de un Oscar Wilde, ni tampoco la moral que en nuestro propio país da el derecho a padres machistas a denigrar, a humillar y trastornar la vida de sus hijos cuando éstos no tienen la misma concepción de la existencia que sus jefes de familia. Pero de allí a darle tanta importancia en repertorio, estrenos, festivales y concursos... ¡Tampoco! Podríamos admitirlo si fuera solamente ocasional defensa dramática de un sector muy numeroso en el país. Pero lanzarlo como una moda, una "onda", que nos recuerda los diez premios "Salvador Novo" de teatro de 1984, que en su mayoría fueron otorgados a este tema, me parece darles demasiado derecho, y sobre todo demasiado lugar en el teatro que consideramos serio. Aunque se presente en una sala de tan poca seriedad como el Principal.

Dirigida por Julio Castillo, esta no sé si comedia o tragedia, no es precisamente una de sus mejores puestas en escena, aunque el ritmo es perfecto y encontró algunos de esos hallazgos en los cuales es maestro. Creo que ni al director mismo le resulta muy simpática la obra, aunque diga lo contrario. Probablemente dio el papel de la dama victoriana a un actor, Homero Wimer, y el papel de un muchacho joven, Edward, a la joven actriz, Leticia Perdigón, con un consciente o inconsciente deseo de subrayar los equívocos que florecen en el alma humana. Los dos actores interpretaron a la perfección a sus personajes. Igualmente Lilia Aragón resultaba excelente en tres personajes psicológicamente antagónicos, o por lo menos los imaginó como tales: la lesbiana de carácter masculino, como Carolina; la lesbiana excesivamente femenina, como Ellen, la institutriz; y por fin, una mujer que se supone normal, pero que se enamora de un gay, como el personaje mismo se denomina. También pusieron el tono justo a sus respectivos personajes, Silvia Caos –ya conocida como excelente comediante–, Arsenio Campos y Javier Ruiz. En cuanto a Morris Gilbert, ha mejorado infinitamente como actor, sobre todo en su papel de amo blanco, Clive.

Uno de los elementos más brillantes de la representación, fue la escenografía de Alejandro Luna, sobre todo en el primer acto, cuando llenó el escenario de animales disecados, trofeos de los cazadores blancos en África. Animales a la vez bellos y chistosos.

Y para poner el punto final, admito humildemente que no entiendo el significado del título Nube nueve.