FICHA TÉCNICA



Título obra Don Gil de las calzas verdes

Autoría Tirso de Molina

Dirección Héctor Mendoza

Elenco Marta Navarro, Héctor Cruz, Flora Dantus, Joaquín Lanz, Mabel Martín, Adrián Ramos, Alejandro Morán, Luis Torner, Miguel Ángel Zevada, Francisco Guerra, Jesús Ayala, Fernando Becerril, Roberto Trejo, José Luis Cerrada, Sergio Candia, Agustín Pérez, Héctor Mendoza

Notas de elenco Luis Heredia, Joel S. Espinosa y Fernando Herrera / músicos

Escenografía Arnold Belkin

Vestuario Arnold Belkin

Espacios teatrales Frontón Cerrado de la Ciudad Universitaria

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. Don Gil de las calzas verdes”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 17 abril 1966, p. 4.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

Don Gil de las calzas verdes

Mara Reyes

Frontón Cerrado de la Ciudad Universitaria. Autor, Tirso de Molina. Dirección, Héctor Mendoza. Escenografía, Arnold Belkin. Músicos, Luis Heredia, Joel S. Espinosa y Fernando Herrera. Reparto: Marta Navarro, Héctor Cruz, Flora Dantus, Joaquín Lanz, Mabel Martín, Adrián Ramos, Alejandro Morán, Luis Torner, Miguel Ángel Zevada, Francisco Guerra, Jesús Ayala, Fernando Becerril, Roberto Trejo, José Luis Cerrada, Sergio Candia, Agustín Pérez y en lugar de Luis Miranda, el propio Héctor Mendoza.

Lo que hubiera aplaudido Meyerhold de haber presenciado la realización que ha hecho Héctor Mendoza de Don Gil de las calzas verdes. La biomecánica, la pirueta circense, la pantomima arlequinesca, baile, canto, música, patines, acrobacias y muchas cosas más, han sido puestas al servicio de una obra clásica que la revive con eficacia. La inventiva de este talentoso director confiere a la obra de Tirso una nueva vigencia y hace de la comedia de ayer una comedia de hoy. Si una comedia nace por la necesidad de poner en evidencia a determinados personajes, de un determinado medio, el paso de los años hace que tal comedia quede como pieza literaria de museo. Lo que ha hecho Héctor Mendoza es sacarla del museo –aunque muchos opinen que es un acto sacrílego– y hacerla funcionar nuevamente como mecanismo vivo. Es como sacar de la vitrina un Stradivarius empolvado y hacerlo vibrar bajo el arco, para lo cual fue construido. Los museos embalsaman, no prolongan la vida.

Héctor Mendoza disloca los elementos, los retuerce y añade nuevos colores a la comedia. Si el fraile mercedario expuso engañosos dolores en una picota, Héctor Mendoza sumerge, como un biólogo, estos dolores engañosos en nuevos campos de cultivo o caldos propicios, de manera que cambia la forma de “la picota”. (Ejemplos de ella es el tango, usado en la escena entre Elvira e Inés).

Esta es de las escenificaciones en que la dirección no se explica sin la escenografía y viceversa, tal es la estrecha vinculación que existe entre ellas. Así pues, la escenografía y vestuario de Arnold Belkin, no puede separarse de la labor de Héctor Mendoza. Y a su vez, estos dos trabajos no pueden verse como algo aparte de las actuaciones de todos los que toman parte en esta realización.

Es como entrar a un mundo mágico, como llegar a una juguetería y descubrir que los muñecos gozan y sufren y se conmueven, hasta donde su alma de muñecos les permite gozar y sufrir y conmoverse. Es la juguetería en movimiento, con sus colores pastel, sus artefactos caprichosos, sus títeres que se doblan, bailan, corren –desarticulados, obedeciendo a su manera a los hilos que los mueven– lo que tenemos delante de los ojos. Y en los oídos, el deleite de los versos de Tirso de Molina, que cobran nuevo significado en ese mundo de muñecos que no por ilusionista, deja de ser retrato caricaturesco de un mundo cuyos personajes se creen sin hilos ni titiriteros.

La actuación de esa excelente actriz que es Marta Navarro es una revelación auténtica, no obstante, más exacto sería hablar de una “revelación conjunta”, pues es toda una generación de actores la que se descubre. Los logros de Flora Dantus, Mabel Martín, Joaquín Lanz, Héctor Cruz, Alejandro Morán, Adrián Ramos y de todos los demás son innumerables. Y otra revelación importante es la del público que abarrota las localidades y con cuyo concurso se avala todo movimiento teatral. Están pues sentadas las bases de una nueva etapa escénica, en la que todo reluce: la brillante dirección escénica, la escenografía, los intérpretes y un público que apoya el espectáculo.

Se trata de un trabajo en equipo, en perfecta armonía, en conjunción y no en yuxtaposición, en el que se pone de manifiesto un dominio técnico del arte teatral y un buen gusto a toda prueba. Modernizar los elementos escénicos o interpretativos al montar una obra clásica, es una tentación para muchos directores, pero pocos son los que llegan a la plena consecución de su objetivo. Héctor Mendoza –joven director y ya plenamente maduro–, Arnold Belkin y todos los actores –en su mayoría egresados o alumnos todavía, de la Escuela de Arte Teatral de Bellas Artes– pueden sentirse orgullosos de esta realización.