FICHA TÉCNICA



Título obra La escalera

Autoría Charles Dyer

Elenco Sergio Jiménez, Alberto Rojas (El Caballo)

Espacios teatrales Teatro Sullivan

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. La escalera entre lo comercial y lo dramático” en El Día, 9 enero 1985, p. 22




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

La escalera, entre lo comercial y lo dramático

Malkah Rabell

Nada más difícil que reducir el interés de una acción escénica a la presencia de dos intérpretes, tal como lo hace el dramaturgo inglés: Charles Dyer. Nada más difícil que lograr ese interés a base de las tres unidades clásicas: unidad de tiempo, de lugar y de acción. Porque todo sucede en el transcurso de unas horas, en el ambiente deprimente de una peluquería, en plena decadencia, donde las paredes se desgajan a la vez que los sueños de sus ocupantes; con una acción, donde nada sucede, nada se mueve en la superficie, y todo el proceso va por dentro, cuando dos hombres hablan y hablan, y cada uno parece no oír al otro, y cada uno habla de sí, para sí. La soledad de dos vidas que reflejan en su grotesca deformación la de todos los matrimonios "normales", después de veinte años de la mal llamada "convivencia", cuando los odios, !os rencores, las insatisfacciones de dos vidas sin realizarse, se vuelcan en la necesidad sadomasoquista de echárselo en cara uno al otro, y de sentirse, y de sentir al otro como víctima y victimario. Y a la vez, esa morbosa, trágica necesidad de amar al otro con las últimas fuerzas del fracaso, con la seguridad de que fuera de esas cuatro paredes ya nada hay, fuera de esa convivencia ya sólo existe un mundo enemigo, un mundo que los acecha para la última destrucción. He aquí un "matrimonio" que se distingue de los demás porque ni siquiera tiene ese lamentable consuelo de las parejas "normales" que se cobijan en la bendición oficial que la sociedad otorga a la "gente decente". Tragedia de minorías perseguidas: negros, árabes, judíos, homosexuales, con la pared de su doble soledad en torno, la da su condición humana y la del tabú social.

Hoy, esta tragedia tan cercana –ser homosexual y "casado" con otro homosexual–, casi se antoja envejecida por esa rapidez de cambios, cuando en el desmoronamiento general de la raza blanca y de su cultura occidental, en sus últimos pasos por el campo de sus milenarios triunfos, aún le alcanza el tiempo para realizar trascendentes cambios éticos. Y ya ni el homosexualismo, ni la droga, ni la negritud son pecados mortales, y cada uno de eso estados por años reprimidas, toma su revancha, violenta, desbocada. Pero La escalera aún estamos en pleno mundo de las represiones cuando el ser humano llega a odiar su propia imagen en el espejo, cuando llega a creer que la malevolencia ajena debe tener alguna razón lógica, y esa explicación de odio ambiental sólo la encuentra en sí mismo.

En la escena, dos hombres, dos actores, Sergio Jiménez y Alberto Rojas. el Caballo, en cuya actuación hemos depositado la esperanza de encontrar en la obra de Charles Dyer el único interés que pudiese tener en la actualidad: el del virtuosismo de los dos intérpretes. Lamentablemente no lo hemos encontrado. En una sala teatral acostumbrada a un determinado público, ante un auditorio acostumbrado a encontrar en el Sullivan un repertorio frívolo, y a veces hasta más que frívolo, pornográfico, fue, desde luego, necesario adaptar la obra a un lenguaje más fácil, más cómico, y por igual el tono de los intérpretes, sus actitudes debían adaptarse a esa psicología nueva. Aunque ninguno de los dos trató de subrayar con exceso las actitudes que en estos casos suele hacer reír. Los dos actores fueron sobrios, hasta muy sobrio.

Los dos intérpretes, llegado cada uno de un ambiente teatral distinto, de una corriente diversa, han hecho el esfuerzo de adaptarse uno al otro. Pero faltaba la mano de un director. La auto-dirección que ambos intérpretes impusieron a sus personajes, resultaba deteriorada por esta imposibilidad de ser juez y parte, de ser director e intérprete a la vez. Alberto Rojas, que no sé por qué es llamado el Caballo, es un excelente actor, pero tiene la debilidad de no preocuparse por su dicción y para mí, la mitad de sus parlamentos quedaba perdida. Este protagonista en realidad es dramático, pero no llegaba hacia nosotros con su drama, sino con su aparente comedia. En cuanto a Sergio Jiménez, es bien conocido como excelente actor precisamente en el campo del repertorio serio, ha dirigido estupendamente, hace poco, una comedia en el teatro Manolo Fábregas: No hagan ruido. Pero dirigía a otros, en el presente caso lo hacía consigo mismo, y no dio el mismo resultado. También él trataba de transformar su drama en una comedia. Y de ese doble juego de los protagonistas surgió una obra equivocada. En lugar de una tragicomedia, resultó una comedia, que a veces hasta caía en la farsa.