FICHA TÉCNICA



Título obra Equus

Autoría Peter Shaffer

Dirección Enrique Gómez Vadillo

Elenco Héctor Álvarez, Enrique Gómez Vadillo, Ernesto Rivas, Mario Carvajal, Óscar Gómez, Antonio Carvajal, Karina Duprez, Clara María diar

Espacios teatrales Teatro Roma

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. La última representación de Equus” en El Día, 2 enero 1985, p. 22




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

La última representación de Equus

Malkah Rabell

Ya he visto en años anteriores dos o tres veces el drama de Peter Shaffer (el mismo autor que escribió Amadeus). Equus. La volví a ver en su última función del pasado año, 1984, en el teatro muy poco atractivo: Roma, con igual interés, e igual gusto, aunque nada había cambiado en la puesta escénica de Enrique Gómez Vadillo. Se trataba de la misma versión que el veterano director, Vadillo, nos dió a conocer hace más o menos una década. Versión que lanzó como revelación al muy joven –por aquellos años– actor Jaime Garza en el papel estelar de Alan Estrang: caso clínico de extraña demencia de un adolescente, que en una noche de heterogéneas pasiones, inexplicables hasta para el doctor psiquiatra, cegó seis caballos a cuyo cuidado estaba dedicado. Y no obstante Alan amaba a los caballos. Los ornaba desde su infancia, cuando un desconocido jinete lo llevó a lomo de un corcel pura sangre. Uno de esos caballos que los ingleses aman tanto y a los cuales, cuando no los hacen correr en alguna famosa carrera, montan al galope por los verdes prados de su verde Inglaterra. Lo único nuevo en la actual puesta en escena, es el reparto. En esos últimos años, Jaime Garza maduró, como persona y como actor; física y artísticamente esa frescura juvenil que lo distinguía, ha desaparecido con papeles como Hamlet o como el santo varón defensor de los animales, San Francisco de Asís. En la presente versión es un nuevo Alan que apaece: el joven actor Héctor Álvarez. No sabría decir si este papel de Alan es su primera aparición en el escenario, o sólo su primera participación en un papel de semejante magnitud.

¡Pues sí!, este joven actor Héctor Alvarez, tiene "ángel" y talento, presencia escénica y una gran facilidad de moverse por el escenario como si fuera su propia casa. Dicen que nunca segundas partes fueran buenas. Mas, aquí no rige tal sentencia. Héctor Álvarez se compenetró con su personaje y lo hizo vivir en la escena con toda libertad, como un actor maduro. Desnudarse en el escenario, y en tal desnudez interpretar las escenas más violentas y dramáticas, es realmente difícil. Tampoco es fácil interpretar las escenas de locura sin ropa. Escenas que nunca llegan a exasperar. Todo en Héctor Alvarez es natural, hasta de la adolescencia da una imagen verídica, más allá de su auténtica juventud. Y cuando se desnuda, parece hacerlo inconscientemente, sin morbo alguno.

En el papel del psiquiatra Martín Dysart, que en temporadas anteriores interpretaban, primero el fallecido hace algunos años actor José Gálvez, y más tarde (si no me equivoco) Carlos Ancira, actualmente lo interpreta Enrique Gómez Vadillo. Y los dos protagonistas de la presente versión lograron hacernos olvidar al antiguo reparto. Lo que tampoco fue fácil. Tanto el actor novel como el actor veterano: tanto Héctor Alvarez como Enrique Gómez Vadillo han dado a sus respectivas actuaciones el tono justo y convincente que exige el drama.

En esta obra de Peter Shaffer basada en el psicoanálisis y dramáticamente concebida como sesiones psiquiátricas, lo que hace una década todavía era un tema muy frecuente entre los dramaturgos anglófonos o francófonos. Mas, en el presente caso, el autor, Shaffer encontró un trauma que ni el mismo Freud hubiese podido urdir: el amor de un joven por una bestia, y el miedo que el mismo joven tenía por la acusación de un caballo que lo vio "pecar". Y así el caballo se vuelve testigo que en la mente trastornada de su cuidador es necesario eliminar.

Por otra parte, el dramaturgo despierta en el público dos intereses equidistantes: descubrir si el adolescente "criminal" es realmente loco, o sólo finge; y segunda interrogante: ¿Quién tiene la culpa de los desvaríos del acusado? Tanto el médico psiquiatra como los jueces no pueden dejar de buscar explicaciones del lado de la familia. El drama del hijo, aunque sólo duró una noche, debe tener raíces en la educación, en la religiosidad, o en la falta de religiosidad de los padres. Y la madre se indigna por la muda acusación de todo el tribunal: "iNo, no! Ni yo, ni mi marido hemos hecho nodo que tenga que ver con lo conducta de mi hijo. Es asunto de él, no de nosotros."

Lo más llamativo de la obra son las escenas de los caballos, interpretados por cuatro jóvenes actores: Ernesto Rivas, Mario Carvajal, Óscar Gómez, Antonio Carvajal, con sus cascos en forma de hocicos caballunos que carecen de lenguaje, pero dan a sus escenas forma de coreografía. El resto del reparto es muy correcto, sobre todo son excelentes las dos figuras femeninas, Karina Duprez, como la madre y la médica amiga del psicoanalista, Clara María Diar.

Equus no es una obra que baja del escenario sin pena ni gloria y se olvida en unos pocos meses. Es un drama que tiene que importar a cualquier actor joven que trata de llegar a ocupar un lugar en la farándula. El papel de Alan es del tipo que hace al actor, y tiene que llamar la atención de todo intérprete que se inicia.