FICHA TÉCNICA



Título obra Hamlet

Autoría William Shakespeare

Notas de autoría Tina French / adaptación

Dirección Salvador Garcini

Elenco Jaime Garza, Tina French, Ernesto Yáñez, Alma Delfina, Miguel Ángel García, José Roberto Hill, Juan Ignacio Aranda, Adalberto Parra (voz)

Coreografía Félix Greco

Notas de Música Grupo Kerigma

Espacios teatrales Teatro Julio Prieto

Notas

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Y Hamlet bailó el rock” en El Día, 26 noviembre 1984, p. 22




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

...y Hamlet bailó el rock

Malkah Rabell

Ya de por sí la obra shakespeariana tiene tendencia al barroquismo, a los excesivos colores fuertes y a la densidad de elementos dramáticos. Quizá nuestro gusto moderno preferiría una mayor desnudez, un mayor despojamiento. En el presente caso, la dirección de Salvador Garcini, al presentar un Hamlet que baila y canta rock, y al imponer una superestructura de música rock. que casi podría decirse agrega una nueva dimensión al original, termina por cansar. Hay momentos bien logrados, escenas cuando el rock se torna dramático. Más, tales escenas sólo son momentáneas. Y sobre todo el final, que realmente debe imponer al espectador la máxima impresión trágica, llega en cambio hasta el ridículo cuando ante un escenario cubierto por cadáveres, una voz femenina canta por micrófono: "Buenas noches, buenas noches, dulce príncipe". En primer término porque este príncipe no es nada "dulce", ni tampoco loco, como trata de llamarlo el programa de mano, al imponer como subtítulo: "El príncipe de la locura". Este príncipe "loco" es bastante más cuerdo que todos los personajes en su derredor. Y más que todos ellos entiende que hay "algo podrido en Dinamarca", por igual que lo hay en nuestro mundo contemporáneo.

Y volvemos a revisar la representación desde un principio, Salvador Garcini es un joven director lleno de imaginación y sentido del ritmo tanto dramático como cómico, que sabe manejar con agilidad y habilidad al conjunto artístico y permanecer fiel al texto pese a los elementos ajenos que suele agregar. Es uno de nuestros mejores directores jóvenes, que puede considerarse ya maduro en su profesión. ¿Será que la moda del rock se ha posesionado también de su ánimo? Transformar una obra clásica, una tragedia en un espectáculo musical, puede ser admisible, siempre que se conserve la medida, el buen gusto y el sentido común, siempre que se le de una gran calidad tanto musical como dramática. Más, ¿a qué sentido común se le pudo ocurrir bajar el último telón de una tragedia como Hamlet, la mejor obra de Shakespeare, con una canción de cuna tan cursi como ese "Buenas noches mi dulce príncipe". Esta absurda canción de cuna con ritmo rocanrolero mata en la mayoría de los espectadores el entusiasmo y el agrado que otros elementos podrían despertar. Por lo menos me sucedió a mí.

Porque había escenas, como el primer conjunto de rock que iniciaba la obra, con una coreografía de Félix Greco, que agregaba un tono nuevo a la obra shakespeariana y al montaje. No es que la coreografía fuera especialmente lograda. Pero en su primera aparición sobre el escenario del teatro Julio Prieto, sacudía al público más por su ritmo musical (o por la sorpresa) que por la danza. En las otras coreografías más bien se notaba falta de disciplina, que a veces llegaba a lo caótico. En cuanto a la música, no es lo mismo usar música de Leonard Bernstein para un tema de Shakespeare adaptado a problemas norteamericanos, como lo hacían en West Side Story, que basar una tragedia como Hamlet, en la música de un conjunto rock, como el Grupo Kerigma.

A continuación cada uno de los actos tuvo buenos momentos, que mantenían al público en tensión, por la simple maravilla de la prosa shakespeariana, aunque la primera parte del espectáculo duraba dos horas, ¡demasiado!, y el director siguió una adaptación de Tina French que conservaba del original un exceso de elementos dramáticos que por lo general se suprimen.

También el reparto, muy amplio, contaba con un grupo de actores capaces de darle vida a sus personajes. En el papel de Hamlet, Jaime Garza, pese a cierta excesiva juventud física –que se alejaba de la costumbre que tiene el espectador habituado a las cinetecas de ver a intérpretes nórdicos–, es motivo y a veces desgarrador, bastante alejado de la enfermedad mental. Tina French como la reina madre y Ernesto Yáñez como el rey usurpador, el rey asesino de su propio hermano, ambos sugestivos y bastante fieles a sus figuras dramáticas. Menos convincente y en realidad nada convincente, resultaba Alma Delfina, como Ofelia. Es bonita, pero hay en ella una falta de fuerza dramática, y una carencia de dulzura casi completa.

En papeles secundarios, una pléyade de jóvenes actores llamaban la atención, destacándose en especial Miguel Angel García como Horacio, el amigo fiel; joven actor que tiene un "ángel" muy digno de su nombre y mucha presencia escénica, Igualmente José Roberto Hill y Juan Ignacio Aranda fueron fieles reflejos de la hipocresía cortesana de Rosencrantz y Guildenstern. Quizá el elemento dramático que más me convenció fue el uso de las luces, que se anunciaban como rayos láser, manera novedosa y espléndida para sugerir la presencia del espectro del rey asesinado, cuyos parlamentos se oían a través de la voz de Adalberto Parra.

Por fortuna el rock no era excesivamente ruidoso, y los micrófonos estaban puestos a medio volumen. Pero se nos hacía muy difícil soportar el famoso discurso de "Ser o no ser", cantado por Hamlet, aunque Jaime Garza lo hacía muy discretamente. Tampoco nos parecía apropiado que un actor abriera de repente un paraguas, aunque fuera una imitación de una famosa puesta en escena moderna, que usaba los paraguas para todo el conjunto, si no me equivoco en la escena cuando la corte sigue el entierro de Ofelia. O se hace de la tragedia una comedia en su totalidad, o se permanece fiel al tono del original.

Lástima, que esta maestría que habíamos esperado de Salvador Garcini no respondiera a nuestra expectativa.