FICHA TÉCNICA



Título obra Los infieles

Autoría Georges Feydeau

Dirección José Luis Ibáñez

Elenco Enrique Álvarez Félix, Gina Romand, Luis Torner, Carlos Riquelme, Lucero Reynoso, Jorge Alejandro

Escenografía David Antón

Vestuario David Antón

Espacios teatrales Teatro Venustiano Carranza

Notas

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Los infieles o cómo dormir mejor” en El Día, 28 noviembre 1984, p. 24




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Los infieles o cómo dormir mejor

Malkah Rabell

Caso extraño, precisamente cuando la Compañía Nacional de Teatro del INBA anuncia su próximo estreno de una comedia de Georges Feydeau: Hotel Paraíso (L'Hotel du libre-échange), también Salvador Varela estrena del mismo autor la comedia: Los infieles en el teatro Venustiano Carranza. Y Georges Feydeau no es un comediógrafo a quien las compañías mexicanas recurren con frecuencia, como por ejemplo a Alfonso Paso. ¿Será una falta de imaginación, o tan sólo un azar? Prefiero pensar que se trata de lo segundo, aunque en el presente año la repetición por diversas compañías del mismo autor, o del mismo género han sido excesivos. Mas, ya que se trata de un autor de la segunda mitad del siglo XIX, que refleja la vida de la burguesía francesa de la tercera República, ¿no hubiera sido más interesante traducir una comedia de Courteline? Feydeau, escritor muy controvertido de quien el comediógrafo contemporáneo, Marcel Achard dijo: "Feydeau, fue un gran cómico. El más grande después de Molière. .."; y en cambio de quien Silvio D'Amico afirmó, refiriéndose a su comedia más famosa: "Su bastante idiota obra, La dame de chez Maxime– tiene realmente muy poco en común con el sentido del humor mexicano.

Comedia en tres actos, que por fortuna progresaba en la comicidad a medida que pasaba de un acto, a otro. El primer resultaba aburridísimo y los actores, que llenaban el texto original de morcillas, se dirgían al público hablando del sueño que embargaba a no pocos de los presentes en la sala. Pero el sueño que embargaba a no pocos de los presentes en la sala. Pero el sueño al cual se refería el autor era de otra índole. El protagonista, Eugenio Ribadier, nuevo marido de la bella viuda Angélica, que desconfiaba de todos los hombres, y los consideraba candidatos a la infedilidad conyugal, por haber sido engañada en más de una oportunidad por su fallecido cónyuge, no puede sin embargo escapar a los mismos engaños de su nuevo esposo. Este, para tener el camino libre, usa el hipnotismo para dejar a su esposa profundamente dormida. Imagino que este recurso del autor, se debía a cierta moda, a cierta curiosidad por el hipnotismo entre la alta sociedad parisina de su época. Más, Angélica finge el sueño en los momentos más críticos para su marido y descubre así todas sus aventuras extra conyugales. Lo que da lugar a toda clase de confusiones, a toda clase de confusiones, a toda clase de quid pro quo habituales de los vodeviles, o como los llaman preferentemente los franceses: las pochades.

Aunque el reparto reúna o no pocos hombres muy conocidos en el repertorio de la comedia, como Enrique Álvarez Félix, muy elegante en el personaje del marido infiel; a Gina Romand en el papel de la esposa celosa y ya excedida de kilos, que antiguamente fue la "Rubia Superior"; al excelente actor de carácter, Luis Torner como Arístides, el antiguo enamorado de Angélica, que vuelve de un lejano viaje a !as colonias donde fue como diplomático; pues en realidad, el público no se divertía con exceso. Durante todo el primer acto no oímos ni un solo estallido de verdadera alegría. La risa empezó a fluir cuando apareció en escena Carlos Riquelme en el papel del marido engañado, mucho menor preocupado por la fidelidad de su conyugue que por la posibilidad de aprovechar este engaño para imponer al amante de ésta unos pequeños negocios en el área de los vinos franceses. Lo que logra sin mayor dificultad. Desde luego, como en cualquier vodevil que se respeta, todo termina bien, en el mejor de los mundos. La esposa cae en los brazos del marido no muy convencida de su fidelidad, pero deseosa de creer todas sus mentirijillas. Arístides decide volver a su lejana colonia, y hasta la sirvienta, interpretada por la joven y agraciada Lucero Reynoso, y el cochero, papel de Jorge Alejandro, ayudan, por sus propias aventuras amorosas, a poner la paz en el seno de la familia Rabadier.

La dirección de José Luis Ibañez, trató de conservar la "elegancia" francesa sin caer en otra clase géográfica de vodeviles, y logró una puesta en escena muy límpida. Lo que fue bastante contraproducente para la diversión de un público que paga $800 pesos el boleto con el único deseo de divertirse. Tampoco estaba muy lleno el teatro. Solo se encontraban ocupadas aquel domingo 25 de noviembre, las primeras ocho filas, no sé si debido a la crisis o al poco éxito de la comedia de Feydeau, que no logró convencer a nadie, ni siquiera a los actores. De lo único de lo que habló cierta crítica, fue de la producción muy lujosa debida a David Antón, tanto la escenografia como el vestuario bastante fieles al principio de nuestro siglo en que tiene lugar la acción, como lo anuncia el programa de mano.