FICHA TÉCNICA



Título obra La Estrella de Sevilla

Autoría Félix Lope de Vega y Carpio / autor atribuido

Dirección Ludwik Margules

Elenco Eduardo MacGregor, Sergio Bustamante, Emilia Carranza, Carlos Bracho, Lourdes Canale, Álvaro Carcaño, Miguel Sanromán, Eduardo Falcón, Guillermo Amaro, personas del pueblo de Tepoztlán

Escenografía Alejandro Luna

Espacios teatrales Patio del Convento de Tepotzotlán

Notas de productores César Castro / coordinación

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. La Estrella de Sevilla”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 27 marzo 1966, pp. 5 y 6.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO 2

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Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

La estrella de Sevilla

Mara Reyes

Convento de Tepotzotlán. Autor, Lope de Vega y Carpio. Dirección, Ludwik Margules. Diseños, Alejandro Luna. Coordinación, César Castro. Reparto: Eduardo MacGregor, Sergio de Bustamante, Emilia Carranza, Carlos Bracho, Lourdes Canale, Álvaro Carcaño, Miguel Ángel Sanromán, etcétera...

Teatro de México monta en Tepotzotlán su séptimo espectáculo. La obra que se representa en esta ocasión –al aire libre en el bello patio del convento– es La estrella de Sevilla, de Lope de Vega.

Esa obra se presta más que muchas otras de Lope para ser revivida con formas modernas de representación –como lo ha hecho el director Ludwik Margules– ya que se percibe por su contenido como una advertencia para el mundo moderno y por su forma, como precursora del género “pieza”. En ella, los personajes, de noble proceder y no de noble alcurnia, se enfrentan a un destino que los lleva a la infelicidad pero no a doblegar su conciencia.

La obra me parece más que una tragedia –como ha sido calificada– una pieza, en la que se denuncia el quiebre de valores de una época. Sus personajes, cuya acrisolada honradez arredra al propio rey, tienen ese sentido del honor parangonable al sentido del deber que encontraremos después en algunos de los personajes de Ibsen. Cuando don Sancho Ortiz de las Roelas reconoce que su único pecado ha sido tener honra en un mundo en el que “el verdadero honor consiste ya en no tenerlo”, se planta como acusador de una época, de un régimen en el que, quien debiera obrar mejor, que es el rey, obra como el más ruin. Don Sancho no es el personaje trágico que escoge su destrucción, sino que forzado, por mantener incólume su honor, obedece al mandato injusto y criminal del rey, a sabiendas de que con ello se labra su desdicha. Y lo que podría sucumbir con más facilidad, por ser lo más frágil, que es el amor entre él y doña Estrella, se salva, a pesar de todo, pues –aun reconociendo que su matrimonio no debe efectuarse– ni él, ni ella, reniegan de su amor y si se absuelven de la palabra empeñada y deciden no unirse, es con objeto de hacerse la vida menos intolerable. Esta especie de resignación dolorosa, que viene después de descubrir una verdad terrible y de afrontar las consecuencias para seguir viviendo, no es propia del héroe trágico, que se encamina hacia su propia destrucción, sino del protagonista de la pieza. Vemos pues, que en esta obra –variante de El Cid–, en la que Lope hace un estudio de caracteres revelando [p. 6] el medio social que los determina, se adelanta en su forma al naturalismo y realismo tan posteriores.

Muy bien escogida por Ludwik Margules la forma de representar esta obra, fuera de tradicionalismos, lo que la acerca más a nuestra época. Margules dio al rey una dimensión más humana que real; a don Sancho Ortiz, la dimensión del que se debe a su honor y no la del súbdito ciego; a Busto Tabera, la fraternal más que la de regidor y a Estrella, más la de cristalina pureza que la de enamorada. Y en estas dimensiones, ha acertado Margules, pues si la obra de Lope revela una estructura social de La España que brinca del Medievo al Renacimiento, el contenido más humanista que social, la coloca fuera del tiempo y el lugar, a pesar de lo español de su contexto: el problema del hombre que asume su deber en un mundo en el que el deber deviene antimoral, injusto e indigno. Esta contraposición que hace del honor un Mal y no un Bien, trastorna la conciencia humana. Y si en Jerónimo Bosco encontramos un mundo alucinado que fue el vislumbre, con siglos de adelanto del universo plástico de los surrealistas, en La Estrella de Sevilla vemos también, con siglos de adelanto, cómo Lope entrevió los problemas existenciales que hoy, por distintos caminos, nos señalan Sartre o Dürrenmatt.

De manera esquemática, pero directa y sugerente, actores y director, han sabido trascender la advertencia de Lope y mostrarnos cómo, cuando la obediencia a una suprema jerarquía se convierte en un acto que ofende la propia dignidad, se establece el conflicto entre la conciencia y el honor, conflicto que en cada guerra la Humanidad vive más dramáticamente.

Seria superficial hablar del aprovechamiento de las áreas, o de cómo Margules da diversos planos plásticos a las escenas, puesto que aunque esto constituye un logro, no es el esencial. La piedra de toque está en la escena en que don Sancho Ortiz de las Roelas, toca los lindes de lo demencial; escena muy bien vista por el director y por Sergio de Bustamante y que señala la cercanía del personaje con nuestro mundo actual en el que tal conflicto ha pasado de barranco, a ser abismo.

Destacadísima la actuación de Eduardo MacGregor que día a día evidencia una superación digna de encomio y que revela la probidad artística con que este actor encara su profesión.

Conociendo otras alturas de Sergio de Bustamante –como la que alcanzara en la interpretación de Tomás Becket en Becket o el honor de Dios, de Anouilh–, me parece que, en esta ocasión, salvo en la escena del monólogo donde duda en ejecutar la orden del rey, algo le pasó en las alas que le impidió volar tan alto. Hay vuelo, sí, pero da impresión de que en momentos se deja llevar por el viento y en vez de volar, planea; lo que le impide remontarse a esas alturas, frecuentadas por él en otras obras. ¿Será que el director no tuvo fuerza suficiente para izarlo? ¿Será que los seis días de inactividad entre domingo y sábado, en que se verifican las funciones, le entumió las alas? ¡Quién lo sabe! La materia prima está, también el modelado, sólo le falta el soplo creador para que veamos a don Sancho Ortiz de las Roelas en toda su anchura.

Emilia Carranza, con una interpretación lineal, se entroniza en el espíritu de doña Estrella, y digo lineal, porque el personaje lo es, no permite laberintos ni volúmenes, su conducta es lineal de principio a fin y esto lo comprendió la actriz perfectamente.

Con menos experiencia en el verso, pero con una correcta interpretación de lo esencial del carácter del personaje, Carlos Bracho hace una excelente personificación de don Busto Tabera, la víctima inocente del capricho de un rey. También excelente es la actuación de Lourdes Canale, quien encarna dos papeles, uno de ellos, el de la esclava que como un Judas –sólo que fracasada– vende a su ama, pero antes de que la mercancía llegue a manos del comprador es descubierta y castigada con la muerte. Muy bien también Álvaro Carcaño, Othoniel Llanas, Miguel Ángel Sanromán, Eduardo Falcón, Guillermo Amaro y aquellos del pueblo de Tepotzotlán que hacen de soldados.