FICHA TÉCNICA



Título obra Cantata para violín, arpa y cervatana / Misión secreta

Elenco Rafael Degar, Eduardo Barbolla, Fernando Baena

Grupos y compañías Grupo Tres

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Del ruido infernal al semi silencio” en El Día, 29 agosto 1984, p. 22




Título obra Kumán

Autoría Irene Sabido

Elenco Aarón Montalvo

Notas de elenco Samuel Shapiro, Carlos Ortega, Icar Smith / Grupo Cristal y Acero

Coreografía Mercedes Contreras

Espacios teatrales Televiteatro

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Del ruido infernal al semi silencio” en El Día, 29 agosto 1984, p. 22




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Del ruido infernal al semi silencio

Malkah Rabell

Hace una o dos décadas, cuando alguien se quejaba del ruido, sobre todo del ruido debido a radios, discos y televisión, la gente con "sentido común" lo consideraba loco, o excesivamente nervioso. Hoy, por fortuna, se ha llegado a enfrentar el ruido como a un enemigo de la humanidad, tan pernicioso como cualquier otra contaminación, destructor de los nervios y de los oídos. Ya nadie se burla de los quejosos, aunque nadie los toma en consideración. Contra el ruido nada se hace de provecho. Y determinados tumultos, como los producidos por discotecas y orquestas electrónicas, encantan al público juvenil. Para los niños el rock se ha hecho tan popular como el grito "gol", que oímos en todas las callejas de la ciudad.

Este es el caso de no pocas representaciones que se ofrecen en las salas del Televiteatro. En especial la obra considerada para auditorio infantil: Kumán, especie de Tarzán musical, anunciada como ópera-rock escrita por Irene Sabido, y cuya música pertenece –según el programa de mano– al grupo musical mexicano: Cristal y Acero. No tengo la menor idea de quiénes son, pero su música ejecutada por el baterista, Samuel Shapiro, por el bajo, Carlos Ortega y el guitarrista, Icar Smith, con instrumentos desde luego electrónicos, que con los micrófonos puestos a todo volumen, no sólo dañan los oídos, sino al cerebro que se siente atacado. Además creo que tanto los niños como los adultos que salen de semejante espectáculo, se acostumbran a hablar a gritos, a voz en cuello, lo que realizado colectivamente constituye un auténtico peligro para la vida en las calles urbanas.

Por igual que Tarzán, también Kumán es un héroe de la selva, que los animales han salvado de la muerte y "educando" para ser su rey. En las pantallas cinematográficas o televisivas, Tarzán se halla rodeado por animales de carne y hueso, de pieles y plumas, en cambio Kumán, en el escenario, tiene en su torno a bailarines y actores que llevan trajes de animales más bien simbólicos, y cuya fantasía podría ser muy hermosa y sugestiva. Pero sucede más bien lo contrario. Resulta un vestuario desagradable y de mal gusto, por igual que la escenografía. En cuanto a la coreografía, debida a Mercedes Contreras, es más bien pobre. Y todo ese horrible ruido impide gozar tanto del canto, cuyo texto no se capta, como de la danza.

Como todo el conjunto canta con micrófonos en mano, logramos darnos cuenta que por lo menos usan su voz en vivo, y no emplean playbacks. La mayoría de los actores parecen gimnastas y hasta acróbatas, además de bailarines y cantantes, lo que no resulta nada fácil de unificar. Sobre todo el propio Aarón Montalvo, en el papel de Kumán –cuya blancura y palidez nos sorprende en un hijo de la selva– se dedica a una acrobacia que no deja de ser peligrosa.

En resumen, si bajaran los micrófonos a medio tono, a la mitad –o menos– de su volumen actual, podríamos gozar de la representación, hasta los adultos.

Y cosa rara, al día siguiente, que era domingo 26, me tocó asistir en la librería de El Gallo Ilustrado, de nuestro periódico, a un espectáculo de pantomima del grupo Tres. Y el silencio de esos tres excelentes mimos Rafael Degar, Eduardo Barbolla y Fernando Baena, fue como si pusieran un bálsamo en mi desdichada cabeza tan maltratada el día anterior en Kumán.

Como todo el mundo sabe, los mimos no hablan, sólo usan el lenguaje de los gestos, de los movimientos y a veces de la mímica. Pero nuestros tres mimos, en su primer episodio, llamado Cantata para violín, arpa y cervatana, tenían los rostros cubiertos de unas sugestivas máscaras realizadas por Rafael Degar; de expresión muy triste, casi dramáticas, en tanto los movimientos y las actitudes eran cómicas. Máscaras que parecían hablar y sostener un melancólico parlamento unas con otras.

El segundo episodio llevaba como título: Misión secreta para la cual se quitaron las caretas y usaron las voces de tanto en tanto, con alguna que otra palabra, o alguno que otro ruido. Ruidos de aparatos, de la naturaleza, del teléfono o de algunos misteriosos instrumentos que empleaban en su secreto quehacer de agentes. Y aquí, con el rostro descubierto, dejaban de ser lastimeros, como lo eran con sus blancos antifaces, para volverse por completo y activamente cómicos, a veces gimnastas, y otras veces simplemente mimos, que nos narraban una sencilla historia de agentes secretos que por equivocación llegaron a una isla desconocida. Para explicarnos el embrollo, les bastaba la magia de sus manos y de sus rostros. Historia que ellos mismos inventaron y pusieron en escena. Y todo en su arte parecía hablar con claridad infinita de lo que pretendían y de lo que contaban.