FICHA TÉCNICA



Título obra La verdad sospechosa

Autoría Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza

Notas de autoría Héctor Mendoza / adaptación

Dirección Héctor Mendoza

Elenco Luis Rábago, Delia Casanova

Escenografía Alejandro Luna

Espacios teatrales Teatro del Palacio de Bellas Artes

Eventos 50 años del Palacio de Bellas Artes

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. La verdad sospechosa en el Bellas Artes” en El Día, 3 octubre 1984, p. 22




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

La verdad sospechosa en el Bellas Artes

Malkah Rabell

No todos los días despierta el artista con la musa en el bolsillo. El Héctor Mendoza que adaptó La verdad sospechosa de Juan Ruiz de Alarcón para el escenario del Teatro de Bellas Artes para conmemorar el medio siglo de su construcción y de su fundación como el Hogar de las Artes en México, no es el mismo Héctor Mendoza que nos dió esa deliciosa adaptación de La dama bobade Lope de Vega, representada hace unos años en el teatro Galeón.

Para el presente espectáculo que se ofreció el 29 de septiembre, el adaptador y a la vez director de escena, se empeñó en demostrarnos que el verso del siglo XVI aburre a la nueva generación, y es necesario ofrecerlo al público reducido a prosa y con una forma contemporánea. Para lograr lo cual La verdad sospechosa fue montada como una adaptación del texto barroco para la radio, casi, casi, en su contexto original, es decir en verso, con ciertos mínimos arreglos, que van explicando dos personajes algo así como autobiográficos: él, adaptador de la versión radiofónica; y su amiga, novia, amante o esposa, coreógrafa que también trata de adaptar a la danza la comedia de Alarcón.

Las dos acciones van casi paralelas, y si Héctor Mendoza creyó divertir al auditorio por medio de esta lección de literatura, por medio de esta charla didáctica en torno del siglo XVI y de sus bellas letras, y sobre todo con su profundización de la obra dramática vista desde la perspectiva moderna, que emprende la pareja, se equivocó totalmente. El texto original, o levemente cambiado que recitan en los micrófonos los intérpretes radiofónicos –en una sección del escenario– a menudo lograban "atraparnos", arrastrarnos en la intriga, o en las intrigas, del mitómano Don García. En cambio nos aburría –¡Ay, como nos aburría!– el pretencioso diálogo de Julio, el escritor, con Amalia, la coreógrafa.

Indudablemente no pocos de los pensamientos, de las reflexiones de esa pareja intelectual. resultan interesantes, y hasta en algunas oportunidades apasionantes como las explicaciones que el adaptador de la versión radiofónica expone ante su compañera acerca de las razones de las mentiras de Don García, que dejan de ser psicológicas para tornarse sociales, según las últimas "ondas". Pero todo ello puede servir estupendamente para un ensayo crítico. De ninguna manera para el teatro. Y menos para un teatro barroco como el de Juan Ruiz de Alarcón. Y aún menos para divertirnos, como lo pretende su exponente, Julio.

Desde luego, la adaptación del texto alarconiano a una versión radiofónica de mediados del siglo XX, es una idea buena. Pero toda idea, por más excelente que fuera, necesita una idónea ejecución. Tampoco fue de mucha ayuda el reparto, formado por jóvenes actores desconocidos, faltos de dicción y de presencia escénica, con su vestimenta debida –tal vez– a los años 1934. Francamente no estoy segura de esta fecha, y sólo supongo que el adaptador la eligió por el aniversario del Palacio de Bellas Artes, 1934-1984. Los dos únicos intérpretes del conjunto que presentaban mayor madurez en su interpretación eran Luis Rábago como Julio, y Delia Casanova como Amelia. Mas, sus papeles resultaban tan pretenciosos que se volvían antipáticos. Y hasta la escenografía, debida a uno de nuestros mejores escenógrafos. Alejandro Luna, era de una gran pobreza.

En el programa de mano, en la presentación, Héctor Mendoza hace unas declaraciones algo extrañas y no poco melancólicas: "El llamarme a dirigir por primera vez en un recinto tan oficial como es el Palacio de Bellas Artes, sólo quiere decir una cosa: me he vuelto viejo. Mi teatro es al fin aceptado oficialmente. Cuando los rebeldes como yo logran tal aceptación es que han sido aceptados en su mayoría de edad.

"Yo me alegro de ello, Me alegro de ser viejo y de ser aceptado oficialmente. Así los jóvenes podrán reaccionar en mi contra con la conciencia tranquila. Y tal vez de ello, alguna vez, surja el nuevo teatro mexicano".

¡Pues, no! Yo no me alegro de ello. No me alegra de que sea viejo. Ni tampoco lo es. ¡Está en la mejor de las edades. El de la madurez. Héctor Mendoza, hasta hace poco todavía joven autor, quien a los 18 años obtenía innumerables premios por su primera obra: Cosas Simples, todavía tiene mucho que decir; aún tiene muchos caminos por andar y triunfar. Y todavía nos hará rabiar no pocas veces, tanto a los muy jóvenes como a los muy viejos. Todavía esconde en la manga muchas sorpresas, muchos ases del triunfo.

¡Adelante Héctor Mendoza! Lo estamos esperando. ¡Perder una batalla no es perder la guerra!