FICHA TÉCNICA



Notas Tercera parte del balance anual del teatro en la ciudad de México

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Panorama de teatro en Mëxico en 1984. 3a. parte. Obras, actores, directores y escenógrafos.” en El Día, 26 diciembre 1984, p. 20




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Obras, actores, directores y escenógrafos

Malkah Rabell

Fue un año difícil este 1984, con problemas de toda índole, sobre todo económicos, que a muchos les quitaron el pan, y a otros el vino... o el champaña. Fue un año desolado, destructivo y desesperante. Y no obstante, el teatro en México siguió vivo, y lo sigue siendo. ¡Vivo, vital y a veces brillante! Sacaba sus fuerzas de Dios sabe qué honduras anímicas. A veces se notaba menos concurrencia los domingos en ciertas salas donde la asistencia de familias de clase media al finalizar la semana era de ley. Pero más se debía a una falta de entusiasmo por la representación que a una falta de recursos. Las obras que sí entusiasmaban llenaban las salas de un público que seguía a los productores de un teatro a otro. El mejor ejemplo lo tuvimos con El vestidor, que después de una larga temporada –casi un año– en el teatro Insurgentes, pasó con la misma gloria a el Hidalgo. Era dable encontrar calidades de menor o mayor calibre en casi todas las áreas de producción teatral, desde los teatros universitarios y el único subsidiado, como la Compañía Nacional del INBA, hasta los teatros sostenidos por intereses individuales: desde los teatros independientes hasta los grupos amateurs que en el presente año por primera vez salieron sobre la arena pública.

Artísticamente hubo de todo, drama, comedia, tragedia y farsa o vaudeville. Hasta revistas al estilo de las antiguas Tandas, como: Dos tandas por un boleto y El país de las tandas, más fresca y fiel a los originales la primera que la segunda. El rock a su vez conquistó ciertos textos donde para nada se le necesitaba, como su adaptación a Fausto y a Hamlet. Las obras documentales seguían interesando a un público sobre todo de jóvenes, como Los dos hermanos, de Felipe Santander, el autor de El extensionista llegó a las 2 mil funciones. Los autores nacionales creaban un nuevo boom como por los años 50, como ya lo explicamos en la primera parte de este "panorama". También las obras clásicas recuperaron un interés ue parecía deteriorado. Andrómaca, de Jean Racine, en la Compañía Nacional del INBA que tomó la decisión de dedicar cada año a la dramaturgia de un determinado país, y dedicó el 1984 al teatro francés con la tragedia raciniana clásica, y con el vaudeville, igualmente clásico en su género del comediógrafo galo del siglo pasado, Georges Feydeau. En otro escenario vino con la Compañía de la Universidad Veracruzana la tragedia de Shakespeare Otelo, en versión de la directora de escena Marta Luna algo exclusivamente barroca. También fue tragedia clásica la representada en el teatro Helénico, la de Eurípides: Electra, con Ofelia Guilmáin, la tradicional Clitemnestra de los escenarios mexicanos. Y por fin, para terminar el año, vimos en el teatro universitario Juan Ruiz de Alarcón, la Orestiada, de Esquilo, bajo la muy exacta dirección de José Solé.

Entre las obras contemporáneas hubo cinco que destacaron especialmente: La sonata de otoño, versión del cineasta sueco, Ingmar Bergman, que en la dirección de Salvador Garcini, fue de una especial sugestión, que ponía a sus intérpretes como en un estado de gracia, fuera de la realidad mundana. Espectáculo al cual dos actrices dieron una incontenible dramaticidad: Adriana Roel como la madre, y Alma Muriel como la hija en ese drama de madre-hija odiándose y amándose a la vez con pasión.

Buenas noches mamá, de la norteamericana Marsha Norman, premio Pulitzer de 1983, también ofrece el drama de madre-hija frente a frente, mas por razones muy distintas que en la obra de Bergman. En Buenas noches mamá el tema es el suicidio entre jóvenes en el vecino país del norte, que llega a ser la segunda causa de la muerte de los adolescentes yanquis. Dos actrices, Carmen Montejo como la madre y Susana Alexander como la hija, han logrado una extraordinaria interpretación, sobre todo la segunda en una personaje epiléptico que le da la posibilidad –bajo la muy acertada dirección de Manolo Fábregas– de crear un personaje muy novedoso en su carrera.

Otra obra que destacó sobre todo por la excelente dirección de Héctor Mendoza, es Crímenes del corazón, que a esta comedia más bien comercial impuso un ritmo, una realidad y una actuación de un grupo de jóvenes actrices universitarias, Julieta Egurrola, Margarita Sanz y Margarita Isabel excelentes en sus papeles. En cuanto al drama Ausencia de Dios, de John Pielmeir, María Teresa Rivas, como madre superiora de un convento subrayó la inteligencia del texto, en su largo diálogo con una psicóloga.

No puede olvidarse tampoco la obra de Peter Shaffer, Amaudeus, sobre la vida de Mozart, a la cual dirigió Manolo Fábregas con una férrea disciplina, con mucho cuidado por el menor detalle, atento a la fidelidad de los trajes de época y de la escenografía debidos a la producción de David Antón, y donde en la figura de Mozart destacó el joven actor Rafael Sánchez Navarro.

En el presente 1984, las buenas y hasta espléndidas actrices –como Carmen Montejo, Susana Alexander, Alma Muriel, Adriana Roel y María Teresa Rivas– lucieron más que los hombres. Aunque un actor como Sergio Klainer en el papel de un enfermo mental convencido de ser Cervantes-Quijote logró crear un carácter admirable en la bastante débil obra: Don Quijote murió del corazón, del autor mexicano fallecido hace algunos años, Federico S. Inclán, que ni siquiera la dirección imaginativa de Julio Castillo logró salvar.

El único intérprete del presente año que puede colocarse al lado Klainer en la competencia por el premio a la mejor actuación, es sin duda Luis Miranda en el drama a una sola voz: De camino al concierto, de la dramaturgia nacional, Marcela del Río, que también fue la directora del montaje de su propia obra.

El campo artístico donde hubo menor movimiento fue tal vez la escenografía que parecía haber entregado la mayor parte de su caudal a David Antón, que nunca había acaparado tantas producciones.En cambio, lo que más hemos extrañado en el transcurso del año fue la mano maestra de nuestros dos mejores escenógrafos, Guillermo Barclay –que sólo realizó la producción grandiosa de Ley de Creón–, y la de Alejandro Luna de quien realmente no he visto nada.

A parte de lo mencionado en estas tres partes del Panorama Teatral, hubo más, mucho más, digno de tomarse en consideración, pero imposible de mencionar en el reducido espacio de una crónica. Autores, actores, directores jóvenes y maduros, algunos que prometen y otros que ya son una realidad, aumentaron en este 1984.