FICHA TÉCNICA



Título obra Los despachos de Napoleón

Autoría Bernard Shaw

Dirección Héctor del Puerto

Elenco Eduardo Marcial, Andrés Santana, Greta Arleth, Ulises Trejo

Grupos y compañías Alumnos del 2o. año de la Escuela Teatral del INBA

Espacios teatrales Sala Xavier Villaurrutia

Notas

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Los despachos de Napoleón de Bernard Shaw” en El Día, 21 noviembre 1984, p. 22




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Los despachos de Napoleón de Bernard Shaw

Malkah Rabell

Lo primero que me impresionó en esta representación de los alumnos del 2o. Año de la Escuela de Arte Teatral del INBA, fue su público que casi llenaba la reducida salita del teatro Villaurrutia un sábado de noche. Esta sala por lo general solía estar vacía, y recuerdo muy bien la representación cuando en la misma sala sólo había dos espectadores, Juan Miguel de Mora y yo.

El director del grupo, igualmente maestro del 2o. Año de la Escuela, Héctor del Puerto, me explicó que Bernard Shaw aún atrae a no poco público, ni siquiera gente de edad avanzada, sino personas que hace 20 años iban a la Preparatoria y entre una clase y otra, leían las obras completas del dramaturgo irlandés, con la inquebrantable seguridad de que tenían que vérselo con un genio.

La popularidad de Bernard Shaw fuera de las fronteras de su país, fuera de la Gran Bretaña, se explica mucho menos que la que le brindaron los países anglófonos. A fines del siglo XIX y principio del nuestro, Inglaterra carecía de grandes dramaturgos, por la indiferencia de empresarios metalizados y de una censura miope. El escenario llegó a ser cerrado para todo lo que significaba ideas. Según apunta George Sampson en su Historia de la Literatura Inglesa, fue Ibsen quien el primero demostró en ese país que una obra teatral seria y en prosa puede ser tan importante y tan impresionante como: "cualquier arreglo artificioso fabricado por un imitador de Scribe o de Sardou". El primer británico discípulo de Ibsen, que se distinguió en el escenario inglés fue George Bernard Shaw. Y sigue diciendo George Sampson: "...No fue Bernard Shaw imitador de Ibsen, sino discípulo suyo. Del todo original era su manera de concebir el teatro; de Ibsen había aprendido una verdad fundamental, a saber que la obra dramática buena tiene que tratar de algo que en verdad valga la cena."

Pues esa clase de verdad parece faltar en una comedia como Los despachos de Napoleón, en la cual el protagonista, el general Bonaparte se enfrenta a una espía (que no sabemos si es británica o francesa), que ha robado la correspondencia diplomática y personal del general franco-corso. Toda la intriga que semejante situación acerca de la vida conyugal del futuro emperador de los franceses, permanece bastante poco clara. En cambio la comedia tiene ese tono inteligente, y a veces hasta excesivamente inteligente, tan peculiar a George Bernard Shaw. Hasta hay excesiva sutileza en la manera de demostrar la estupidez de algunos oficiales del ejército napoleónico. Y desde luego, el autor no puede dejar de hablar de la mentalidad inglesa.

El público se divertía, pese a las limitaciones artísticas de los jóvenes alumnos de la Escuela de Arte Teatral del INBA que interpretaban a los cuatro personajes de la comedia. Nadie exigía una estricta fidelidad histórica. Ni siquiera se exigía verosimilitud. Y como decía el programa de mano en una introducción firmada por Eric Bentley: "Shaw informa a su manera, a todo el mundo de que sus comedias son absolutamente históricas y defiende sus anacronismos más caprichosos en notas que carecen de gracia uniforme. Shaw afirma que conocía la historia intuitivamente. Primero escribe sus comedias, luego lee los libros de historia y descubre –según dice– que estaba en lo cierto, porque: "dados César (o Napoleón) y una serie de circunstancias, yo sé lo que tenía que ocurrir". Los que creen que ésta es una confesión ingenua, son ellos mismos ingenuos".

Creo, que nunca nadie pudo concebir a un Bernard Shaw ingenuo.

Sin duda en manos de actores más maduros, más dueños de su profesión, la comedia hubiese adquirido mayor fuerza y mayor comicidad. Shaw nunca recurrió a escenas sobrecargadas, por lo tanto la sobreactuación cómica sobra. El director, Héctor del Puerto ha tratado por todos los medios de sacarle a sus jóvenes discípulos lo mejor de su naciente oficio. Pero el oficio mismo aún se halla lejos. Y cualquiera de los cuatro actores: Andrés Santana como Napoleón; Eduardo Marcial, como el posadero italiano Giuseppe; Greta Arleth como la dama espía; y Ulises Trejo como el estúpido teniente que no sólo era estúpido sino desfachatado y no creo que el general Bonaparte admitía insubordinación; están todavía lejos de poder ser considerados como actores. Y al salir del teatro, en lugar de preocuparme por las profundidades de las ideas shawianas, me preocupaba la futura profesionalidad de este grupo. ¿Estaría entre ellos un futuro Sergio Jiménez, o un Luis Miranda, o un Humberto Zurita? El tiempo lo dirá.